KAIA
El viernes se siente como un funeral que no termina de ocurrir.
Miro el reloj de la cocina y las agujas parecen burlarse de mí, estancadas en un tiempo que ya no me pertenece.
Hoy es viernes.
Hoy, en un universo paralelo que existía hace apenas una semana, yo debería estar terminando de revisar mis notas para el entrenamiento de mañana, imaginando ejercicios nuevos para que Lauti pierda el miedo al contacto, pensando en cómo sacarle una sonrisa entre pase y pase. Pero en este presente, en este aquí y ahora que me quema los huesos, el silencio de mi departamento es un ruido ensordecedor.
Ya van tres. Tres entrenamientos en los que su lugar en la fila quedó vacío. Tres tardes en las que busqué inconscientemente ese mechón castaño entre la multitud de camisetas de colores y solo encontré el vacío. Tres veces en las que tuve que responder a los otros chicos, que preguntan con la honestidad brutal de la infancia: “¿Y Lauti? ¿Por qué no viene más?”. No supe qué decirles. No pude decirles que su padre, el gran Gael Ferraro, decidió amputarme de su vida como si yo fuera un tumor y no la única persona que se detuvo a escuchar sus pulmones cerrándose.
Me sirvo una copa de vino que no tengo ganas de tomar y me siento frente a la computadora. La luz de la pantalla me lastima los ojos, cansados de estudiar para la maestría y de llorar a escondidas de Paolo.
“No debería estar haciendo esto”. Me lo repito una y otra vez mientras mis dedos, con voluntad propia, teclean en el buscador: “Club Honor y Gloria - Rugby Infantil - Horarios”.
Es una pulsión masoquista. Me siento como una criminal, como si estuviera traspasando una frontera ética que me costó años construir. Pero la angustia es más fuerte que mi orgullo. La imagen de Lauti en el hospital, aferrado a mi mano, es un ancla que me arrastra al fondo del mar. No puedo dejarlo así. No puedo permitir que crea que lo abandoné, que su "terapeuta disfrazada de entrenadora" se esfumó porque él no fue lo suficientemente bueno.
La página del HyG carga con una lentitud exasperante. Es un sitio web impecable, lleno de fotos de chicos con uniformes carísimos que parecen modelos de una revista de élite. Encuentro la sección de "Infantiles". Busco la categoría M9, la que corresponde a los niños de ocho y nueve años, el cronograma respecto de las inscripciones cuando abrieron para las convocatorias y selecciones de chicos que armaron el programa. Ahí está.
“Entrenamientos: Sábados de 10:30 a 12:00 hs. Sede San Isidro.”
Me quedo mirando la pantalla, con el corazón galopando contra mis costillas. Mañana. Mañana a las diez y media de la mañana, Lauti va a estar ahí, en ese terreno hostil, rodeado de nenes que fueron criados para ser máquinas de guerra, bajo la mirada de entrenadores que probablemente consideren que el llanto es una señal de debilidad imperdonable.
—No vayas, Kaia. Por favor, no vayas—me susurro a mí misma, cerrando los ojos.
Sé lo que diría Paolo. Sé lo que diría mi madre. Dirían que es acoso, que es una locura, que estoy poniendo en riesgo mi carrera. Pero ellos no escucharon a Lauti preguntar si su padre lo iba a querer si jugaba bien. Ellos no vieron a Gael Ferraro devastado en el estacionamiento del hospital para después reconstruirse con piezas de odio y soberbia.
Decido que iré. No voy a entrar. No voy a hacer un escándalo. Solo voy a estar ahí, a la salida, oculta en el estacionamiento o detrás de algún árbol, solo para verlo. Necesito ver su cara. Necesito saber si está respirando, si sus hombros siguen hundidos o si el HyG ya empezó a devorarlo. Necesito saber que está vivo, porque desde que Gael me bloqueó y pidió el pase, siento que una parte de mi vocación se murió con ese trámite administrativo.
Me levanto y camino hacia la ventana. La noche de Buenos Aires es fría y húmeda. El otoño ya no es una estación hermosa; ahora es solo el preludio de un invierno que presiento eterno. Odio a Gael. Lo odio con una intensidad que me asusta, porque es un odio que nace de una decepción profunda. Me ofreció su amistad, me miró con una vulnerabilidad que me desarmó las defensas, y después me apuñaló por la espalda de la forma más cobarde posible: usando a su hijo como moneda de cambio para recuperar su ego herido.
Mañana a las doce… Es buena idea porque mi entrenamiento con mi grupo termina 11:30. Estaré ahí. Aunque me cueste la poca paz mental que me queda.
GAEL
El dolor en mi rodilla derecha es un recordatorio rítmico de que ya no tengo veinte años, pero el dolor en mi cabeza es mucho peor.
Estamos en el vestuario de la sede central, después del último entrenamiento fuerte antes del partido del domingo contra el SIC. El ambiente está cargado de un vapor espeso que huele a ungüento analgésico, sudor rancio y una tensión que se podría cortar con un bisturí. Nadie habla. El silencio entre nosotros es la única forma de protegernos de la presión que viene de arriba.
—¡Ferraro! ¡A mi oficina! —el grito de "El Toro" Benavídez, el head coach, retumba en las paredes de azulejos como un disparo.
Siento las miradas de mis compañeros sobre mi espalda. Compasión, alivio de que no sea a ellos, y esa pizca de envidia que nunca desaparece. Ser el capitán, ser el número uno, tiene un precio que nadie te cuenta cuando eres un juvenil con sueños de gloria. El precio es que eres el primero en ser sacrificado cuando las cosas no salen perfecto.
Entro a la oficina. Benavídez está sentado detrás de un escritorio lleno de carpetas y pantallas con análisis de jugadas. No me pide que me siente.
—¿Qué fue esa última serie de scrums, Gael? —pregunta, sin levantar la vista. Su voz es un gruñido bajo, peligroso—. Parecías una debutante. Te movieron dos metros. ¡Dos metros!
—El suelo estaba resbaladizo, Toro. La rodilla me dio un aviso y...
—¡Me importa un bledo tu rodilla! —explota, golpeando la mesa con el puño—. Eres el bendito Ferraro. Eres el póster del club. Eres el tipo que no siente dolor, ¿te acuerdas? O al menos eso es lo que le vendemos a los patrocinadores y a la prensa. Si el domingo no barremos la cancha con ellos, tu capitanía va a ser lo primero que vuele por el aire. Hay gente en la comisión directiva que dice que ya estás "ablandado". Que el tema de tu hijo te quitó el hambre.