Papi, estoy de regreso |sueños oscuros #1|

9° El incendio

Víctor cerró la puerta con seguro, dirigiéndose después hacia el baño. Necesitaba con urgencia darse una ducha, pero sobre todo, necesitaba quitarse la ropa, ya que la tela comenzaba a lastimarle las heridas que Ana le provocó.

Una vez que se encontró encerrado en el baño, sujetó la parte inferior de su camiseta para intentar quitársela. Sin embargo, el ardiente dolor que el roce de la tela le hizo sentir, le obligó a tomar unas tijeras y cortar la camiseta en trozos, de modo que le resultase menos doloroso desvestirse.

Al revisar mejor su cuerpo, pudo observar con claridad la ubicación de todos los morenotes; se acarició el abdomen, inspeccionando los músculos un poco pronunciados de este, pues se habían presentado varias manchas moradas en ellos a causa del ataque de Ana. Subió su mano hasta su pecho, acariciando esta vez el moretón que tenía su pectoral derecho. Al menos la maldita no le había roto ningún hueso.

Caminó hasta el espejo del baño, donde se dio la vuelta para poder contemplarse la espalda, que era la parte de su cuerpo que más dolía; y no era para menos, ya que tenía profundos rasguños, aunque por alguna extraña razón, no sangraban.

Se dio la vuelta para quedar de frente al espejo, y miró cada detalle de su rostro. Lucía tan apagado, tan cansado; tenía ojeras profundas que —ante sus ojos— le daban un aspecto aún más deplorable. Aunque sabía bien que se debían al olor y al cansancio de ese día, formó una mueca de desagrado por el estado en que Ana lo estaba dejando.

—Está consumiéndome poco a poco —susurró, más molesto que apenado—. Aunque tú tampoco luces tan bien, mi querida Ana —escupió con sarcasmo mientras formaba una sonrisa burlona en sus labios. Miró a la criatura a través del espejo, quien se encontraba parada en la puerta.

Ana empuñó las mano furiosa, previo a emitir un gruñido que pretendía ser intimidante, pero Víctor sólo se rio de ella; Ana comenzaba a lucir tan agotada como él.

—¿Qué? —volvió a hablar Víctor con sorna—, ¿Ya te cansaste de jugar?

Otro gruñido amenazante salió de lo más profundo de la garganta de la bestia, y toda la casa se cimbró ante su macabra voz. No tenía ojos en los cuales leer sus sentimientos, pero despedía una fuerte e invisible aura de odio, que si bien pretendía estremecer al joven, ya no lo conseguía. Ana había cometido el error de mostrarse demasiado ante Víctor como lo que realmente era, así que para él, ella no era más un sinónimo de terror. Al menos… por ahora.

El cómo se enfrentarían a partir de ese instante, había quedado claro en el armario, pues aunque Ana todavía tuviese la ventaja —y por mucho—, al menos no había salido ilesa.

Víctor y Ana intercambiaron expresiones de odio, manteniéndose en silencio.

El muchacho fue quién decidió ponerle fin a aquello esta vez, por lo que se giró para mirar a la criatura por encima de su hombro.

—Largo —le dijo fúrico, pero en apenas un murmullo—. Mañana nos veremos las caras. —Ana no le respondió, pero tampoco se movió de su lugar, tomando una posición desafiante. Víctor no estaba dispuesto a seguir con eso, y un arrebato de ira, se giró por completo y le gritó—: ¡LÁRGATE!

El cuerpo de Ana salió volando hacia atrás, como si algo la hubiese empujado con una fuerza descomunal, y la puerta del baño se cerró de golpe.

Víctor se quedó boquiabierto, sin saber si esa pesada presencia era suya. Se giró una vez más para mirarse al espejo, preguntándose qué rayos había sido eso. Por un segundo, se había sentido como Matilda, cerrando la puerta con la fuera de su… ¿mente? Sonrió divertido ante la idea.

—Sí, cómo no.

Se río Víctor, componiendo una expresión de suficiencia al escuchar cómo Ana golpeaba y arañaba la puerta, desesperada por entrar a la habitación. El muchacho no estaba seguro, pero creyó que tal vez, Hans no estaba tan equivocado.

Caminó hasta la ducha, abrió la llave y, apenas el agua emanó con una temperatura tibia se adentró en el agua.

Víctor dejó de prestarle atención a Ana, para enfocarse en lavar muy bien sus heridas; y el escándalo que la criatura producía, se fue desvaneciendo poco a poco, hasta terminar por convertirse en silencio.

 

 

 

La tranquilidad de la noche se extendía por toda la casa, y los ronquidos causados por un sueño profundo en Alan, eran lo único que cortaba el silencio a lo largo de los pasillos.



Kim Pantaleón

Editado: 22.02.2018

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