LAUTI
Desayuno sin ganas luego de tomarme los remedios. Los cereales parecen cartón mojado y la fruta queda cortada en cubitos en el plato. Silvia me ayuda a ponerme la ropa nueva. Es distinta. La camiseta tiene rayas y los colores son más serios. Pica un poco. El escudo es grande y tiene letras que no entiendo bien. “HyG” ¿cómo se supone que lo pronuncian si la primera letra no suena? ¿Será “iiigg”?
—Vas a estar bien, Lauti—me dice Silvia mientras me peina y veo sus propios mechones rubios tapándole la cara mientras me ayuda. Ella es un poco más grande que Kaia, pero no llega a ser tan dulce como ella, aunque se porta muy bien conmigo, es muy buena—. Todo saldrá bien porque a los Ferraro siempre les va bien en todo.
Esa frase. Siempre esa frase. Parece que ser un Ferraro es como tener una mochila llena de piedras que nunca te puedes sacar. Tienes que ser fuerte. Tienes que ganar. Tienes que ser el mejor. Pero yo solo quiero ver dibujos animados y que nadie me grite si la pelota se me cae. Quiero ver películas donde la gente canta en el cine y quisiera aprender a cantar como esa gente algún día o por lo menos ver una obra de teatro donde la gente canta y baila y hace canciones.
Subimos al auto. Silvia maneja hasta San Isidro. El camino es largo y yo voy mirando por la ventana. Veo nenes caminando a la escuela con sus mochilas. Veo perros corriendo. Siento una envidia chiquita. Ellos no tienen que ir a un lugar nuevo donde no conocen a nadie a demostrar que son "hombres".
Llegamos a un portón gigante. Hay muchos autos caros. El lugar es muy grande, mucho más grande que el club de Kaia. Todo está perfecto. El pasto parece pintado. Hay mucha gente con ropa de marca y anteojos de sol.
Silvia me baja el bolso.
—Vengo a buscarte en dos horas. ¡Suerte! —me da un beso y se va.
Me quedo parado ahí, solito, con mi bolso que pesa una tonelada. Me siento como una hormiga en una cancha de elefantes. Camino hacia donde están los nenes de mi edad.
Todos se ven más grandes que yo. O tal vez es que se paran distinto. Tienen los hombros arriba y hablan fuerte.
—¡Eh, miren! ¡Ahí viene el nuevo! —grita un nene rubio que tiene una camiseta que le queda perfecta y no como la mía que se ve super grande.
Me acerco con miedo. Siento que mis pulmones se achican un poco. “Respira, Lauti” la voz de Kaia me suena en la cabeza.
Me pongo en la fila. El entrenador es un señor muy alto, con la piel muy quemada por el sol y una voz que parece un trueno.
—¡Atención!—grita—. Hoy tenemos un nuevo integrante. Es Lautaro Ferraro. Sí, el hijo de Gael Ferraro. Espero que traigas los mismos genes que tu viejo, pibe.
Siento que todos me miran. Es una mirada pesada. No es como la de los chicos del
otro club, que era de curiosidad. Esta es como si me estuvieran poniendo a prueba y mi cabeza comienza a pensar que ojalá papá nunca me hubiera traído aquí, ojalá papá no fuese jugador profesional, ojalá no fuera yo un Ferraro.
Empezamos a correr y todos son como flechas, yo me canso rápido. Siento que me falta el aire, pero no quiero decir nada, tampoco tengo a Kaia para que anime a seguir o me ayude. Papá dijo que este lugar es "excelencia". No puedo ser menos que eso.
—¿Qué pasa, Ferraro? ¿Te pesan las piernas de oro? —me dice un nene que corre al lado mío. Se llama Benjamín, lo escuché cuando el entrenador lo nombró y su tono es bastante envidioso.
No le contesto. Sigo corriendo.
—Dicen que te desmayaste en el cine —dice otro, más bajito, mientras pasamos por detrás del entrenador—. Dicen que eres un blandengue. Mi papá dice que tu viejo debe estar re caliente porque le saliste fallado.
Siento un pinchazo en el corazón. No es el asma. Es algo más feo. Es como si me hubieran tirado barro en la cara. ¿Cómo saben lo del cine? ¿Cómo saben lo del hospital?
—Mi papá dice que tu mamá se fue porque no aguantó tener un hijo tan débil—sigue Benjamín, dándome un empujoncito con el hombro.
Me tropiezo pero no me caigo. Me muerdo los labios.
No llores, Lauti.
Prohibido llorar.
Los Ferraro no lloran…
Pero me pican los ojos. Me acuerdo de Kaia. Ella me hubiera dicho que no les hiciera caso. Ella me hubiera dado un abrazo y todo hubiera seguido su curso normal. Pero ella no está. Ella se fue por culpa de los "papeles".
El entrenamiento es horrible. Nos hacen chocar contra unas bolsas pesadas. Cuando es mi turno, no le pego con fuerza. La bolsa ni se mueve.
—¡Tienes que ponerle ganas, Ferraro! ¡Pareces una nena! —grita el entrenador.
Los chicos se ríen. Benjamín hace un ruidito como de llanto.
—¡Buaaa, buaaa, quiero a mi mami! —susurra detrás de mí.
Me dan ganas de desaparecer. De volverme chiquito, chiquito y meterme debajo del
pasto. Me acuerdo de mi sueño. Del hombre de los zapatos sucios. Siento que
todos acá tienen esa misma mirada de "te encontré".
Cuando vamos a tomar agua, me quedo un poco lejos de los demás. No quiero que me
digan nada más. Estoy mirando mis botines, que ya no están tan limpios.
—No les hagas caso. Son unos tontos.
Levanto la vista. Hay un nene parado frente a mí. Es más bajito que yo, tiene el pelo muy negro y pecas en la nariz. Me mira de una forma distinta, no parece querer criticarme como los demás. Me está mirando como se mira a un amigo.
—Yo soy Facu —me dice y me extiende una botella de agua—. ¿Quieres? La mía está
bien fría, vi que te tiraron la tuya.
Yo… Es cierto, no lo vi. Y tengo sed.
—Gracias —digo, y mi voz apenas sale. Tomo un trago. El agua me alivia la garganta seca.
—Mi papá te admira mucho —dice Facu, sentándose en el pasto al lado mío—. Bueno, admira a tu papá. Dice que es el mejor capitán de la historia. Yo vi un video tuyo en internet cuando eras más chiquito, haciendo un pase con él. Fue genial, desde entonces empezamos a intentarlo con mi papá y ahora juego acá.