Rosa pastel

8. Guerra de parejas

Algunos problemas surgieron con mi hija mayor en cuanto traté de explicarle que su padre y yo no estaríamos juntos otra vez; a pesar de que Kelly insistió en que debía contarle sobre la nueva relación que Juan mantenía con Michelle, su nueva novia, me negué, pues no era yo quien debía asumir aquella carga, sino su padre.

Aunque traté de mantener la cabeza fría, mi mundo entró en caos para el fin de semana, cuando Juan me llamó con mucha amabilidad, solicitándome una reunión familiar.
¡Floté entre nubes! Pues crean o no, aún tenía un fuerte cariño por él y me impacienté por que ese día llegara. 

Pobre mujer inocente.

Preparé a mi hija para aquel día, para que borrara la mueca triste con la que siempre despertaba y estuviera feliz por que iba a ver a su padre después de largas semanas de incertidumbre y miedo. 

Acomodé a Abril en el taxi que nos llevaría hasta el restaurante de pizzas en que Juan y yo habíamos acordado reunirnos, y le sonreí a Violeta para tratar de mantenerla más tranquila. 

El viaje resultó relativamente largo y es que estaba tan nerviosa e impaciente que cada vuelta que el taxista hacia me enloquecía, pues moría por ver a mi marido, quien me había entregado alguna que otra ilusión por el teléfono.

Quise esconderme o enterrarme viva cuando llegamos a la pizzeria y por los amplios ventanales vi a mi marido, quien estaba acompañado por su novia perfecta y embarazada. Sentí lástima de entrar allí con mi hija, quien esperaba a su padre y no a una pareja que simulaba ser perfecta. 
De seguro la pobre no lo iba a comprender y su corazón se iba a hacer añicos cuando viera la verdad, cuando viera que sus padres ya no estaban juntos. 
—¿Quién es la niña? —preguntó Abril refiriéndose a Michelle, la novia de Juan, su madrastra y la chica que cargaba a su nueva hermanastra. 

¡Que lio, por Dios! ¿Cómo le explicas eso a una niña que apenas entiende el mundo?

—Una amiga de papá —confesé y mentí en una simple oración, acorde traté de avanzar, pero el temor me tenía estancada, de pie frente a la puerta de cristal que llevaba al interior de aquella pizzería infantil.

—Mamá, ¿a qué estas esperando? —insistió Abril y casi al borde de perder la cordura y gritar como una desquiciada, recordé a Dan—. Mamá...

Dan podía ser mi salvación. Tneía mucho miedo y seguía sintiéndome cobarde como para enfrentar a Juan y además a Michelle. 

—No espero a nada, solo debo enviar algo —especifiqué, cogiendo con rapidez mi antiguo móvil, todo con la intención de escribirle a Dan y de rogar por su ayuda.

Desde aquella extraña cita, él y yo habíamos mantenido una charla constante: por teléfono, vía mensajes de texto y alguno que otro correo electrónico. Era el método para escapar de nuestros mundos y comunicarnos sin miedos. 

Él se había encargado de relatarme parte de su pasado y yo, yo había hecho lo que él me había pedido, oírlo sin juzgarlo.

"S.O.S – mi marido me pidió que nos reuniremos como una familia, pero ha traído a su novia perfecta y estoy atrapada en una pizzería con mis hijas" —escribí y envié velozmente. 

Rogué que Dan respondiera, pero aunque esperé por varios minutos, nada ocurrió y me rendí al recordar que Dan era un hombre muy ocupado y si no estaba en una sesión fotográfica, tal vez estaba filmando su próxima teleserie, comercial, etc. Tal vez estaba en otra ciudad, de gira o de vacaciones, tal vez huía de mí, de lo extraña que a veces resultaba, pues Kelly estaba segura de que era la primera mujer que lo había rechazado y que además había dicho cabezas de pescado que ningún hombre moderno quería escuchar. 

Me toqué la cabeza con las dos manos y me despejé un poco de los miedos que sentía. Ya era muy tarde para dar media vuelta, pues, además, Abril estaba ansiosa por entrar y si bien se estaba manteniendo tranquila y respetando mis decisiones, a la vez estaba impaciente por reencontrarse con su padre y aclarar todas esas dudas que tenía. 
No podía defraudar a mi hija por ser una cobarde natural, tenía que sacar el pecho por ella y tragarme toda la amargura para darle en el gusto.

Siempre había escuchado a muchas madres decir que sacrificaban mucho por sus hijos y recién empezaba a ver con claridad esa verdad, esas palabras que me identificaban y que al parecer tenía grabada en la piel.

Madre sacrificada, sufrida, maltratada, humillada, golpeada y usada. 

El pecho me dolió cuando entendí que lo único que me hacía feliz cuando estaba con mi familia eran mis hijas y que Juan no aportaba ni pizca de dulzura a ese amor acaramelado que yo le entregaba a mis pequeñas, él solo era el adorno bonito que yo le presentaba al mundo, el que representaba a una familia que supuestamente era feliz, pero que, si se miraba por debajo, era completamente falsa. 

Gruñí rabiosa al ver lo tonta que había sido y por tantos años cuando en el fondo sabía bien que me habría ido excelente como una madre soltera, esa madre luchona que se gana el respeto de todos, pero en vez de eso y gracias a mi cobardía, había elegido ser el llavero de alguien más.



Caro Yimes

Editado: 24.04.2019

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