Prohibido entrenar el corazón

Capítulo 22

GAEL

El motor de la camioneta ronronea en la calle silenciosa de este barrio de San Isidro que parece sacado de un catálogo de familias perfectas. Me duelen hasta los pensamientos. La concentración en el hotel ha sido un desfile de videos tácticos, recriminaciones del Toro Benavídez y una presión que se me ha instalado en la base del cráneo como un parásito. Mañana es el partido contra el SIC. Mañana tengo que ser el muro, el capitán, el hombre que no siente. Pero ahora, parado frente a la puerta de madera clara de la casa de los padres de Facundo, me siento extrañamente fuera de lugar, como si mi ropa de entrenamiento y mi cuerpo de cien kilos de músculo fueran un disfraz demasiado pesado.

Toco el timbre. El sonido es una melodía alegre, no el timbre seco y militar de mi casa. Espero, ajustándome la campera del club, tratando de recuperar esa postura de autoridad que parece habérseme escurrido un poco durante el día.

La puerta se abre y me recibe una ráfaga de aire caliente con olor a bizcochuelo recién horneado y a vida. No es el aroma aséptico de mi cocina. Es otra cosa.

—¡Gael! Qué puntual. Pasa, por favor, no te quedes ahí afuera que refrescó. —Sandra me sonríe con una naturalidad a la que no acostumbro en absoluto.

Entro con cautela, como si temiera romper algo. El living es un caos controlado de juguetes, libros y almohadones en el suelo. En el sofá, un hombre de mi edad, con el pelo revuelto y una expresión relajada, levanta la vista de una revista de autos.

—Gael, él es mi marido, Julián —presenta Sandra—. Julián, el papá de Lautaro.

Julián se levanta y me estrecha la mano con fuerza, pero sin esa competencia absurda que suelo encontrar en otros hombres cuando me reconocen.

—Un gusto, Ferraro. Los chicos están arriba terminando una partida de no sé qué juego de ninjas. Se llevan increíble, parece que se conocieran de toda la vida—dice Julián, y antes de que pueda responder, le pasa un brazo por los hombros a Sandra y le da un beso rápido en la sien.

Me quedo helado. Es un gesto mínimo, cotidiano, pero para mí es como ver una maniobra de otro planeta. Hay un afecto que fluye entre ellos, algo orgánico, sin esfuerzo. No hay jerarquías, no hay tensiones visibles. Es una casa donde la gente se toca, se quiere y no tiene miedo de mostrarlo. Es… inquietante. Y extrañamente envidiable.

—¡Papá! ¡Llegaste!

El grito viene de la escalera. Levanto la vista y me resulta tan extraño ver a mi hijo en este espacio. Lautaro baja los escalones de a dos, algo que siempre le prohíbo por seguridad, pero no lo regaño. No puedo. Su cara es otra. Tiene los ojos brillantes, el pelo despeinado y una sonrisa que le ocupa todo el rostro. Detrás de él viene Facundo, el nene de las pecas.

—¡Papá, tienes que ver el gol que hice en el FIFA! —exclama Lautaro, llegando a mi lado—. ¡Usé a Mbappé y le gané a Facu tres a dos! Bueno, él me ayudó un poco con los botones, pero el gol lo hice yo.

Lo miro, desconcertado. No me está hablando con ese tono de "sí, señor" o "entendido, papá". Me está hablando con entusiasmo. Me está contando una victoria que no tiene nada que ver con tacles ni con barro. Es… un niño. Un niño feliz.

Miro a Facundo. El nene se para al lado de mi hijo con una seguridad que me impresiona. Tiene luces, ese chico. No es solo que sea un genio inteligente sino que tiene una chispa, una capacidad de observación que se nota en cómo mira a Lautaro, como protegiéndolo, como si hubiera decidido que ellos dos son un equipo invencible de ahora en adelante. Es una buena noticia. Si Lautaro va a estar en el HyG, necesita un aliado con esa claridad.

—Facu es un crack, pá —dice Lautaro, dándole un empujoncito en el hombro al nene—. Me enseñó a hacer la "Fatality".

—Se dice "Fataliry", Lauti, no "Fatality”, está en inglés—lo corrige Facundo con una risita, y Lautaro se ríe con él.

Me quedo en silencio, observando esa dinámica. Lautaro está entusiasta. Está radiante. Siento una punzada de algo que no sé identificar: ¿es alivio o es la comprensión de que otros han logrado en una tarde lo que yo no he logrado en ocho años?

—Bueno, es hora de irnos, Lautaro —digo, tratando de recuperar mi voz de mando,

aunque suena un poco más suave de lo que pretendía—. Mañana es un día largo.

—Sí, papá.

Lautaro empieza a juntar sus cosas. Sandra y Julián se acercan para despedirnos. La calidez del ambiente me está empezando a afectar; siento que el frío de mi "concentración" se está derritiendo y no sé si estoy preparado para lo que hay debajo.

—Fue un placer tenerlo, Gael —dice Sandra—. De verdad. Lauti es un sol. Y… —se detiene un segundo, mirándome con una expresión indescifrable— tuvimos una sorpresa hoy a la salida del entrenamiento.

Me pongo tenso. Mis instintos de defensa se activan.

—¿Qué pasó? —pregunto, endureciendo la mandíbula.

—Nos cruzamos con la entrenadora del club antiguo de Lauti. Kaia, ¿verdad? Estaba ahí, a la salida. Se nota que lo quiere muchísimo al nene. Fue un encuentro muy lindo, Lauti se puso tan feliz de verla…

El nombre me golpea como un batazo en el plexo solar. Kaia. Estaba ahí. En mi territorio. En el HyG.

Debería estar furioso. Debería estar pensando en llamar a mi abogado para poner una restricción perimetral. Debería sentirme invadido, traicionado por su insistencia en meterse en nuestra vida después de que le cerré todas las puertas.

Pero no siento nada de eso.

Siento una chispa de alegría. Una esperanza irracional que me recorre la columna vertebral. El dato me gusta. Me gusta que no se haya rendido. Me gusta saber que estuvo ahí, que vio a Lautaro, que sigue orbitando cerca de nosotros a pesar de mi muro de hielo. Es una locura, es una debilidad inaceptable para un Ferraro, pero el corazón me late más rápido por una razón que no tiene nada que ver con el partido de mañana. Me sorprende lo mucho que me agrada saber que ella no nos borró de su mapa.



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En el texto hay: deporte, padre-hijo, love sport

Editado: 29.04.2026

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