Un nuevo día, un nuevo problema. Hoy voy a la casa de Andrew. Él no lo sabe. Y jamás lo sabrá.
Lucas es un amigo mío que trabaja para mi hermanastro. De vez en cuando le pido ayuda. Se podría decir que es mi espía.
Crecimos juntos. Nos conocemos muuuuy bien. Y además… él es mi primer amor.
—¡Lucas! —grité desde lejos, pegada a la barda para que no me captaran las cámaras de seguridad.
—¡Rebe! Hace tiempo que no te veía —exclamó él, radiante de felicidad. Dio tres pasos agigantados y me abrazó.
Su expresión lo decía todo: alegría pura. Después de todo, aquí hay algo más que amistad. Es la confianza. La de dos personas que se han cubierto la espalda desde niños.
Me invitó a tomar un café descafeinado. Porque Rebeca + cafeína = desastre. La última vez tuve exceso de energía y estaba tan nerviosa que parecía que me había drogado. Mejor no recordar aquella tragedia.
—Rebe, tengo malas noticias —dijo Lucas, y le dio un gran sorbo a su frappuccino.
No pude evitar reírme. Se supone que debería estar asustada, pero ese bigote de crema batida le quitó toda la seriedad al momento.
Lucas solo tomó una servilleta y limpió los residuos.
—La esposa de Andrew está embarazada —soltó, así, sin anestesia.
La sonrisa se me borró de inmediato. Mi cara se volvió fría. Sombría. La que uso en las juntas Kallings.
—Lucas… ¿estoy perdiendo, verdad? —susurré—. Siento que cada vez que doy un paso, el camino se sigue derrumbando.
—Claro que no —negó, y me tomó la mano por encima de la mesa—. Tú tienes mucho potencial.
_No me gusta verla así_, pensé que pensó. Lo conozco.
—Quizá un nuevo nieto para la abuela sea un punto a favor para él —continuó Lucas—. Pero… Andrew fue estafado. Por eso viajó a Inglaterra. Para perseguir al impostor. Eso le resta puntos. Por cierto… ¿de verdad tienes novio?
La pregunta me atravesó. _Celos. Ahí están._
—Tienes razón —me levanté de golpe—. Hoy tengo una cita con Jimin. Me tengo que ir.
—¡Esper…!
Demasiado tarde. Ya iba a mitad de la calle.
_Entonces es verdad. Ella ya tiene alguien quien la proteja_, susurró Lucas para sí mismo. No lo escuché. Pero lo sentí.
—¡Lucaaaaas! —grité, regresando a la mesa como un boomerang—. Olvidé que vine en taxi y aquí es muy difícil conseguir uno. ¿Me llevarías? Porfa.
Nadie puede negarle nada a esta mujer. Ni él. Ni yo.
—Ahh —suspiró—. Hoy es mi día libre y quieres que la pase como tu chófer.
Puse cara de cachorro. La que siempre funciona.
—Está bien, vamos —cedió—. Pero me debes un favor. Y tienes que cumplirlo.
—¡Okey, okey! Ya mueve tu trasero de esa silla —dije, ansiosa.
Primero lo hice pasar por mi casa para recoger el regalo de Jimin.
—¿Qué es eso? —preguntó Lucas, mirando la caja en mis brazos.
—Bueno… es un pequeñito detalle para Jiminie —dije, abrazándola más fuerte.
—Jajaja —se rió, sin ganas—. Pues si eso es _pequeño_, no sé qué es un regalo grande. Estamos aquí.
—Gracias. Nos vemos.
*...................*
—Llegas cinco minutos tarde —dijo Jimin, mirando su reloj. Ni hola. Ni sonrisa—.
—Por favor, son solo cinco minutos —bufé. _Qué perfeccionista_—. ¿Por qué no hay nadie aquí? Ni siquiera hay algún empleado.
—¿Acaso importa? —contestó Jimin, y me pasó el menú sin mirarme—. ¿Qué quieres tomar?
_En realidad no quiero nada. Tomé demasiado té con Lucas._ Pero solo por hoy me sacrifico. Contrato, Rebeca. Contrato.
—Mmm… ¿Cuál es tu favorito? —pregunté, hojeando.
—Me gustan las bebidas dulces —dijo—. ¿Quieres probar?
—Está bien —dije, poco convencida. _Realmente me gusta más lo amargo._
—Ya verás que te gustará —sonrió. Una sonrisa real. Pequeña. Pero real. Y me descolocó.
Se levantó.
—Espera… ¿a dónde vas? —pregunté, alarmada.
—A preparar las bebidas, claro —dijo, como si fuera obvio—. ¿Quieres ver la cocina?
—Claro —dije sin dudarlo dos veces. _Información es poder. Y necesito saber todo de él._
Jimin se detuvo a medio camino. Miró la caja que cargaba.
—Por cierto… ¿qué traes ahí? —se burló—. Pareces una campesina que acaba de venir de su pueblo cargando una caja.
—¡Ahhh! —me rasqué la nuca, y sentí el calor subirme a las mejillas—. Es… es para ti. _Nunca había sentido esto dentro de mí. ¿Acaso estoy nerviosa? Imposible. Yo no me pongo nerviosa._
—¿En serio? —sus ojos brillaron. Por primera vez no era hielo. Era curiosidad—. Dámelo. Lo abriré.
Rompió el listón. Levantó la tapa.
—¿Mochis? —dijo, alzando una ceja.