Papi, estoy de regreso |sueños oscuros #1|

10° Siniestro misterio

—¡Hay una niña aquí!

Fue todo lo que Valeria necesitó escuchar para levantarse del suelo, y de inmediato correr hacia donde los bomberos habían encontrado a Susy.

Más de un policía intentó detenerla sin éxito, pues nada le iba a impedir acercarse a su hija. No lo importó el estado lógico en el que podría encontrarla —calcinada hasta morir—, sólo quería estar con ella. Con su bebita.

Sin embargo, cuando llegó al lugar donde los bomberos habían tenido que escavar para alcanzarla, se detuvo en seco. El estado de Susy era increíble. Y no sólo para ella, sino para todo el que la vio. Valeria se quedó petrificada ante la escena, y no se resistió cuando un policía la sujetó para apartarla del lugar.

De alguna forma, los escombros del techo habían caído sobre el cuerpo de la niña formando una especie de barrera, protegiéndola de ser aplastada por el resto del edificio.

Pero eso no era lo único asombroso, sino que la niña apenas presentaba unas cuantas quemaduras. Y sobre su pecho: estaba el conejo blanco, cuyo pelaje lucía sucio pero ninguna llama pareció alcanzarlo.

Sin embargo, en los negros ojos de aquel peluche —que más tarde Susy bautizaría como Señor Bigotes—, podía percibirse una expresión extraña. Casi una mirada de odio.

 

 

 

Oscuridad. Todo lo que había frente a sus ojos era oscuridad. Se sentía como si flotase en la nada.

Comenzó a sentir miedo. ¿Así se sentía morir?, se había imaginado que tal vez cruzaría por alguna especie de túnel de luz que lo conduciría al cielo o a su siguiente vida. O tal vez… ¿el lugar donde se encontraba era el infierno?

Quizá, él no era merecedor de descansar en paz…

—Da miedo, ¿no? —comentó una voz muy familiar para él, pero no podía ver nada de todas formas.

—¿Susy? —El aire se le fue. Si él estaba muerto ¿Susy también lo estaba? Había fallado entonces—. ¿E-estás…?

—Estoy bien.

Sintió cómo de pronto algo se aferraba a su mano, y una tenue luz se encendió a su lado. Susy resplandecía en medio de toda la tiniebla, y su brillo lo iluminaba también a él.

Víctor sonrió al verla, pues parecía un pequeño ángel. Sólo le faltaban unas hermosas alas en su espalda y una aureola que decorara su cabeza.

Por un momento se sintió tan feliz de verla así —tan hermosa, tan alegre, tan angelical—, que no se resistió a hincarse frente a ella y abrazarla con fuerza. Susy lo abrazó también, y la realidad lo hizo volver de golpe.

Pues a pesar estar tan cerca, no podía sentirla. Sus manos no tocaban el cuerpo de Susy porque simplemente, él ya no existía.

Víctor tragó saliva, apartándose de su hermana en un movimiento y poniéndose de pie. Susy lo miraba un poco confundida, informándole a su hermano que no entendía muy bien su actuar, ni mucho menos lo que hacía en aquel lugar.

La niña no se resistió en preguntarle al joven cómo era que se encontraba en ese mundo astral, cuando nunca antes había podido acompañarla ahí.

Víctor se encogió en su lugar mientras formaba una expresión entristecida, para después explicarle a Susy lo que había ocurrido horas atrás, omitiendo que lo sabía desde días antes. Para cuando Víctor terminó de hablar, tenía a Susy abrazada de su cuerpo, hecha un mar de silenciosas lágrimas.

El joven acarició la cabeza de la pequeña con pesar, y por primera vez en su vida, no supo qué decir para consolarla.

Quiso decir algo para tranquilizarla, pero la voz débil de la niña se le adelantó, congelándolo en su sitio con sus palabras. E incluso, Víctor quitó su mano de la cabeza de Susy, sin poder siquiera concebir que ella estuviese diciendo algo así.

—No juegues con eso… —Fue todo lo que Víctor pudo decir.

—No lo hago —susurró Susy con voz débil pero seria. Por supuesto que hablaba en serio—. Quiero quedarme contigo para siempre. —La niña alzó la vista para que sus ojos se fijaran en los de su hermano mayor—. Llévame.

Víctor la miró incrédulo, creyendo por un momento que ella seguía jugando. Desde luego entendió que no era así, cuando Susy repitió todas y cada una de sus palabras. Ella quería irse con él, estar a su lado por toda la eternidad.



Kim Pantaleón

Editado: 22.02.2018

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