¿quién eres? - Observación

Capítulo 16.

Lo que menos quiso en esas semanas Pitu fue en analizar su conversación con Santiago en ese asado, pero toda esa confesión angustiante la repasaba una y otra vez en su mente sin llegar a ningún lado en concreto, no sería extraño creerlo, ¿podría ser que ella lo estresa más de lo que pensaba considerando que al parecer es la única que opina en frente de todos?

 

Si bien bajo otras circunstancias de la vida, su opinión le traía más problemas que cualquier otra mala actitud frente a algo, se decidió que quizás debería aprovechar estos momentos de tranquilidad en el voluntariado, aunque eso significara no cruzar palabra alguna con él, y al parecer, Santiago también lo ha decidido así, porque no ha realizado lo ninguna charla.

 

Todo se vislumbra en su curso normal, el Fan Club llegaba a la misma hora acostumbrada, las niñas se alborotan al verlos, salvo que ahora ellos comenzaron a sentarse en la mesa donde estaban todos o como ahora estando Pitu sola en una mesa.

 

―Pensé que habían aclarado sus cosas ―comentó Facho quien observó como Pitu se fue hacia otro lado.

―No sé a qué cosas te refieres…

―Te recuerdo que ese día en el asado ―lo interrumpe, pero queda sentado solo―, ¿en serio?, ¿ahora es su idea de dejarme solo a mí?

 

Santiago se ha sentido confundido, sobre todo al recordar su conversación con Pitu, pues jamás en su vida había conversado tan abiertamente con alguien, ¿qué estaba pasando con él?, se supone que, si sospecha de ella, no debería entregar aquella información.

 

Por lo que ahora era Facho quien parece estar analizándola en todo momento y comentar con Santiago quien no todas las veces está dispuesto a escucharlo, pero las veces que lo está lo hacen con tan poco disimulo que era bien notorio al menos para Pitu quien los observa desde lejos.

 

―Los cuadrados tejidos son de 10 por 10, ¿cierto? ―preguntó Consu despertando de sus pensamientos a Pitu.

―Sí, ¿los estás tejiendo?

―Sí, acá hay muchas niñas que se animaron y quedamos en que cuando vengas al voluntariado te los pasaremos.

―¡Genial!, mi amiga se pondrá feliz, muchas gracias.

―Gracias a ti, además ¿te conté que a Teo le entraron ganas de aprender a tejer?, lo sorprendí con la señora que está siempre en la puerta enseñándole.

―¿Es broma?

―No, lleva un cuadrado y se siente ya un experto ―lanzó una carcajada al recordarlo.

 

Lo primero que hizo Pitu fue enviar un mensaje a Romi, avisando que próximamente tendría más cuadrados tejidos, porque en el voluntariado muchas personas se habían animado.

 

 

A comienzo de la semana siguiente, a Pitu le cambiaron el horario de su clase electiva, por lo que muy temprano por la mañana se tuvo que hacer la idea de viajar en metro hasta su universidad en la hora de mayor congestión. Y ya cuando estaba en el andén se encontró con Santiago, estaba segura de que era él por su mirada de halcón sorprendido que la mantuvo hasta que subieron al mismo vagón a solo algunos pasos de distancia.

 

Ella trató de ignorarlo y casi lo logró por dos estaciones, porque a la siguiente parada se subió tanta gente que, entre vuelta y vuelta, quedaron uno al lado del otro, queriendo Pitu bajarse pronto, daba lo mismo si tenía que tomar el siguiente tren del metro, pero en cada parada se subía más gente lo que imposibilitaba la idea.

 

Cuando el tren comenzó nuevamente a avanzar e iba en medio de un túnel, Pitu sintió un desagradable agarrón en su trasero.

 

―¡Hip! ―exclamó de sobresalto y él la miró de reojo.

 

Se desesperó por las circunstancias, y con su mirada tratóde buscar al degenerado, pero no advirtió nada que le hiciera pensar que era alguien en concreto, por lo que cuando volvió su vista al frente, su cuerpo se tensó al sentir otro agarrón.

 

Quiso moverse en el poco espacio que tenía y chocó con Santiago quien la miró extrañado, pero no le dijo nada. Comenzó a sentirse que le faltaba el aire, acalorada, sintiéndose vulnerable e indefensa, alterada, nerviosa por no saber cómo reaccionar porque el asunto la había sorprendido, tampoco sabía cómo hacer para que Santiago la ayudara, se estaba desesperando por la culpa de un degenerado, por lo que ya al tercer agarrón, ella solo decidió clavarle sus uñas en la mano que aún sostenía su nalga, y la dejó durante el recorrido a la siguiente estación.

 

El vagón del tren frenó bruscamente y se vio sujeta por el brazo de Santiago impidiendo que se cayera.

 

―Deberías afirmarte con las dos manos, sino…

―No puedo.

―Y eso, ¿por qué? ―preguntó él tensando su quijada al notarla agobiada.




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