No seré tuya #4

Capítulo 42

No le hizo falta levantar la cabeza para saber quién había entrado en los establos. Sus pasos tranquilos y el vuelo del vestido le indicaron la identidad de la persona. Se sentó a su lado y agradeció su silencio.

— La primera vez que te vi tuve celos. No sabía en ese instante que eras la esposa de Dante hasta que lo mencionaste o él lo dijo. No me acuerdo bien pero sí el sentimiento. No sabía cómo gestionarlo. Estábamos tan bien nosotros tres que no imaginé que había otra persona. Luego, llegó la detención y la adopción. Fuiste tan buena conmigo que mis recelos desaparecieron. Te comportaste como una amiga. También, a pesar de que no había mucha diferencia de ella, actuaste como una madre. Tanto para mí como para Charles. Ahora, la imagen que fuiste el amor de Julian se me mezcla y choca con otra imagen, la de madre y amiga. ¿No sé qué pensar? — jadeó sintiendo una punzada en el pecho —. ¿Cómo haré para que esto no me supere?

— No es fácil — le angustiaba verla así, con el miedo bailando en sus pupilas —. Pero no tienes que temer. Te ama, Ally. No debes verme a mi como una enemiga que te pueda arrebatar su amor. Entiendo tus sentimientos. Si Dante tuviera otro amor del pasado, me sentiría amenazada. Mucho, tengo que añadir. Comprendo cómo estás. Por otro lado, el hecho que Julian te lo ha confesado es una prueba que él lo ha superado. No me ama, ni me quiere. 

— ¿Si te vuelve a querer?

— No, no lo hará — se acercó y le apoyó una mano en el hombro —. Por la sencilla razón que te ama a ti. Tengo que confesarte que tuve miedo de que él no me olvidara, no por mí, sino por él. Porque le hice daño y quería, sobre todo, que fuera feliz porque se lo merecía. Nunca supe que serías tú hasta que Dante me dijo la boda y la conversación que tuvo con él. Conociendo a Julian, te podría asegurar que ya te quería, si no se habría arriesgado a perder el control de sus emociones.

>> Cuando llegué  por primera vez a Devonshire, estaba aterrada. Tu marido y tu tía se convirtieron en mis aliados y mis amigos. A parte de ser mi familia porque mi madre se casó con su padre. Julian, en aquel tiempo, era tierno y dulce. Más tarde, cambió por culpa de su esposa. Quizás, yo tuve cierta responsabilidad en ese cambio de actitud. Me enamoré de él cuando era muy joven y se lo oculté. No se lo dije durante un largo tiempo. Decidí poner tierra de por medio y me fui con mi tía a viajar. En uno de sus lugares que viajé conocí a Dante. No estaba enamorada de él cuando lo vi. Porque en mis pensamientos había otro — Ally sabía quién era ese otro —. Sin embargo, no sé cómo ni cuándo, tu padre fue metiéndose en mi corazón hasta ganarse un rincón. Luego, ese amor que no estaba segura de sentir fue expandiéndose dentro de mí. Te preguntarás por qué te cuento esto. Hice daño a dos personas, a Dante y a él. Pero no podía engañarme; ya no lo amaba. Lo dejé malherido y pensé que no volvería a ser feliz. Tú lo encontraste, no en su mejor momento — refiriéndose a su primer encuentro —. Luego se fue hacia el extranjero. Casi dos años después regresó. Temí que siguiera queriéndome. Me alegro haberme equivocado y me da mucha felicidad que la mujer, que él ha escogido, seas tú, Alice. Él ha vuelto a ser el Julian que todos conocíamos. Eso es gracias a ti. Créeme que te ama. No te lo digo para que te sientas bien, sino porque es la verdad y lo que vemos tu familia y yo.

Ally asintió llorando. Se secó las lágrimas con los dedos.

— Julian me lo ha dicho y le creo. Solo que me ha sobrepasado su confesión. No lo odio porque te amase, no. Por ello, no le dejo de quererlo menos, sino más. Tengo pánico que alguna vez él deje de quererme y vuelva a sentir aquello por ti.

— No lo voy a dejar de hacerlo — dijo esa voz tan querida y amada.

Se sobresaltó al escucharlo. Se dio la vuelta y lo vio ahí con los ojos brillantes por la emoción que estaba conteniendo.

— Os dejaré solos — se levantó y dejó que Julian ocupara su lugar.

— Gracias – no sabía hasta qué punto le había calmado esa conversación que habían tenido.

Diane le respondió con una sonrisa antes de irse. Julian entró y se sentó sobre el heno, sin acercarse a ella. Vio como Duque, ajeno a ellos, dormía apaciblemente.

— Al regresar y no verte en el dormitorio, pensaba que podrías haber huido.

Observó las gotitas suspendidas en sus cabellos rubios y mojados. Los tocó sin poder controlarse a su suave y húmedo tacto. Fue acariciándolos hasta cambiar de rumbo y posar sus dedos en su mejilla rasposa.

— Aún necesito tiempo para asimilarlo —él asintió con un nudo en la garganta y besó la palma de su mano —. Pero eso no significa que deje de amarte, Julian.

— Lo sé. Soy un tonto por dejar que el tiempo pasara. Debería haber sido sincero contigo desde en un principio.

— Puede. Solo te pido un poco de tiempo — dijo con la intención de torturarle un poquito. Solo un poquito.




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