No me odies #5

Capítulo 36

Desde que salieron del carruaje y se hospedaron en la posada, cada uno en su respectiva habitación, no vio más a Charles. Un amago de preocupación se instaló en su pecho. No podía quitarse esa sensación como un trozo de cristal clavado en la piel superficialmente. Lo había notado extraño desde que se despertó en el vehículo. Había estado serio, taciturno, silencioso, más de la cuenta. Solo le había comunicado que habían llegado a la posada. No hubo más palabras entre ellos mientras cada uno se dirigía a su correspondiente habitación. 

No solamente había estado silencioso, sino su expresión era más grave. Sus ojos más oscuros y duros. 

Dio un vistazo a su alrededor. Solo tenía una cama, una mesa, una jofaina y un baño. Estaba sola y hacía frío. No había pedido que le encendiera la chimenea, ojalá lo hubiera hecho, al menos el calor entraría en su cuerpo y no sentiría ese helor que la mataba por dentro. Afuera, a través de la ventanas, podía ver la oscuridad de la noche. No había luna. Era noche cerrada. Podía escuchar el ulular del búho rasgando el silencio.  

Se abrazó hacia si misma y cerró los ojos. Debería ser fuerte, sino se volvería loca con sus preocupaciones e inseguridades. ¡No! Tenía que ser fuerte, tirar para adelante.¿De qué habría sido ser valiente por unos breves segundos para luego lamentarse? Estaba acostumbrada a ese juego vicioso. De lamento y autocompasión.  Era una decisión que había tomado. No iba a sufrir más por algo que había sido consciente de ello. Sino podría tomar la puerta y escaparse. Aunque esta opción veía con pocas probabilidades de éxito. ¿Escapar? Cuando su corazón estaba atado de pies y manos. Era una tonta por abrigar de que podría tener alguna esperanza.

Al menos tenía la seguridad de que no amaba a su hermana. Inspiró y soltó el aire temblorosa. Abrió los ojos y fue hacia la jofaina para quitarse el maquillaje, el polvo y el sudor del viaje. Con ese pequeño gesto de rutina le distraería de la realidad. El agua que había el jarro era limpia por lo que pudo al echarla en el cuenco. Se quitó las gafas para poder limpiarse bien. 

Acunó el agua sobre sus palmas y se la echó sobre la cara. La sensación fría la azotó y le recorrió un escalofrío. Respiró hondo y siguió echándose agua. Cogió la toalla que tenía a lado del mueble y empezó a secarse. Sin embargo, se detuvo cuando otras manos, familiares y tan amadas, que la habían acariciado, tomaron la toalla como dueño de esa tela. 

Su cuerpo reaccionó ante la aproximación de él. Sintió como un tirón en el estómago. 

Contuvo la respiración mientras él con delicadeza le limpiaba la cara con una suavidad y ternura. 

— ¿Mejor?  — le preguntó en un susurro . 

La preocupación anterior desapareció dejando paso a otras sensaciones más acuciantes. Creía que no volvería a sentir esa ternura con ese toque de sus dedos. Esos dedos que podrían hacerle arder con su tacto. Y tenía miedo de que desapareciera. ¿Sería una ilusión o un momento pasajero?

 Asintió para no parecer tonta. 

Él  dejó la toalla en el armario, dejando que las distancias tomaran su lugar. 

  — Creo que debería descansar. El trayecto ha sido largo y he dicho al posadero que le suba la cena. 

Clarette sintió pincharle el corazón. Cansada y decepcionada, cogió las gafas, se las puso y se atrevió a preguntar:

— ¿Va a ser así de siempre?

No podía más. ¡Estaba demasiado agotada! ¡Y dolida!

— ¿Cómo? —  pareció sorprendido por su pregunta.

Negó con la cabeza, que estaba a punto de estallarle. 

— Me refiero a la situación que nos concierne a ambos — señalándole con las manos a los dos —. Antes dijo de resarcir mi reputación, me imagino que toma  el puesto de Erikson — las palabras de ella salían de su boca sin que alguien la detuviera — , después de dejarme mi reputación por el suelo. No voy a tolerar de que me trate como si fuera... 

No fue consciente de que se acercó a ella acortando cualquier distancia.

—  ¿Como qué? —  no le gustaba escuchar de que la estuviera tratando mal, aunque tuviera razón porque no se había comportado como un caballero. ¡Era peor que escuchar la regañina de su padre! 

— Como a alguien invisible o no tiene sentimientos —  quizás se hubiera pasado, pero no podía medir el daño o la gravedad de sus palabras — . He ido con usted voluntariamente, pero al menos le pido un poco de consideración y tacto. Me siento como si fuera un vendaval que me arrastrara. ¿Cree que puede besarme y luego tratarme con frialdad e indiferencia? Creo que no me lo merezco.

  — ¿No se lo merece después de haberme engañado? 

Ahí estaba la estocada. 




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