Ruidos en la noche

Epílogo

Me bajé en la estación de trenes como lo hice cinco años atrás con la expectativa de a dónde me llevaría aquel viaje. Aunque, esta vez mi madre había decidido no acompañarme. Y de nuevo, contemple el bello paisaje del pueblo, que se veía más grande que entonces. La única diferencia, era el equipaje. Solamente tenía una maleta a mis espaldas, con poco más que un libro, un cambió de ropa y mis documentos. Me adentre en el pueblo con paso pausado, mientras miraba los alrededores, hasta dar con una floristería.

Nadie me conocía, y si algunos vez me vieron, no me recordaron. Pero, nada de eso importaba. Solamente tenía un objetivo en aquel viaje. Una corta visita y un rápido retorno.

No vivía muy lejos de allí, me había mudado poco después del incendio y desde aquel día, no había puesto un solo pie en aquellas tierras. Las tierras Collingwood. Escuche que de nuevo habían cambiado de dueño y aquel, se esforzó mucho en restaurar la casa.

Fui al cementerio y no lo reconocí, se veía mucho mejor, menos abandonado. Y a un lado, igual que entonces estaba el gran mausoleo Collingwood, ya no tan lúgubre como en el pasado.   

—Disculpe —una mujer llamó mi atención y me volví a ella. —El señor Roberts me dijo que se encontraba en el pueblo… Espero no molestarlo, pero deseo hacerle unas preguntas —la mire con más atención y por un momento creí ver a Katherine, pero no era ella. Además, me sorprendió que el encargado del cementerio me hubiera visto y se hubiera acordado de mi. Ya no lucía como antes, estaba un poco más alto y los años me habían brindado más madurez.

La chica tenía el cabello color chocolate al igual que sus ojos y además era un poco más alta. Sin embargo tenía aquellos rasgos familiares que podían confundir a cualquiera o por lo menos a mi.

—Perdón, no sé qué pasa con mis modales —, se disculpó. —Me llamo Alice Daniels, soy la dueña actual de las tierras Collingwood… Dato curiosos, mi madre fue la última Collingwood —se presentó con una sonrisa.

—Vaya, no sabía que aún quedaban Collingwood —comenté y pensé que eso explicaba su gran parecido con mi chica de cabellos dorados.

—Y tu eres Thomas Holland, trabajaste en esta propiedad junto a tu madre hace cinco años… Quería conocerte y preguntarte sobre el lugar. No sé si lo has escuchado, pero lo estoy remodelando y planeo convertirlo en un hotel —explicó y asentí en comprensión.

—¿Y qué deseas preguntar?

—Sobre la casa, todo se perdió en el incendio excepto algunos cuadros y…

—Este bien, te lo contaré todo pero es una larga historia —dije.

—Tengo tiempo —sonrió emocionada y una parte de mi supo en ese momento que no todo había acabado para mi en ese lugar, era momento de volver a empezar de nuevo.

Deje las flores en el mausoleo y me marché con Alice, listo para contarle la historia de una familia rota y una chica inocente que no pudo escapar de la tragedia. Pero ahora estaba en paz y eso era lo que importaba.



Wanda Quiceno

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En el texto hay: fantasmas, amor dolor y muerte, horror

Editado: 03.05.2018

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