Peligrosa atracción

CAPITULO 7

《Aprenderás que sucumbir ante la atracción puede acarrear consecuencias inesperadas…》

《La atracción es una emoción poderosa, pero no es suficiente cuando lo que se se desea es amor...》

Consejos para un romance exitoso.

Un silencio abrumador fue lo que siguió a la confesión de Clarissa. Desde su posición, Steven vio cómo el rostro del duque se desencajaba y apretaba con ira los dientes. Él ya conocía esa expresión: Nick estaba realmente furioso, y solo se necesitaría un segundo para que explotara y perdiera el control completamente. Por su parte, se encontraba como si un tren a toda marcha hubiese impactado contra él. Todo su cuerpo temblaba, su pulso se había disparado por las nubes y su corazón golpeaba con tanta fuerza su pecho que este le dolía literalmente.
«Ella me ama. No, siempre me ha amado. Clarissa, mi dulce niña, me quiere. ¿Cuándo sucedió esto? ¿Qué he hecho para merecerlo? ¡Dios, no puede ser cierto! ¿Sería un desastre? ¿O no? Ella me ha mentido deliberadamente, ha jugado conmigo sin miramientos: me ha ridiculizado y manipulado. Además, por su culpa, tendré que romper una promesa», pensó frenéticamente, tratando de ignorar la cercanía de la joven; su belleza, cubierta por ese amarillo que la hacía billar como el sol, y su enloquecedor aroma a jazmín… Sí, a eso olía, ocasionando que sus sentidos estuvieran por colapsar en ese mismo momento.
—¡Todas fuera! —vociferó el duque airado, lo que quebró el silencio e hizo sobresaltar a todos.
—Pero, hijo… —empezó Honoria, angustiada.
—Por  favor,  cálmate,  cariño…  —siguió  diciendo  Elizabeth  nerviosa, acercándose a su esposo.
—Y no hagas algo que luego de seguro lamentarás; te lo suplico, Nick… — terminó Clarissa, con la voz quebrada, secando sus lágrimas.
—No soy yo precisamente quien debe arrepentirse de algo. No obstante, quédate tranquila, no mataré a este traidor, solo porque debe responder a ti. Ahora déjennos a solas —la cortó secamente, y les señaló la puerta, dirigiéndose con paso airado hacia la silla de su escritorio.
La duquesa viuda tomó de la mano a una reacia Clarissa y la arrastró tras ella, instándola a salir del estudio. Lady Elizabeth se apresuró a seguirlas, pero, antes de cerrar la puerta, le lanzó una mirada penetrante a su esposo.
Steven seguía contra la pared, donde su «amigo» lo había estampado, tratando de hacer caso omiso del dolor de su mandíbula, que comenzaba a inflamarse. El duque se volvió a mirarlo fríamente, y con la cabeza le indicó que se sentara. Cuando estuvieron sentados frente a frente, observándose fijamente, Nicholas dejó salir un suspiro contrariado y, lanzando chispas por sus ojos azules, se echó hacia atrás en su asiento.
—¿Por qué lo hiciste, Hamilton? —lo interrogó con voz contrariada.
Steve cerró los ojos un segundo; dolía de verdad que su mejor amigo lo detestara al punto de no querer llamarlo por su nombre.
—No pude evitarlo… Yo… lo lamento, Nicholas. Siento una fuerte atracción por ella —le respondió, viendo la incredulidad en la expresión de su amigo.
—¿Es en serio?, ¿te estás escuchando? ¡Es una maldita niña, Steven! ¡Una niña a la que viste crecer! ¡Maldición, creí que era como una hermana para ti! —dijo el duque encolerizado, golpeando con ambas manos el escritorio, llamándolo por su nombre al fin.
—¿Crees que no lo sé? ¿Piensas que no me siento como un miserable? Pero Clarissa no es mi hermana, y ya no es una niña. ¿Acaso olvidas que tu esposa no es mucho mayor? —contestó el conde rabioso, alzando por primera vez la voz.
—No intentes justificarte ni te compares conmigo. Yo no traicioné tu confianza ni falté a nuestra amistad. Elizabeth está en vísperas de su cumpleaños número veinte; mi hermana acaba de cumplir sus dieciocho años. Yo confié en ti, dejé a Clarissa a tu cuidado, ¡y tú respondiste deshonrándola! —dijo a su vez Nick, enrojeciendo de rabia.
—Si vuelves a repetir eso, puedes escoger el arma, el lugar y un padrino — contestó Steven con voz tensa, al escuchar la acusación final.
—¿Te atreves a negarlo? ¿Qué dirás en tu defensa?: ¿que una niña te sedujo? —continuó el duque desafiante.
—No repetiré la advertencia: parece que olvidas de quién estamos hablando. Solo te diré que no la deshonré; solo fueron besos. Aunque sí la comprometí, y hay testigos del hecho —respondió cortante, negándose a revelar los detalles del engaño de Clarissa, ni siquiera ante su hermano.
—Ahh… Ahora recuerdas que se trata de mi hermana; un poco tarde, ¿no te parece? Puedes dar por terminada nuestra amistad; por lo que a mí respecta, eres un maldito traidor. Y puedes retarme a duelo si se te antoja; acepto gustoso —contestó Nick, aún más tenso, sin dejar de mirarlo con desprecio.
—Terminaremos con esto; estoy aquí para cumplir con mi deber, así se lo prometí a tu madre —rebatió Steven, apretando los dientes; aunque sus pupilas se sulfuraban, no podía negar que era un traidor, por lo menos ante los ojos del duque.
—Está bien, es bueno saber que todavía sabes cumplir tu palabra, pues la promesa que le hiciste a tu padre quedó en el olvido, ¿no?
—No —lo cortó Steve secamente—. Me casaré con Clarissa; asumiré las consecuencias de mis actos, pero pienso respetar la última voluntad de mi padre —finalizó, sintiendo cómo se acrecentaba el nudo que tenía en su estómago.
—¿Ah, sí? Entonces, piensas hacer miserable a mi hermana. Bien sabes que es una romántica, y la destrozarás si haces eso —respondió el duque, prosiguiendo ante el tenso silencio que había obtenido su comentario—. Sé que la única opción es arreglar este casamiento, pero me niego a hacerlo bajo estos términos.
—¿A qué te refieres? —lo interrumpió Steve, sintiendo una involuntaria y repentina inquietud ante sus palabras.
—Quiero decir que no seré quien colabore con la desgracia de mi hermanita. Si piensas contraer matrimonio con ella, deberás decirle sobre la promesa; ella debe saber todo y estar advertida. Aunque eso signifique una negativa de su parte y la ruina social de mi familia, la apoyaré y jamás la obligaré a nada —terminó Nicholas con voz dura.
—Ella debe casarse conmigo; es tarde para arrepentimientos. Aun así, respetaré tu petición y hablaré con ella, aunque no creo que sea necesario — dijo finalmente el conde, luego de la incrédula pausa que la condición del duque le había provocado.
—No es ninguna petición, es una obligación que, si no cumples, lamentarás largamente; eso te lo aseguro —respondió Nicholas con voz letal, taladrándolo con la mirada.
Steven tensó la mandíbula, reprimiendo las ganas de hacerle tragar su orden, pero conocía demasiado a su amigo, y sabía que la cuerda que sostenía su cordura y su civilización estaba al límite. Por primera vez sabía qué se sentía estar del bando contrario. Acababa de conocer el lado implacable del duque de Stanton, y experimentaba cómo era estar en los zapatos de sus enemigos.
—Bien, puesto que lo hecho, hecho está, nos toca arreglar los pormenores de este desastre —le dijo fríamente Nick, con ojos sombríos.



Eva Benavidez

Editado: 15.06.2020

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