Promesas bajo la lluvia de Seúl

Capítulo 38: El Retorno de los Espectros a la Ciudad de Neón

El cielo sobre el Aeropuerto Internacional de Incheon no era el lienzo azul que Ji-hoon recordaba de sus días de gloria en el conservatorio, sino una bóveda de color plomo que parecía aplastar las torres de control bajo el peso de una tormenta que no terminaba de estallar. Al bajar del avión privado, el aire de Corea golpeó el rostro de Ji-hoon con una mezcla de humedad salina y el aroma metálico de la civilización hiperconectada; un escalofrío le recorrió la espina dorsal, no por el frío, sino por la vibración que sentía en las plantas de sus pies, un zumbido casi imperceptible que le indicaba que el mensaje de Lucian en Berlín no había sido un alarde de locura, sino una sentencia ejecutada. A su lado, Min-ah caminaba con la rigidez de una reina en el exilio que regresa a un reino infestado de peste, sosteniendo a los gemelos en un cochecito blindado que la Secretaria Kim empujaba con los ojos escaneando cada rincón, cada cámara de seguridad, cada rostro anónimo que los observaba tras las pantallas de cristal líquido de la terminal. Lo que descubrieron al entrar en el vestíbulo principal les heló la sangre más que el invierno alemán: no había gritos, no había prisa, solo una multitud de personas moviéndose con una cadencia perfecta, casi coreográfica, todos con auriculares inalámbricos de la marca Shin-Kang brillando con una luz violeta pulsante. Era la imagen de una humanidad procesada, una ciudad que había dejado de ser un caos de voluntades para convertirse en una orquesta dirigida por una batuta invisible, y mientras Ji-hoon observaba a un niño pequeño detenerse en seco para mirar hacia el techo al unísono con otros cien pasajeros, comprendió que el virus que habían expulsado de la sangre de sus hijos ahora flotaba en la atmósfera de Seúl como una niebla electromagnética.

La sorpresa alcanzó un clímax de angustia cuando, al intentar salir de la terminal, las pantallas gigantes que habitualmente mostraban publicidad de cosméticos y coches de lujo se tiñeron de un blanco aséptico para proyectar la figura de Lucian, sentado en el antiguo despacho del patriarca en el piso 101 de la Torre Lotte. El rostro de Lucian no mostraba la rabia del hombre derrotado en el aeropuerto de Schönefeld, sino la serenidad de un dios que ha encontrado el interruptor del destino; su mirada se clavó en la cámara con una intensidad que hizo que Ji-hoon sintiera que su marcapasos, ese corazón artificial reiniciado por el milagro biológico de su hijo, diera un vuelco violento. "Bienvenidos a casa, hermanos míos", dijo la voz de Lucian, resonando en cada rincón del aeropuerto con una nitidez quirúrgica, "habéis traído con vosotros la pieza que faltaba: el silencio que borrasteis en Berlín ha dejado el espacio perfecto para mi nueva frecuencia, el 'Acorde de la Sumisión', y ahora que el pueblo de Seúl ha aceptado el regalo de la armonía absoluta, no hay lugar para vuestras notas disonantes". En ese instante, la multitud que los rodeaba se detuvo y, con una sincronía que erizaba la piel, giraron sus cabezas hacia Ji-hoon y Min-ah, con las pupilas dilatadas y una ausencia total de brillo humano, mientras de sus labios empezaba a brotar un murmullo colectivo, una nota única y sostenida que vibraba en la misma frecuencia que el zumbido de la ciudad.

El drama se intensificó cuando la Secretaria Kim, demostrando por qué había sobrevivido a tres generaciones de tiranos, extrajo de su maletín un generador de ruido blanco del tamaño de una caja de cerillas y lo activó, creando una burbuja de interferencia que hizo que los pasajeros más cercanos tropezaran, rompiendo momentáneamente el trance. "¡Corred al garaje subterráneo!", gritó Kim, mientras extraía una pistola silenciada y cubría la retirada hacia los ascensores. Ji-hoon, sintiendo que sus piernas eran de plomo y que cada latido de su pecho era una batalla contra la corriente que intentaba arrastrarlo, tomó a uno de los bebés en brazos mientras Min-ah agarraba al otro, corriendo por los pasillos de mármol que ahora parecían las venas de un organismo hostil. Al llegar al nivel inferior, se encontraron con un vehículo que no esperaban: el viejo deportivo negro de Jin, el mismo que debería haber sido chatarra tras la explosión en el búnker de Songdo, pero que ahora brillaba bajo las luces fluorescentes con un mensaje pintado en el capó con pintura fluorescente: "La música nunca muere". Detrás del volante, con el rostro cubierto de cicatrices y un brazo mecánico que reemplazaba el que perdió en el nitrógeno líquido, estaba el espectro de Jin, con una mirada que mezclaba el dolor de los muertos con la furia de los que regresan para cobrar deudas.

"Sube, Ji-hoon, antes de que la frecuencia de Lucian bloquee la inyección de combustible de este motor", rugió Jin, y su voz, aunque filtrada por un sintetizador vocal, conservaba el calor del hermano que Ji-hoon creía haber perdido para siempre. El reencuentro fue un estallido de emoción cruda; Min-ah sollozó al tocar el hombro de metal de Jin, dándose cuenta de que la redención de su guardaespaldas era el único milagro genuino que les quedaba en una ciudad de simulacros. Mientras el deportivo salía del aeropuerto a una velocidad suicida, esquivando patrullas que se movían con una precisión matemática para interceptarlos, Jin les explicó que no todos en Seúl habían caído bajo el hechizo de la frecuencia violeta: en las alcantarillas, en los viejos conservatorios de madera y en las barriadas donde el neón no llegaba, un grupo de rebeldes conocidos como los "Sordos de la Verdad" estaban preparando una contraofensiva acústica basada en las grabaciones perdidas de la Lira que Jin había rescatado de las cenizas. La sorpresa final del capítulo ocurrió cuando llegaron a su escondite en el barrio de Ihwa, una casa tradicional rodeada de murales coloridos que ahora servía de búnker; allí, sobre una mesa de madera antigua, descansaba la partitura original de la Novena Sinfonía de la Lira, la que nunca fue grabada. Ji-hoon, al rozar el papel amarillento con sus dedos entumecidos, sintió que las notas no estaban escritas, sino grabadas con relieve para ser sentidas por los ciegos, y al unir los puntos con su tacto, comprendió el giro más cruel de su linaje: su madre no había diseñado Solyra para controlar a la gente, sino para buscar a un sucesor capaz de tocar la nota que destruiría a toda la familia Kang-Shin de una vez por todas.




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