Pinceladas de Sentimientos

III

El olor a aguarrás y a linaza se había convertido en el perfume oficial de mi habitación. A mis cotorce años, mi cuarto ya no parecía el de una niña de buena familia; parecía el estudio de un maestro renacentista en miniatura, si ese maestro tuviera una debilidad por los peluches y las cintas de colores.

Frente a mí, sobre el escritorio de caoba, descansaba el cuaderno de bocetos que casi había destruido aquella noche de Navidad. Había pasado meses restaurando la página donde el rostro de Mateo había sido tachado con la furia del primer desengaño. Con un borrador de migajón y mucha paciencia, logré rescatar sus ojos color miel de debajo del carboncillo negro.

—Ya está —susurré, y mi voz, ahora firme y clara, no tembló—. Nadie va a volver a tacharte. Pero nadie va a volver a verte.

Cerré el cuaderno y lo deslicé en el compartimento secreto de mi maletín de arte. Ese era mi cofre de doble fondo: por fuera, Lulú era la chica que reía con sus amigas y pintaba jardines; por dentro, Lucia era la guardiana de un incendio que no pensaba apagar, pero que tampoco pensaba mostrar.

Esa tarde, el jardín de la mansión de Dulce estaba decoradon con guirnaldas blancas. Era mi cumpleaños. Valeria y Martina corrían cerca del estanque de peces koi, discutiendo sobre qué sabor de helado era el mejor, pero mis oídos estaban sintonizados a otra frecuencia: el motor de un coche que conocía de memoria.

Cuando el Jeep de Mateo cruzó los portones, sentí el habitual vuelco en el estómago. Bajó con esa energía que siempre parecía traer el sol consigo, y en sus brazos, una bola de pelos canela y blanca saltaba con desesperación.

—¡Madrina! —gritó Mateo, alzando la mano—. ¡Alguien no aguantaba las ganas de felicitarte!

Pincel fue soltado y corrió hacia mí como una exhalación, ladrando de alegría. Me arrodillé en el césped, dejando que el perro me lamió la cara, usando ese momento como escudo para que nadie viera cómo me ardían las mejillas al ver a Mateo caminar hacia nosotros.

—Hola, Pincel —reí, abrazando al perro—. Hola, Mateo.

Él se detuvo frente a mí. Llevaba Ropa formal la que usaba para sus prácticas de arquitectura y se veía... mayor. Más hombre.

—Cartoce años, Lucía. Eso dos dígitos van subiendo—dijo con esa sonrisa que me hacía olvidar hasta mi propio nombre—. He traído algo para tu nuevo estatus de artista profesional. Está en el coche, ¿me ayudas?

Lo seguí, sintiendo que caminaba sobre nubes. En la parte trasera del Jeep, envuelto en un papel kraft rústico, había algo grande y pesado. Lo ayudé a bajarlo y, al quitar el papel, ahogué un grito. Era un caballete de madera de haya, robusto, con herrajes de bronce y una placa pequeña que decía: “Para la mejor artista y la más valiente. M.”
—Es... es demasiado, Mateo —logré decir, acariciando la madera pulida.
—No lo es. El profesor de arte de Vale dice que tus perspectivas están mejorando a pasos agigantados. Necesitas herramientas que estén a tu altura.
En ese momento, Valeria llegó corriendo y se colgó del brazo de su hermano.
—¡Es genial, Lulú! Ahora podrás pintarme como a una de esas reinas antiguas —bromeó Valeria—. Mateo, ¿viste el pastel que le hizo Dulce María? ¡Es enorme!
Mateo le revolvió el cabello a su hermana con cariño y luego hizo lo mismo conmigo. Ese gesto, que para él era una muestra de afecto fraternal, para mí fue una descarga eléctrica que me recorrió la columna.
—Disfruta tu día, pequeña —me dijo, antes de que mi tía Dulce lo llamara para saludar.
Me quedé allí, de pie junto a mi nuevo caballete. Valeria me miraba, esperando que dijera algo sobre el regalo, pero yo solo podía mirar la espalda de Mateo mientras se alejaba hacia la terraza.
—Es un buen hermano mayor, ¿verdad? —dijo Valeria, encogiéndose de hombros—. Un poco mandón a veces, pero detallista.
—Sí —respondí, forzando la sonrisa más natural de mi repertorio—. El mejor hermano mayor que alguien podría tener.
Esa fue la primera gran mentira de mi nueva vida. Mientras mis amigas planeaban juegos y mi familia celebraba mi salud, yo miraba mi caballete y sabía que sobre esa madera se apoyarían lienzos llenos de secretos. Lulú, la chica de catorce años, sería la amiga de todos. Lucia, la artista, seguiría amando en el silencio del doble fondo.
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A los quince años, aprendí que el amor no solo se siente en el estómago, sino también en el cerebro. Mi habitación ya no solo olía a óleo; ahora también se acumulaban en las esquinas tubos de cartón con planos y revistas de diseño que Mateo me prestaba cuando terminaba sus entregas en la universidad.
—No, Mateo. El azul cobalto en esa fachada va a absorber toda la luz del jardín. Si quieres que la casa "respire", necesitas un gris perla con un toque de ocre —dije, señalando con la punta de mi pincel fino la maqueta que descansaba sobre mi escritorio.
Mateo se echó hacia atrás en mi silla giratoria, frotándose los ojos con cansancio. Tenía ojeras de haber pasado la noche en vela pegando cartón pluma, pero al mirarme, sus ojos miel se encendieron con esa chispa de curiosidad que siempre me dedicaba.
—¿Gris perla y ocre? —repitió, entrecerrando los ojos como si estuviera proyectando mi idea en su mente—. Tienes razón, madrina. El cobalto es demasiado pesado para una estructura de cristal. ¿De dónde sacas esas ideas?
—De observar —respondí con una sencillez fingida, mientras mi corazón martilleaba contra mis costillas—. Los colores hablan entre ellos, Mateo. Solo hay que saber escucharlos.

Él soltó una carcajada limpia y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas. Estábamos tan cerca que podía oler el café que estaba tomando es su alientos y el pegamento de contacto de sus dedos.
—A veces olvido que solo tienes quince años —susurró, mirándome con una mezcla de respeto y asombro—. Hablas como una artista consagrada. Mi antiguo profesor de composición se volvería loco contigo.
—Quizás dentro de unos años vaya a tu facultad —dije, bajando la vista a mis propias manos, manchadas de amarillo cadmio—. Así podré corregir tus planos todos los días.
—Sería un honor, Lucía. De verdad.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe y Valeria entró como un torbellino con las llaves de su nuevo auto en las manos, seguida de Martina, que traía un libro de poemas de Neruda bajo el brazo.
—¡Mateo! Mamá dice que si no vuelves ahora a casa para cenar, le va a dar tu parte de lasaña a Pincel —anunció Valeria, rodando los ojos—. Y tú, Lulú, deja de ayudarlo. ¡Se está aprovechando de tu talento gratis!
Mateo se levantó, estirando su espalda con un crujido, y le dio un empujoncito juguetón a su hermana en el hombro.
—No me aprovecho, Vale. Lucía es mi consultora de color oficial. Sin ella, mis edificios parecerían cajas de zapatos aburridas.
Martina se acercó a mi caballete, donde yo estaba terminando un paisaje de un bosque bajo la niebla.
—Es tan melancólico, Lulú —comentó Martina con su voz suave—. Parece que los árboles están esperando a alguien que nunca llega. ¿En qué pensabas cuando lo pintaste?
Sentí la mirada de Mateo sobre mí mientras Martina hacía la pregunta. Él también parecía esperar la respuesta.
—En la paciencia —mentí, sintiendo el peso del secreto en mi garganta—. A veces, lo más hermoso es lo que se queda guardado en la niebla.
Mateo me dedicó una última sonrisa antes de salir de la habitación.
—Nos vemos el sábado, pequeña artista. No dejes que estas dos te distraigan demasiado de tus cuadros.
Cuando la puerta se cerró, Valeria se desplomó en mi cama y empezó a hablar de un chico del último grado que le había enviado una nota en el recreo. Martina se unió a la charla, analizando la métrica de la nota como si fuera un soneto, pero yo me quedé de pie junto a mi escritorio, tocando el borde de la maqueta que Mateo había dejado allí.
Mis amigas hablaban de amores ruidosos, de notas de papel y de manos sudorosas en el pasillo del colegio. Yo, en cambio, tenía la arquitectura de un sentimiento que crecía en silencio, ladrillo a ladrillo, plano a plano.
—¿Lulú? ¿Estás ahí? —me llamó Valeria, lanzándome un cojín.
—Sí —respondí, sentándome con ellas—. Solo estaba pensando en el gris perla.
Ellas rieron, pensando que mi obsesión por el arte me estaba volviendo un poco extraña. No sabían que el gris perla era el color del consuelo, el color que usaba para pintar el espacio que había entre Mateo y yo: una distancia que cada año se llenaba más de dibujos, planos y una amistad que era mi mayor tesoro y mi condena más dulce.
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