No te mentiré #3

Capítulo 27

Algo, un ruido como el crujir de unas sábanas o la sensación de frío, la hizo despertar sobresaltada. A la lado de su cama estaba vacío. Le dio un vuelco cuando descubrió que estaba sola pero el sentimiento de miedo fue difuminándose al verlo apoyado en el alféizar de su ventana. Mirando a fuera. Lo observó y se dio cuenta que había abierto la ventana dejando entrar la frescura de la noche. Como no vio la bata, se enrolló a su cuerpo la sábana y fue hacia él.

Después de hacer el amor en el comedor de una forma salvaje y dulce, regresaron al dormitorio donde otra vez dieron suelta a sus sentimientos, pero esta vez de una manera más calmada.

Observó a su marido.Estaba tan abstraído en sus pensamientos que no se percató de ella hasta que le tocó suavemente un lado de su cara.

— ¿Por qué no vuelve a la cama? Hace demasiado frío — su piel se le puso en vello en punta cuando una brisa acarició sus brazos desnudos.

— Me desvelé — Ophelia notó que había algo más tras ese desvelamiento —. No se preocupe, regrese a la cama, yo iré. 

Ella no estaba segura de hacerle caso pero acabó asintiendo, volviendo a la cama con un nudo en el estómago. Antes de tumbarse, le echó otro vistazo a su esposo.

¿Cómo podía ser que estuviera cerca, a unos pocos metros de ella, y lo sentía lejos de allí?

La inseguridad regresó a ella como un monstruo que estaba en el acecho de la oscuridad. Sin embargo, dicha inseguridad no desapareció ni cuando su marido se tendiese a su lado en la cama y la envolviese con sus brazos. Por dentro, seguía sintiendo ese helor.

Creía que estaba haciendo el amor hasta que todo se tornó turbio y sucio. No era su marido el que estaba encima de ella abriendo sus piernas para entrar en su interior, sino Hawker que con sus garras la había atrapado en su odiosa red. Intentó apartarse pero más se enredaba y no podía salir. Hasta sentía el cuerpo pesado como si no pudiera levantarse por su propio peso.

— ¡No! — gritó e intentó huir de allí, correr pero nada su cuerpo seguía ahí.

La sensación de ahogo crecía conforme sentía el cuerpo del hombre intentando entrar...

— ¡Le mataré! — pero Hawker se rio de sus palabras.

Apartó su rostro cuando lo vio inclinarse sobre ella en dirección a sus labios y fue entonces cuando lo descubrió. Estaba delante de ella observándolos con horror y espanto.

— ¡Por favor! — intentó tender una mano hacia Darian pero él se negó marchándose de allí y rompiendo su corazón.

— Ophelia...

Las aguas negras la atraparon y quiso salir a flote... Abrió los ojos de repente.

— ¡Ophelia! — era la voz de su marido. Dentro de ella, el dique, la barrera de sus emociones se rompió como nunca lo había hecho.

Notó que Darian la había abrazado porque alzó las manos y se topó con su pecho desnudo. Lloró sobre su piel desnuda, desahogándose.

— Calma, princesa — le besó la sien notando los temblores de su mujer —. Ha sido una pesadilla.

Acarició su espalda con suaves masajes circulares.

Había sido peor que una pesadilla; había sido el reflejo de sus miedos.

— Ten-go frí-o — tartamudeó y las lágrimas seguían recorriendo libre por su piel, humedeciendo la de su marido—. Lo siento.

— No, no se disculpe — ¿Ophelia pidiendo perdón? Esa pesadilla había sido peor de lo que había pensado —. Estoy contigo.

¿Lo estarás cuando sepa la verdad? 

— Darian... Yo... — cerró los ojos fuertemente y el nudo creció en ella. No podía, no podía hacerlo  — no quiero que se vaya.

Darian negó y le dio otro beso en la cabeza, queriendo que cada lágrima que derramaba desapareciera. 

— No lo haré, duerme princesa. Estaré velando su sueño.

Pero ella no podía dormir cuando sentía el cuerpo despierto y su piel erizada. Levantó el rostro y lo miró a través de las gotas de sus ojos.

— Darian — soltó un suspiro trémulo antes de besarlo.

Fue un beso que supo a desesperación, hambre, deseo y temor. Darian se dio cuenta de ello, pero había algo más que lo mantuvo preso y encendió el suyo. No quería aprovecharse de ella, después que ella estaba inestable por la pesadilla. Sin embargo, ella tomó la iniciativa como la otra noche, barriendo cualquier pensamiento de su mente. 

Dejó que ella lo volviese loco con sus besos y caricias, dejó que lo dominara como si fuera él su vasallo y ella su reina, como lo había sido desde que la conoció cuando puso sus ojos por primera vez en ella, cayendo fulminado.

Su amada prodigó de besos desde su duro mentón hasta sus pectorales provocando que su miembro se endureciera más y estuviera ansioso por entrar en interior. Pero se esforzó en ser paciente y no comportarse un bruto aunque la fina línea de su control estuvo a punto de romperse cuando ella fue más osada y mimó a su verga. No aguantó a más, antes de derramarse como un imberbe adolescente, tiró de su esposa hacia arriba para que lo montara a horcajadas. Ella no lo hizo esperar y lo envolvió como un guante cuando bajó hacia él.




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