No seré tuya #4

Capítulo 3

El duque Werrington no sabía qué sentimiento predominaba más en él si la ira o la sorpresa. No se había esperado que aquel jinete fuera la misma ladrona que le robó en Londres. Sin duda no se había convertido en una dama estando en el internado. Había cambiado a peor con esa actitud de parecerse más a un chico que a una joven de su edad. 

Hizo una mueca al sentir la espalda algo magullada por el golpe, o mejor dicho, por la maniobra de la ladrona. No había sido la mejor de las mejores bienvenidas.  Miró al cochero y se encogió de hombros.

—Me imagino que nos toca esperar — resignado se sentó sobre una piedra que había —. No es mi día de suerte.

— Perdóname si me entrometo donde no me llama, ¿esa joven tiene alguna relación con usted?

La mirada que le echó el duque hizo enmudecer al pobre cochero.

— Discúlpame.

El duque suspiró, si les tocaba esperar en medio del camino, no quería ganarse otro enemigo más por su falta de control en sus emociones.

—No hay una relación directa salvo que me guarda rencor por una decisión mía. Está claro que sigue disgustada. 

Apretó los dientes contrariado por lo que le había pasado. Si fuera el padre de la joven, hubiera sido más estricto cortando de raíz ese comportamiento indebido. Parece ser que tanto su hermanastra como el marido de esta no se habían esmerado en conducir la actitud de la joven a la de una dama dócil y educada.

  — Yo de usted, trataría a la dama con miel no vaya a ser que en el próximo encuentro le arranque los dedos de solo un mordisco.

Aunque no estaba de acuerdo, le hizo gracia el comentario del señor al compararla con un animal salvaje. No se habría equivocado mucho. Aún le enervaba la sangre de recordar como había caído en su trampa. Se había burlado de él y eso era una ofensa muy grande para el duque de Werrington.

  — Tendré en cuenta su consejo. 

Iba a hacer lo contrario. No la trataría con un suave trato. 

Esperaba encontrarla de nuevo para hacerle pagar su ofensa. 

***

No muy lejos de allí, Alice Caruso había subido a su habitación para bañarse y cambiarse de ropa. Aún no les había dicho a sus padres o al resto de la familia que había visto al duque. Era un secreto que iba a guardar bien con la clara intención que se quedara  el tiempo que hiciera falta a fuera. No tenía pensado en ayudarle.  

Aunque podía vestirse sola, le ayudó la doncella de su madre. Era extraño pensar en ella como una madre cuando no se diferenciaba mucho de edad. 

  — ¿Cómo te ha ido el paseo? —  entró Diane con Ella en brazos.

La cara de Alice se iluminó al ver la bebé. Era una preciosidad de niña con sus cabellos negros y rizados, y sus ojos grises. En ese instante estaba abriendo sus bracitos para que su hermana la  cogiera. Diane se la entregó. Con cuidado la tomó en sus brazos. Una calidez se expandió por su pecho. Olía a polvos de taco y a bebé. 

  —  Nada del otro mundo —  intentó que no se le notara la mentira — . El tiempo estaba bastante caluroso. 

La pequeña gorgejeó provocando las sonrisas tanto de Alice como Diane. 

 — Tu tía Cassandra estaba pensando que podría haber llegado el duque.

—   Mmmm.

Diane sonrió a su hija pequeña que intentó crear nuevos sonidos con la boca. Poco a poco estaba diciendo sus primeras palabras y señalaban los objetos con bastante familiaridad. Ya daba sus primeros pasos. 

  — ¿No has visto algún carruaje acercándose? — Alice tragó saliva. No le gustaba mentir a menudo. Estaba bien decir una mentira pero ya dos le costaba. 

Pero otra vez mintió. Seguramente iría al infierno por tanta mentira dicha.

— No — besó la cabecita de la pequeña ocultando su rostro.

Diane no volvió a preguntarle cosa que ella agradeció en silencio. 

 

El duque Werrington estaba que se lo iba a comer los mil demonios. No era para nada menos, había estado esperando otras dos horas para que otro carruaje pasara por el camino y les pudiese llevar a Devonshire. El cochero fue al pescante con el otro. Él no fue tan afortunado, le tocó a aguantar a dos señoras que vivían en el condado. Él las recordaba de vista. Eran dos mujeres que lo único que les gustaba era cotillear. 

  — Mi lord, ¿se quedará más tiempo en Devonshire? Tengo entendido que ha pillado el gusto a viajar por Europa. 

El hombre tamborileó los dedos sobre la pierna, intentando no ser mordaz y maleducado con las señoras. 

  — Sí, esta vez será por una larga temporada.

Su respuesta las entusiasmó porque aplaudieron encantadas con ello.

— Tendrá que venir a la fiesta que va a organizar la señora Garnier, va a estar feliz con saber que cuenta con su presencia. Por no decir que cualquier joven estará ilusionada a que vaya. Porque me imagino que sigue estando libre.




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