Resplandor entre Tinieblas

Capítulo 86. Gorrión Blanco

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 86.
Gorrión Blanco

—¡Disparen! —Gritó Frankie rápidamente en cuanto logró recuperarse, y todos los soldados alzaron sus armas, apuntando en dirección a la chica en la camilla.

«¡Oh mi Dios!» pensó Lisa horrorizada, y rápidamente se tiró al suelo pecho a tierra, cubriéndose su cabeza con ambas manos.

Gorrión Blanco volteó a verlos de reojo, un instante antes de que todos comenzaran a dispararle. No se escucharon como tal detonaciones, y de los cañones de las armas no salieron balas, sino dardos, todos ellos cargados con suficiente de la droga ASP-55, un potente sedante de efecto rápido especialmente diseñado para UP’s. Sin embargo, ninguno dio en su blanco. Los soldados y los demás espectadores miraron atónitos como cada uno de los dardos se detenía abruptamente en el aire a unos centímetros de la chica, y ahí se quedaban suspendidos como si el tiempo se hubiera detenido. Ella sencillamente los miraba atentamente, en silencio, aun respirando con agitación. Un instante después, los dardos cayeron por sí solos al suelo.

Gorrión Blanco alzó abruptamente sus manos y luego las dejó caer hacia los lados. Todos los aparados e instrumentos que la rodeaban volaron en todas direcciones como lo habían hecho los enfermeros antes, dirigiéndose como proyectiles hacia los soldados. Estos intentaron rápidamente esquivarlos, pero al menos tres de ellos fueron golpeados con fuerza, cayendo al suelo adoloridos, y uno de ellos inconsciente.

Entre las cosas que habían volado se había ido también el porta sueros, que inevitablemente terminó arrancándole la intravenosa del brazo. Gorrión Blanco gritó de dolor, sujetándose su brazo, y cayendo al suelo sobre su costado derecho, golpeándose fuertemente. Miró de reojo a cinco soldados que se le aproximaban por un costado aprovechando que estaba en el suelo, pero rápidamente la camilla salió disparada en su dirección, golpeando a cuatro de ellos y aplastándolos contra la pared.

Una de las enfermeras se levantó a duras penas, adolorida y sangrando por el golpe, e intentó correr hacia la puerta para huir. Pero su cuerpo se elevó de pronto antes de pudiera hacerlo, y fue jalada hacia un lado, siendo usada como un proyectil contra los soldados que intentaban volver a dispararle.

En un segundo todo aquello se volvió una completa locura. Los cuerpos de las personas y los aparatos volaban por los aires, golpeándolos para mantenerlos lejos de la chica recién resucitada. Incluso en algún momento una de las lámparas del techo se desprendió, cayendo y aplastando a un soldado. Algunos de ellos habían optado por dejar ya de lado los dardos, y comenzaron sin más a disparar. La balas eran desviadas en el aire, algunas de ellas incluso dándole a otros de sus compañeros.

Era una absoluta pesadilla.

Frankie se las había arreglado para mantenerse a salvo de los proyectiles, humanos y de objetos. Se tiró al suelo y se arrastró, hasta colocarse detrás de la chica, que ya estaba de pie tambaleante, con su brazo sangrándole. Si se le acercaba por detrás podría tener una oportunidad. Pero tenía que tomar una decisión rápida: dispararle o tomar una de las inyecciones que tenía en su cinturón con la droga e intentar inyectarla. Su cuerpo entero le gritaba que le disparara y terminara todo aquello de una maldita vez… pero no lo hizo.

El sargento guardó su pistola, sacó la inyección de su cinturón, se puso de pie rápidamente y corrió en dirección hacia ella, sujetando la jeringa en alto como una daga. Pero antes de poder alcanzarla, Gorrión Blanco se giró abruptamente. Y en cuanto sus fríos ojos se posaron en él, su cuerpo se detuvo como si hubiera chocado con un muro invisible, y un parpadeo después se elevó en el aire a gran velocidad, hasta chocar con fuerza contra con el techo de vidrio. Su cabeza y espalda se estrellaron tan fuerte que Russel y los demás arriba vieron como el vidrio se cuarteaba, dejando un rastro de su sangre en éste. Justo después se desplomó abruptamente de regreso al piso, chocando contra éste y ahí quedándose tirado e inmóvil.

—Santo Dios —fue lo único que McCarthy había podido exclamar al ver tal masacre. En el tiempo que llevaba en el DIC nunca había visto algo así; y esa chica hasta hace unos minutos había estado en coma por cuatro años. ¿Era acaso eso un efecto del Lote Diez?

Pero no podía dejar que aquello mitigara su razonamiento. Necesitaba recuperarse y reaccionar antes de que fuera tarde. Por ello rápidamente se giró a uno de los soldados que los acompañaban y gritó con fuerza:

—¡Sellen la sala!

El soldado asintió, y se dirigió a un panel de emergencia en la pared.

—¿Sellarla? —Exclamó Russel, escandalizado—. ¿Los encerrará ahí con ella?

—Debemos contenerla aquí mismo y solicitar refuerzos, antes de que cause más daño —indicó McCarthy con severidad.

—Los condenará a muerte si hace eso.

Ambos se viraron entonces hacia Lucas, en busca de su confirmación. El director miraba en silencio hacia abajo, donde el combate aún se libraba, a través del vidrio cuarteado y manchado de sangre. Se viró entonces sólo un poco hacia McCarthy y asintió lentamente.

—Proceda, capitán —le indicó con seriedad.




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