No te necesito, Imbécil.

Capítulo 3 — Un Día Normal (Parte 1)

Abrí los ojos diez minutos antes de que sonara la alarma. El techo de mi habitación se veía exactamente igual que cualquier otro martes, pero el aire se sentía más denso, como si la gravedad hubiera decidido duplicarse durante la noche.

Un día normal, me había pedido. Sin maletas, sin el tema del hospital, sin pensar en que se va.

Solté un suspiro que sonó demasiado fuerte en el silencio del cuarto.

Me levanté de un salto, rechazando el impulso de quedarme en la cama a compadecerme de mí misma, y fui directo al armario. Mis dedos rozaron la tela del uniforme escolar, pero pasaron de largo. Hoy no. Si íbamos a fingir que el mundo no se estaba cayendo a pedazos, no iba a hacerlo sentada en un pupitre aguantando la mirada de los profesores.

Saqué unos jeans gastados, mis zapatillas más cómodas y una sudadera ancha. Me vestí rápido, me recogí el pelo en una coleta tirante que reflejaba exactamente mi estado de ánimo, y agarré la mochila donde descansaba la cámara de Haku. No metí libros. Metí mi billetera y un paquete de chicles.

Bajé las escaleras intentando no hacer ruido, pero en esta casa el sigilo es una ilusión. El olor a café recién hecho me alertó de que mi plan de escapada había fracasado: mi madre estaba en la cocina.

—Es martes, Hana.

—Lo sé, mamá.

Se dio la vuelta con una taza en la mano y una ceja arqueada. Me escaneó de arriba a abajo, deteniéndose en mis zapatillas sucias y la ausencia de mi falda a cuadros.

—¿Y a dónde vas con esa facha? ¿Se puede saber qué bicho te picó hoy?

Apreté la correa de mi mochila.

—Voy con Haku —dije, manteniendo la voz lo más plana posible—. Es su último día. Viaja esta noche para ver a su madre. Está en el hospital.

El cambio en su expresión fue instantáneo. La postura rígida y autoritaria se desmoronó. Bajó la taza sobre la mesa con un leve temblor en la mano.

—Oh... —murmuró—. Su madre... Vaya. Pobre chico.

Me quedé en silencio, odiando la lástima en su voz porque me recordaba que la situación era real. Mi madre suspiró y asintió despacio.

—Está bien. Ve con él. Cuando llamen del colegio, diré que amaneciste enferma. —Hizo una pausa—. Aunque supongo que también me llamarán por Haku. Soy el contacto de emergencia de los dos.

Me tragué el nudo en la garganta. Sabía de sobra por qué mi madre era su tutora legal. Cuando los padres de Haku se mudaron al norte hacía cuatro años, él se plantó y se negó a irse. "Alguien tiene que vigilar que no te mueras de amargura", me había dicho a los doce años, disfrazando el hecho de que no quería dejarme sola.

—En fin —soltó mi madre con una risa seca—. Les diré a los del colegio que los dos comieron algo en mal estado.

—Gracias, mamá. Ya me voy.

—¡Espera un momento, señorita!

Se movió por la cocina con la agilidad de un tornado. En menos de tres minutos había envuelto dos sándwiches enormes en papel aluminio, sacado una bolsa con los bollos dulces que Haku adoraba —los mismos por los que habíamos peleado ayer en el patio— y metido todo en una bolsa de tela junto con dos bebidas frías. Antes de que pudiera agarrarla, me deslizó un billete arrugado en el bolsillo de la sudadera.

—Para los videojuegos o lo que sea que vayan a hacer. Que la pasen bien.

Miré la bolsa y luego el billete. Un nudo traicionero intentó formarse en mi garganta, pero lo tragué de golpe.

—Mamá, no hace falta...

—He dicho que lo tomes —me interrumpió, y esta vez sus ojos brillaban un poco más de lo normal—. Y escúchame bien: dile a ese tarado que tiene prohibido subirse a un autobús sin venir a despedirse de mí primero. ¿Entendido?

Asentí, incapaz de articular una palabra más sin que la voz me temblara.

—Ya, vete —dijo, dándome un empujoncito hacia la puerta y apartando la mirada—. Antes de que me arrepienta y los mande a los dos al colegio a patadas.

***

—¡Trata bien a mi Haku! —gritó desde adentro cuando ya cruzaba la puerta.

Ni me molesté en responder.

El aire frío de la mañana me golpeó el cuerpo. Ajusté la correa de mi mochila, apreté la bolsa de comida y caminé hacia nuestro punto de encuentro. El "día normal" estaba por empezar, y yo estaba dispuesta a destruir a Haku en los arcades para no tener que pensar en lo que pasaría cuando cayera la noche.

A lo lejos, apoyado contra el farol con las manos en los bolsillos, estaba él. Jeans negros rasgados en la rodilla, camiseta blanca que le quedaba un poco grande, el pelo más desordenado de lo habitual. Como si ni siquiera se hubiera mirado al espejo.

No me detuve al llegar a su altura. Le di un empujón con el hombro al pasar.

—Ya, muévete, parásito. El tiempo corre.

Escuché su risa a mis espaldas y, en dos zancadas, ya estaba caminando a mi lado. Me escaneó de arriba a abajo con una ceja levantada.

—Vaya, vaya. La generala dejó el uniforme en casa. Tu madre te dejó salir con esa facha, lo que significa que ya fuiste con el chisme. O te escapaste por la ventana.

—Le conté —respondí, encogiéndome de hombros—. Y por si te lo preguntas, no se puso nada triste por tu partida. De hecho creo que respiró aliviada. Hasta me dio dinero para los arcades para celebrar que por fin tendremos paz.

Haku soltó una carcajada de esas que hacían que la gente en la calle se girara a mirarnos.

—Qué mentirosa eres, Hana. Apuesto a que casi llora. Pero ya que tocamos el tema de las finanzas...

Metió la mano en el bolsillo y sacó un fajo de billetes, agitándolos frente a mi cara como si fuera un abanico.

—Yo también vengo patrocinado. Tenía guardado algo de la mesada. Hoy, el rey invita... un poco.

Mis ojos se clavaron en el dinero. Mi cerebro hizo los cálculos en un milisegundo. Antes de que pudiera reaccionar, mi mano salió disparada como un látigo y le arranqué los billetes de los dedos.

—¡Oye! —protestó, intentando agarrarme la muñeca, pero yo ya había dado un paso atrás.




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