Cuentos Cortos

El Despertar De La Arboleda Del Alba

En lo más profundo de la antigua Arboleda del Alba, donde los primeros rayos de sol rozan el rocío, vivía Briana: un hada tierna, tímida, inclinada a la prudencia más que a la celebración. Sus alas, a diferencia de las vibrantes de sus compañeras, poseían una delicadeza y transparencia ideal, casi invisibles a plena luz, como estructuras de hielo tejidas con polvo de astros errantes. Era diferente, y a menudo invisible; por eso prefería la compañía de las sombras solitarias antes que la de los demás. Una mañana, el bosque zumbó con un murmullo extraño, la Gran Arboleda estaba perdiendo su luz. Un malestar silencioso marchitaba las flores y oscurecía el follaje. Las hadas mayores se retiraron a consultar a los longevos, y Briana, sintiendo el peso de la tristeza del bosque, se refugió en su rincón secreto: un pequeño claro donde el mundo parecía respirar despacio. Se sentó sobre un montículo de musgo suave y húmedo, rodeada por una muralla de helechos. Sus dedos, gráciles, nerviosos, y un poco torpes, descansaban sobre sus muslos mientras observaba el suelo. Una corona de margaritas silvestres reposaba sobre su cabello dorado y ondulado, que era tan frágil como el cristal de sus alas. Entonces ocurrió. Una mariposa blanco plateado emergió de la espesura, posándose sobre una hoja cercana, batió sus alas que no solo eran blancuzcas, poseían la textura de una escarcha delicada. Instantes después, desde la grieta de un árbol antiguo, surgió otra. Azul índigo, profunda, aterciopelada, como el cielo antes del amanecer. Lo asombroso de aquel panorama, la luz que emanaban de ellas: un resplandor ámbar, cálido, que pulsaba con un ritmo sereno. Ambas criaturas danzaron. Blanco y azul. Fragilidad y profundidad. Sus alas rozándose en un baile, derramaba luz sobre el claro, el ámbar tocó las hojas, volviéndolas doradas y el musgo brilló con un verde vivo. En el pecho de Briana nació algo nuevo. No era tristeza, era asombro. Comprendió entonces que el bosque no estaba muriendo estaba cambiando en una transición, un umbral, en un nuevo tipo de luz que podía nacer de la unión de lo opuesto: la delicadeza y la intensidad. Sus alas no eran un defecto, si necesarias para la armonía del hábitat en el que vivía. Con cuidado extendió la mano, no para atraparlas, sino para pertenecer, para formar parte del instante. La luz del amanecer filtró entre las hojas, dibujando destellos sobre su vestido lavanda. Briana sonrió, por primera vez, no necesitó ser vista por otros, se percibió a sí misma y en ese reconocimiento, el bosque a su alrededor, pareció suspirar en alivio. Como si observara que una de sus criaturas, al fin, había interpretado su lugar en la delicada mesura del alba.




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