Ruidos en la noche

Quinta Noche


Thomas

Sentía frío, demasiado. Temblaba y mis dientes castañeaban, además, me retorcía en mi cama. Abrí mis ojos, descubriendo que estaba de vuelta en mi habitación, simplemente no recordaba cómo había llegado allí. Mis ojos se cerraron de nuevo y un dolor me atravesó todo el cuerpo, gemí en sufrimiento y sentí una mano en mi frente. Había alguien más ahí, conmigo.

—Creo que tiene fiebre —dijo Mariela.

Extraño, no tenía calor, ¿acaso se podía tener fiebre y sentir frío a la vez?, tal vez. Nunca antes la había tenido, no creí que fuera así como se sintiera.

—Ya, encontre el termómetro —mi madre entró en la habitación, su voz se escuchaba un poco temblorosa y mi mente se esfumó. —Dios, esta bastante alta, mi pobre niño —me sentía nadando contra corriente.

—Debemos ir a trabajar —anunció Mariela.

—Vayan, yo le pondré toallas húmedas en la frente —ahora Nadia también estaba en la habitación. –Señora Holland, prepararé algo de comer a Thomas, Mariela le ayudará con el desayuno —su voz era amable.

—Yo... —mi madre no quería dejarme. —Gracias, Nadia. Subiré dentro de poco —caí de nuevo en la oscuridad.

El bosque me perseguía o yo lo hacía, no estaba seguro, pero lo cierto es que no encontraba salida. Y de nuevo, estaba esa mujer, ella buscaba algo, gritaba. Al principio creí que me llamaba, pero ella decía otro nombre. No lograba entenderlo. Para colmo, empezó a llover y el sonido de las gotas al caer escondió todo rastro de su voz, la tierra se humedeció y se volvió un barro pantanoso. Me caí a los pies de la mujer, levanté la mirada y entonces me pregunto algo... ¿qué me preguntó?

—Thomas —abrí mis ojos encontrando a mi madre a mi lado, sentada en el borde de la cama. —Te traje algo de comer —asentí y trate de sentarme, pero ella tuvo que ayudarme.

—Gracias —dije, mirando la sopa.

Nunca fui un fan de las sopas, pero estaba hambriento. Según el reloj eran las once de la mañana. Necesitaba comer algo, lo que fuera y lo más pronto posible. No pude más que resignarme y tomar mi sopa de pollo.

—Esto es mi culpa —dijo mi madre de repente y sabía a qué se refería. —No cerré la puerta.

—No es tu culpa —traté de consolarla.

—Thommy —la mire fijamente a los ojos, no me llamaba así desde que era un niño. —¿Qué pasó anoche después de que...?

—Corrí y me caí por las escaleras —dije rápidamente y entonces me concentré en mi sopa. —Creo que el frío me enfermo, además también estaba muy cansado, fui víctima de una mala noche, eso es todo... —continúe tomando mi sopa.

—Esta bien, dejaremos así el tema, no volveremos a nombrarlo, pero... apenas tengamos el dinero suficiente... —tomo mi mano con fuerza. —Nos marchamos —anunció.

No dije nada, simplemente termine mi sopa, empezando a sentirme un poco mejor, recordando con más claridad la noche anterior. La casa estaba maldita, eso era seguro. Un espíritu rondaba entre sus paredes, me quedaba más que claro. Pero, ¿por qué?

—Mamá, voy a tomar una siesta. —Empecé a acomodarme de nuevo en la cama. —Puedes volver a trabajar, no te preocupes, ya me siento mucho mejor —trate de convencerla.

—Muy bien, hijo. Pero voy a estar revisandote —por supuesto que lo haría.

—Lo sé —le dije sonriendo y eso la calmó.

Se fue minutos después y yo solamente podía pensar en el gran interrogante, necesitaba encontrar a Katherine, necesitaba respuestas, ya que de ningún modo pasaría otra noche en esa casa sin saber a qué me enfrentaba. Y sin embargo, mis ojos se cerraron sin mi permiso y cuando los abrí de nuevo la luz del día empezaba a volverse tenue.

—Despertaste —moví mi cabeza a un lado, no muy seguro de si ver a Mariela al despertar fuera una buena cosa. —Eres un idiota, lo sabes. Nos has puesto a todos en peligro, has terminado con la tranquilidad que por tanto tiempo se logró establecer.

La mire confundido, mientras ella quería cortarme en pedazos nada más con sus ojos.

—Dime, ¿exactamente a quién viste anoche? —Hubo algo en su mirada cuando pregunto.

—¿Tu también has visto cosas? —pregunté.

—Puede ser —esquivó mi mirada. —Cuando llegue... —la observé con suma atención, alentandola a continuar. —Una noche olvide algo en la cocina, bajé corriendo por ello y entonces vi a una mujer tomando té allí, tenía uno de esos vestidos antiguos que usaban las criadas hace mucho.

—¿Qué ocurrió después de eso? —la insté a continuar.

—Ella me hablo, me pregunto sobre mi día, si la cocina era muy grande, era como tener una conversación con otro compañero de trabajo que llevaba más tiempo que tu en el lugar —hizo una pausa. —Entonces se levantó y me entrego lo que buscaba, estaba agradecida, pero al ver sus ojos... en realidad, no tenía ojos, eran dos cuencas vacías —se estremeció. —Corrí a mi habitación y no importa cuanto me alejé, ella reía y su risa se escuchaba por toda la casa, cerca de ti, como si no pudieras escapar de ella.



Wanda Quiceno

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En el texto hay: fantasmas, amor dolor y muerte, horror

Editado: 03.05.2018

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