No te mentiré #3

Epílogo

En ese año, la Navidad fue especial para los corazones del matrimonio, lord y Lady Darian. No solamente para ellos, sino también, para Thomas Grand y Christine que se habían casado en la iglesia, cerca de la comarca. No fue una sorpresa para Christopher y Ophelia cuando el joven fue para hablarles de un asunto urgente. Ese asunto no era más que pedirles permiso para concederle la mano de la joven. Recordó dicho momento como si fuera ayer.

— Hazla, muy feliz, señor Grand. Se lleva un tesoro.

— Lo sé, lady Darian – dijo sonrojando a su prometida.

Lord Darian pasó un brazo por los hombros de su mujer.

— La dejo en sus manos, Tommy. Mi esposa me mataría si no lo hiciera – Ophelia no se ofendió; sino se rio.

— ¿Qué día tenéis pensado casaros?

— Queremos que sea en el día de Navidad.

— ¿Por qué no os venís a Denvoshire? Celebraremos, además de la Navidad, la ceremonia.

— No queremos causar molestias – dijo Christine con timidez.

— No es molestia – replicó Ophelia quitando el hierro del asunto moviendo la mano —. Dicho está. La ceremonia será en Devonshire...

Así fue. Llegó el día más esperado para muchos habitantes, como era la Navidad, también, para celebrar la boda entre la doncella personal y el secretario. Fue una boda íntima y bonita. Tanto era la emoción que más de uno lloró, incluida lady Darian que estaba más sensible que nunca.

 Todos los invitados fueron de la iglesia a la casa, donde el salón fue despejado para colocar unas mesas y sillas. Listo para el banquete. Lo único que no quitaron fue el árbol de Navidad. Antes de pasar a disfrutar de la comida; lord Darian brindó por ellos sin darse cuenta de un detalle: lady Darian no había bebido de su copa. La alzó sin llevársela a los labios.

 Una vez acabado el brindis, Ophelia tocó el brazo de su marido, queriendo llamar su atención.

— Christopher, me gustaría darte un regalo.

— Pensé que me había dado todos en esta mañana – dijo con malicia y con la mirada llena de un brillo de picardía.

Ella contuvo una sonrisa y negó con la cabeza.

— Ven, falta uno — cogió la mano del hombre y tiró de él.

De fondo se podía escuchar los gritos de felicidad y el jolgorio que se había montado. Dejaron atrás la fiesta. Lo llevó hacia su dormitorio y, una vez dentro, se apartó de su mano. Darian tuvo que hacer un esfuerzo para no mostrarse impaciente. Ella se acercó con una caja envuelta. Él enarcó una ceja antes de abrirlo.

— ¿Te gusta?

Él estaba sin palabras y, por unos segundos, temió que no le habría gustado. Sin embargo, se equivocó cuando él la envolvió con sus brazos, bajó la cabeza en su cuello. Notó bajo sus manos que temblaba. La caja cayó a sus pies.

Oh, Darian.

Lo abrazó mientras su marido lloraba.

— Ahora podemos formar una familia, Darian.

Esas palabras significaban mucho para él cuando habían sufrido por la pérdida del anterior.

— Es el mejor regalo, que me has podido dar, princesa — Ophelia le limpió las lágrimas.

— Tú, a mí — le dijo antes de descansar su cabeza en su pecho y cerrar los ojos de una dicha cálida.

En el fondo de la caja había un pequeño patuco que había hecho Ophelia con todo su amor, eso sí, con algún pespunte sobresalido. Pero eso no importaba que no fuera perfecto. Ella no lo era.  Ese era el regalo, que había estado haciendo durante días, para su marido y decirle así que iban a ser padres. 

 Había sido un año difícil y aún no sabían lo que les depararían el futuro. Su hermano Peter le había enviado una felicitación. Pero no supieron nada más de él. Tampoco, quería saber si estaba con su esposa o no.  Aún era el tema espinoso.  Por otro lado, su hermanastro no dio señales de dónde podría estar. Le dio pena enterarse que era su hermano por parte de padre sin que él estuviera presente. Su marido se lo dijo dos días después de la muerte de Hawker.  Aun así, lo perdonó. Porque lo amor lo hacía.

 Sin embargo, en el caso de su marido no perdonó a su familia. Aún seguía dolido con ellos. Pero eso ya no importaba. Como una vez él le dijo,  los dos eran una familia, ahora más, cuando iba venir un bebé más a sus vidas.

No podía desear más. 

Era feliz, amada e iba ser madre. 

No iba a estar sola nunca más hasta el fin de sus días.

 

FIN

 




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