GAEL
Veo cómo se le desencaja la cara. Sus manos, apoyadas en la mesa, empiezan a temblar apenas.
—¿Se fue? ¿Pero por qué? Ella es buena, pá. Ella me ayudó.
—Lo sé, lo sé —intervengo rápido, acercándome a la mesa—. Pero a veces los adultos tienen problemas que los chicos no pueden entender. Temas de contratos, de papeles. El punto es que el entrenamiento allá se volvió un lío, está todo desorganizado ahora. No es un buen lugar para que sigas, especialmente después de lo que te pasó en los pulmones. Necesitas seguridad. Necesitas excelencia y, como tu padre, deseo lo mejor para ti.
—Pero yo… Yo quiero estar con ella —dice, y su voz empieza a quebrarse—. No quiero que se vaya Kaia.
Ahí está.
El golpe que esperaba. El que más me duele. El que me confirma que hice bien en sacarlo de ahí antes de que el vínculo fuera irrompible.
—Escúchame bien, Lautaro —me pongo en cuclillas para estar a su altura, forzando una mirada de "padre protector"—. Yo solo quiero lo mejor para ti. Siempre. Y por eso, conseguí algo increíble. Vamos a ir al HyG. ¿Sabes lo que es el HyG, no? Es el club donde jugué yo, donde están los mejores entrenadores del país. Te dieron una vacante especial porque eres un Ferraro. Vas a tener médicos en la cancha, equipos nuevos, y vas a jugar con los hijos de mis amigos. Es un ascenso, Lauti. Como cuando un jugador pasa de un club de barrio a la selección, todos los niños te van a envidiar.
Él no parece entusiasmado. Parece que le acabo de decir que vamos a mudarnos a otro planeta.
—Pero Kaia me dijo que no tenía que ser perfecto —susurra—. Me dijo que podía decir la verdad.
—Y en el HyG también vas a poder —miento descaradamente—. Solo que en un lugar mejor. Más seguro. Allá nadie va a permitir que te pase lo del domingo. Vamos a empezar de cero, borrón y cuenta nueva. ¿Trato?
Él mira su plato de cereales. El silencio vuelve a reinar, pero esta vez es un silencio de derrota. Siento que acabo de ganar un tacle sucio, uno de esos que el árbitro no ve pero que te deja con un sabor amargo en la boca.
—¿Ella se despidió?—pregunta, levantando la vista por última vez—. Yo estuve enfermo y no fui al entrenamiento, me hubiera gustado decirle chau.
Siento que el aire se me escapa. Miro hacia la ventana, hacia el jardín perfectamente podado.
—No tuvo tiempo, Lauti. Fue todo muy rápido. Ya sabes cómo son estas cosas de los clubes… la gente viene y va. Pero no te preocupes, nosotros vamos a estar bien. Somos un equipo, ¿no?
Lautaro asiente, pero es un movimiento mecánico, sin alma. Termina su desayuno sin decir una palabra más. Lo veo levantarse y llevar su plato a la bacha, moviéndose como un pequeño fantasma por la cocina.
Me quedo solo.
Tomo mi teléfono. Hay una nueva notificación de Instagram. Alguien comentó mi foto del gimnasio diciendo lo mucho que admira mi "fortaleza inquebrantable". Me río para mis adentros, una risa seca y amarga. Si supieran.
Borro todas las llamadas perdidas de Kaia. Borro sus mensajes sin volver a leerlos. Bloqueo su número. No es por odio. Es por supervivencia. Si vuelvo a escuchar su voz, si vuelvo a leer sus reproches, sé que voy a flaquear. Y un Ferraro no flaquea.
Miro el papel del pase que firmé ayer. Está hecho. Lauti está a salvo de su influencia. Está de vuelta en mi mundo, bajo mis reglas, en mi club. He recuperado el orden. He salvado a mi hijo de una "terapia infantil" disfrazada de deporte. He ganado.
Entonces, ¿por qué siento que acabo de cometer el error más grande de mi vida?
Ser papá es una responsabilidad muy grande porque sabes que tienes que ser firme en los límites, la educación y la responsabilidad que quieres inculcar a tus hijos, pero también quieres ser el héroe de tus chicos y eso tiene su precio.
Camino hacia el ventanal y veo a Lautaro en el jardín, parado frente a su pelota de rugby. No la patea. No la corre. Solo la mira, como si fuera un objeto extraño que ya no sabe cómo usar.
—Es por tu bien, Lauti —susurro, tratando de convencerme a mí mismo mientras veo su pequeña figura solitaria bajo el sol—. Algún día lo vas a entender.
Pero mientras lo digo, sé que es otra mentira. Lautaro no lo va a entender nunca. Y yo, Gael Ferraro, el hombre que nunca pierde, acabo de entender que para mantener el control de mi hijo, he tenido que romperle el corazón.
Y lo peor de todo es que, por primera vez, no tengo a nadie a quien culpar más que a mí mismo.
Me alejo del ventanal y voy a mi despacho. Tengo que llamar al HyG para coordinar el primer entrenamiento del sábado. Hay que seguir adelante. Hay que mantener el ritmo. Hay que ganar, siempre ganar.
Aunque ganar, a partir de hoy, se sienta exactamente igual que haber perdido todo lo que importaba.
Enseñarle a Lautaro a endurecerse también me enseña a mí a ser mejor padre.