No seré tuya #4

Capítulo 26

Nunca olvidaría el día que había cumplido dieciocho años. Fue una montaña rusa de emociones que acabó en un bajón, que calló por dentro porque la fiesta siguió hasta las tantas de la madrugada, cuando el último invitado decidió irse. Darse cuenta que estaba enamorada del duque no era una sensación de orgullo. Todo lo contrario. Era la segunda vez que se enamoraba y de la persona menos apropiada. La primera fue su profesor de música, que acabó desengañada y decepcionada. Esta segunda vez parecía que iba por el mismo camino teniendo en cuenta que el duque no correspondía al mismo sentimiento que ella. 

Sabía que quedaba poco para ir Londres y sería un claro desafío para ella superar el tiempo que pasaría junto con él en la ciudad londinense. ¿Cómo podía camuflar que sentía miles de mariposas revoloteando cuando él se acercaba?, ¿cómo podía esconder el desánimo y desaliento que sentía cuando él se negaba a mirarla porque estaba enfadado?

Creía que no la iba a hablar dado su actitud tan defensiva y despectiva de anoche. Aún recordaba sus palabras que la hirieron. A lo contrario que él, Owen había sido amable y bueno a pesar de que había sido rechazado por ella. Sin embargo, la sorprendió cuando pasó por delante de ella y la llamó a la salita donde había una mujer desconocida, que no conocía de nada.

  —   Señorita Caruso le presento a la señora Mary Ferguson, será vuestra carabina durante nuestra estancia en Londres.

¿Una carabina? La pregunta la dejó anonada.

  —  Su excelencia ha confiado en mí para protegerla — se acercó y le cogió las manos confianza — . No la defraudaré. Estaré como una sombra. Si un joven no tiene buenas intenciones, lo espantaré como manda. Hay que salvaguardar bien su reputación si es la primera vez que se presenta en la temporada social.

  Miró al duque que no parecía sorprendido de lo charlatana que era la señora. Él se dio cuenta de su mirada y enarcó una ceja. Ella apartó de inmediato la mirada.

—  No sabía que tendría una carabina — sus mejillas se ruborizaron cuando había tenido la esperanza de haber estado a solas con el duque.

—  Es muy adorable, ¿no le parece a su excelencia como una rosa recién cortada? Será admirada y envidiada a partes iguales.

  Tanto la señora Ferguson como la joven no se dieron cuenta del ceño fruncido del hombre.

—  Ha sido muy amable, excelencia —  se dirigió hacia él que se puso recto y esbozó una sonrisa pero sin abrir los labios —. No les decepcionaré.

  —  No lo hará — aseguró el duque —. Os dejaré para que os pongáis al día. Mañana es el día de partida y hay que tenerlo todo listo. La señora Ferguson vendrá con nosotros y se instalará en la misma casa. En cada evento la protegerá y le enseñará cosas esenciales de protocolo. 

La joven asintió aún sintiendo un nudo. Se disculpó con su carabina. Quería a hablar con el duque pero cuando la miró con esa mirada fría, se le olvidó su intención, o lo más importante, las palabras.

  — ¿Desea algo, señorita Caruso? — el hecho que le hablara en ese tono, le daba ganas de darle un puñetazo.

Sin embargo, se controló. Negó con la cabeza y apretó los labios, contrariada nuevamente por la actitud de él. 

—  Bien, la veré más tarde.

Pero el duque no se presentó en la hora del almuerzo, ni en la cena lo que agrió el humor de la joven, que empezó a sentir nuevamente el resquemor que alguna vez sintió por él. Eso mezclado a sus nuevos sentimientos, le hacía sentir como un erizo con las púas puntiagudas. Hubo un momento que no pensó en él y fue cuando llegó el día siguiente, el día de la partida y le tocó despedirse de sus padres y de su hermano Charles, que permanecería en Devonshire hasta que decidiera ir a Londres. Cosa que podría alargarse si el interés de su hermano seguía en la comarca. ¡Razón comprensible ya que estaba enamorado!

Durante el trayecto a Londres, su excelencia no permaneció todo el tiempo en el carruaje. Estaba en el caballo disfrutando del día mientras que ella se aburría en silencio con la única compañía de Ferguson. La sorprendió que podía tejer en el carruaje aunque dentro del vehículo saltaba varias veces por los baches. 

  — ¿Sabe tejer? 

La pregunta le pilló por sorpresa.

—  Creo que no también como usted — parecía que estaba sacando una bufanda por lo largo y extensa.

—  Llámame Mary, puedo enseñarle. Vamos a pasar mucho tiempo. ¿Está nerviosa?

— ¿Yo? —  quería reírse; sí lo estaba —. No puedo negarlo. Tengo miedo de hacer el ridículo cuando sea presentada por la reina Victoria. Me temblarán las piernas. No quiero pensarlo.




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