Prohibido entrenar el corazón

Capítulo 23

KAIA

La noche de sábado cae sobre la ciudad con una indiferencia que me duele. El frío de abril se cuela por las rendijas de las ventanas, pero el verdadero hielo lo llevo por dentro. No puedo estar sola en mi departamento. Si me quedo mirando el techo una hora más, reviviendo el eco de la risa de Lauti y la mirada confundida de esa mujer confundiéndome con la esposa de Gael Ferraro, me voy a volver loca. (¿Tiene esposa?). Por eso busco refugio en el único lugar donde sé que no tengo que fingir: el departamento de Paolo.

Estoy hecha un ovillo en su sillón gastado, con una taza de té de tilo entre las manos que ya se enfrió y que no he probado. Paolo está sentado en el apoyabrazos, en silencio, simplemente estando ahí, pasándome la mano por la espalda con un ritmo lento y compasivo. Sabe que cuando me pongo así, las palabras sobran al principio.

Pero de repente, el dique se rompe.

Dejo la taza en la mesa ratona y me tapo la cara con las manos. Las lágrimas, que creía haber agotado en el auto en San Isidro, vuelven a brotar con una fuerza desesperada. Lloro con espasmos que me sacuden el pecho, hundiéndome en los brazos de mi mejor amigo. Él me rodea por completo, dejando que empape su remera, sosteniéndome mientras me desarmo.

—Fui una estúpida, Paolo —sollozo, con la voz ahogada contra su pecho—. Fui una ridícula. No tenía nada que hacer ahí. Nada.

—Tranquila, Kaia. Desahógate —me susurra él, sin juzgarme.

—Me involucré demás, Paolo. Crucé todos los límites profesionales. Fui hasta la puerta de ese club de élite como si fuera una especie de salvadora, convencida de que Lauti me necesitaba para respirar, para sobrevivir... ¿y sabes con qué me encontré? Estaba feliz. Estaba riéndose a carcajadas con un amiguito nuevo. Un nene de su edad que le hablaba sobre algo de jugar a la Play y yo jamás conseguí en el club, en mis entrenamientos que se hiciera un solo amigo. ¡No puedo evitar sentirme responsable!

Me separo un poco de él, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano, aunque es inútil porque no paran de caer. Me siento patética. Una intrusa emocional.

—Eso es algo bueno, Kaia —dice Paolo con suavidad—. Que Lauti tenga un amigo, que se ría... significa que está saliendo adelante.

—¡Lo sé! —exclamo, y mi propia voz me suena egoísta, horrible—. Sé que es bueno. Sé que debería estar saltando de alegría por él, por su autovalía, por ver que puede plantarse en ese mundo hostil y encontrar su propio camino. Pero en lugar de eso, Paolo... me sentí sobrando. Me sentí completamente inútil. Descubrí que el nene no me necesita para ser feliz. Que su vida sigue y fluye sin mí. Y darme cuenta de eso me dolió tanto, o era simplemente la idea de que no iba a verlo más.

Me abrazo a mis propias rodillas, encogiéndome en el sillón. La vergüenza me quema la sangre.

—Me equivoqué con él —continúo, mirando un punto fijo en la alfombra—. Quizás realmente le estaba haciendo mal. Quizás mi sobreprotección lo estaba asfixiando tanto como las exigencias de su padre. Yo creía que era su refugio, pero tal vez solo era un recordatorio de su debilidad. Ahora que no estoy, mírale: encontró un amigo, sonríe, pertenece. Yo era el problema. Fui yo la que proyectó sus propios traumas en ese nene.

Paolo se queda callado un momento. Me mira con fijeza, con esos ojos claros que me conocen desde que éramos adolescentes. Suspira hondo y se acomoda frente a mí en la mesa ratona, tomándome de las manos.

—Kaia, escúchame bien —su tono es serio, desprovisto de su habitual sarcasmo—. TU no le hiciste mal a ese nene. Le salvaste la cabeza en un momento donde su propio padre lo estaba ahogando. Pero tienes razón en algo: te involucraste a un nivel que no es normal para una entrenadora. Llevo diez años viéndote entrenar chicos, Kaia. Has tenido nenes con problemas graves, nenes que lloraban, nenes que no encajaban realmente... y a todos los ayudaste, pero a ninguno lo fuiste a buscar a la salida de otro club un sábado al mediodía. A ninguno lo abrazaste en un hospital como si te fuera la vida en ello.

Bajo la mirada. La verdad de sus palabras me golpea con dureza.

—¿Por qué con Lauti es diferente? —me pregunta Paolo, inclinando la cabeza—. ¿Qué es lo que realmente te pasa con ese nene, más allá de que sea el hijo de un rugbier famoso que te cae como una patada en el hígado?

Niego con la cabeza, sin saber qué responder.

—No lo sé —susurro—. Solo sentí que tenía que protegerlo.

Paolo me aprieta los dedos con suavidad y me suelta una verdad que me deja sin aliento:

—Kaia... ¿no te das cuenta? No es solo vocación lo que sentís. Tenés un deseo inmenso de ser madre. Toda esta situación con Lauti, el vacío que te dejó su ausencia, esa desesperación por cuidarlo... te despertó el instinto maternal a flor de piel. Lo que buscabas en Lauti no era solo un alumno al que guiar; buscabas un hijo al que amar.

Me quedo petrificada. Sus palabras flotan en el aire del departamento como una granada que acaba de explotar. Siento un vuelco en el estómago y un frío súbito me recorre la espalda.

¿Madre? ¿Yo?

Por un segundo, una imagen cruza mi mente con una claridad aterradora: yo despertando a un niño por la mañana, preparándole el desayuno, leyéndole un cuento antes de dormir, defendiéndolo del mundo entero con uñas y dientes.

Siento un dolor físico en el pecho, una punzada de anhelo tan profunda y antigua que me asusta. Paolo tiene razón. Toda esta locura, este vacío insoportable, estas ganas de llorar porque un nene de ocho años ya no me necesita... no es frustración profesional. Es el dolor de una maternidad frustrada, de un lazo que creí haber gestado en el alma y que se me cortó de raíz.

Pero la realización dura apenas un instante. El pánico se apodera de mí y me apresuro a levantar un muro de contención.

—No —digo de golpe, soltándome de su agarre y poniéndome de pie. Empiezo a caminar por el living de Paolo, frotándome los brazos—. No, Paolo. Estás diciendo cualquiera. Eso es una locura. Descártalo por completo.



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En el texto hay: deporte, padre-hijo, love sport

Editado: 01.05.2026

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