Perdida en ti

*Prefacio:

Le resultó tan simple como respirar, que sus intensos ojos pardos lograran dilucidar que no cambió ni un elemento tradicional de la casa antigua que conoció desde que tenía cinco años; edad tierna y maternal, cúspide de la inocencia, aún perdurable en su ser, en la que se convenció, mediante ilusiones patéticas, que ese jardín mágico podía transformarse en un paraíso lleno de seres salidos de su imaginación, solo teniendo el propósito de protegerla de las hebras negras de la maldad. Años después, en medio de una tormenta natural combinada con su declive moral, descubrió que el infierno estaba pavimentado con el color verde perteneciente a ese espacio inmaculado.

El aleteo tenue de sus pestañas tupidas, se detuvo cuando sintió el empujón sutil que los hombres, que la resguardaron hasta llegar allí, le dieron con la intención de provocar el movimiento grácil de su cuerpo pequeño. Se veía tan débil en apariencia: de contextura muy delgada, casi tallando en lo enfermizo y desnutrido, dueña de una estatura que llegaba unos centímetros más allá del metro y medio, gracias a la plataforma interna de sus zapatillas.

Contemplando de reojo cada aspecto del lugar al que fue llevaba casi por obligación, cruzó el jardín delantero y caminó hacia el recibidor a paso acelerado para perder a la seguridad de la casa; sin embargo, ella sabía que esa fortaleza inquebrantable tenía diez mil ojos, que nunca dejarían de visualizar cada uno de sus actos.

Al arribar a la puerta principal, fue recibida por las empleadas, siempre vestidas con yukatas que iban de acuerdo a la estación, que la esperaban con la cabeza inclinada, aguardando a que la futura ama, no les expresara un gesto de desdén.

Kirara sintió su ser estremecerse mientras su corazón aceleraba sus latidos tras aspirar el dulce aroma de Japón, y con las manos cayendo a cada lado de sus caderas, el cabello suelto volando ante la suavidad de la brisa, supo que al poner un pie allí, terminaría firmando un pacto de sangre, que no rompería sin antes perder el último aliento de vida.

Pese a la sumisión de las sirvientas, la joven entendió que se burlaban de su ropa informal, que no concordaba con la tradición viva de esa familia, ya que antes de ser obligada a ir a esa casa, ella hizo todo lo posible por verse lo menos ortodoxa posible: vestía unos jeans rasgados y llevaba un crop top manga larga que dejaba al descubierto sus hombros, mas no su escote. Y aunque también odiaba a la servidumbre rastrera de aquella casa, no tenía tiempo para humillar a nadie, solo quería irse de la prisión familiar antes de cometer un acto genocida.

Por indicación de las calladas sirvientas, la joven se descalzó de sus zapatillas en el Tataki. Las mujeres que la atendían casi se desmayaron al verla deambular con los pies desnudos, le suplicaron que se pusiera el calzado ubicado en un armario, ella, en todo momento, rechazó el uso de las pantuflas que le ofrecieron, ya que prefería quedarse sin zapatos antes de sentir que le debía algo más a esa familia de víboras.

Las sirvientas no pusieron más objeción al oír su voz sonar con rotundidad y sin ninguna elevación de tono. Disculpándose por su impertinencia, la condujeron por la casa, que conservaba la esencia de estilo tradicional, aun así, la mayor parte del lugar, estaba restaurado con un estilo occidental que cuestionaba la pureza del pensamiento de su mayor verdugo: su tía. Para incrementar la deforme expresión de sorpresa en su rostro pálido y sin una gota de maquillaje, ella fue conducida al salón especial de la casa, que tenía un espacio memorable al que denominaban tokonoma. Kirara se sintió contrariada, aquel sitio preferencial solo estaba pensado para agasajar la vista de los invitados, ya que poseían las reliquias de la familia, entre ellas, las cenizas de su despreciable abuela materna, las cuales reposaban dentro de un jarrón más costoso que toda su carrera de derecho.

La joven remilgosa se sentó en el zabuton ubicado frente a una pequeña mesa, una especie de cojín demasiado incómodo, que reposaba sobre el suelo de tatami y miró a través de las ventanas, que daban hacia el jardín principal, como su vida planificada iba despedazando por haber hecho un contrato con el demonio más miserable del infierno.

Estaba recibiendo la preparación mental para la batalla que libraría en minutos. Debía sacarle filo a sus cuchillos, para darle un golpe certero en el corazón a la bestia que aborrecía.

—Le traemos té, señorita Dang —pese a estar en el registro familiar como un miembro de segundo grado y tener el apellido por derecho, Kirara prefería que la nombraran con el apellido de su padre.

—Solo quiero que venga Saoko ahora mismo.

La jefa de las amas de llaves se disponía a darle una respuesta negativa cuando la puerta movible hacia los lados, se abrió por completo, dejando que la figura de tres de los hombres de la familia Fujioka ingresara a la habitación, haciendo que sus temores más profundos se encendieran.

—Si madre te oye llamándola con tanta familiaridad, terminará cortando tu lengua —fue un saludo bastante extraño por parte del segundo hijo de la casa más reconocida en ese barrio de Tokio—. Te recomiendo que no uses su primer nombre o sufrirás un horrible castigo —Kirara maldijo por dentro: había olvidado que las paredes y puerta de la habitación eran tan delgadas que permitían que los sonidos se filtraran.

—No intentes hacer entrar en razón a la mujer, dudo que sepa algo de modales —lo corrigió el más joven de los tres hombres.



Laurencia R. Antígona

Editado: 17.01.2021

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