Sanando Heridas

Capítulo 25

Tomé la mano de Kim y la llevé hacia el pequeño parque detrás del lugar de la exposición. La acerqué a mí y le di un suave beso junto con aquellas palabras.

—Te amo, conejita—ella se sonrojó y se acurrucó en mi pecho.

—No lo digas sino estás listo.

—¿En serio dudas?

—No—sonreí.

—Yo tampoco—la aparté para poder mirarla a los ojos—. Lo siento, bebé. Sé que me comporté como un tonto y me dejé llevar por los tontos celos; pero perderte no es una opción para mí nena. Tú significas tanto en mi vida. Has estado ahí durante este largo proceso, que aún no acaba. Y tú sigues ahí animándome, siendo mi compañera, mi mejor amiga, mi cómplice. Eres perfecta y no puedes culparme por tener miedo de que algún chico de sonrisa colinos, infancia feliz y con un buen porvenir intente enamorarte. Te amo y no quiero perderte. Lo eres todo, todo.

—Tú también lo eres todo para mí. No tengo dudas respecto a lo que siento por ti, nunca las tuve. No soy de esas chicas inmaduras que no reconocen sus sentimientos. Lo supe en cuanto te vi. Me encanta como eres, amo como eres cuando estás conmigo; también eres mi compañero, mi cómplice, mi mejor amigo y no quiero perderte. Y tú eres un chico con un buen porvenir; el que no hayas tenido una infancia feliz no te hace menos que nadie. Este año has progresado muchísimo en muchos aspectos de tu vida. Eres alguien especial, no lo dudes; y cualquier chica estaría feliz de estar contigo. Pero qué pena con ellas porque yo ya te conseguí.

—Eres única.

—Tú igual—uní nuestras manos y empezamos a caminar por el parque.

—He estado pensando en lo que dijo Darío.

—¿El artista divo? Pero si no ha pasado ni una hora y ya estás pensando en lo que dijo ¿Quieres vender el cuadro? Es tuyo…bueno…tu decisión. Si quieres…

—No sobre eso. No voy a vender ese cuadro, jamás. Me refería a lo que dijo sobre tu talento. Podrías estudiar en Bellas Artes—fruncí el ceño. No había pensado en lo que haría al terminar el año. Mi madre había estado deslizando la posibilidad de ir a la universidad, pero no me llamaba mucho la atención. El dibujo, la pintura y los instrumentos musicales eran otra cosa. En mi vida me había imaginado que sería un artista. Mi psicólogo me había recomendado tomar un test vocacional pero aún no lo había hecho. Hablaría con él la próxima sesión.

—¿Tú crees? No lo había pensado. Al parecer mi madre quiere que vaya a la universidad, pero no le veo mucha gracia.

—En Bellas Artes también se aprende a tocar instrumentos y eso también se te da bien ¿Te parece si vas mañana a mi casa y averiguamos?

—Creo que está bien.

Cuando nos despedimos con la promesa de vernos al día siguiente el bichito sobre Bellas Artes estaba ahí. Así que ni bien llegué a casa me encerré en mi cuarto y busqué información sobre el lugar. Todas las referencias eran bastante buenas y lo mejor de todo era que podía perfeccionar mis técnicas y estaba a unas cuadras de la universidad de Kim. Sintiéndome dichoso, me uní a mi madre para cenar.

—Esa sonrisa no va a salir de tu cara, ¿verdad?

—No en mucho tiempo.

—Sé que una parte se debe a lo de Kim, pero siento que hay algo más…

—No vas desencaminada—decidí contarle la verdad—. Verás, Kim me dijo que pensara en el discurso que soltó el artista ese.

—Parecía muy importante.

—Según Wikipedia lo es. En fin, la cosa es que talvez ya tenga una carrera en mente.

—¿En serio? –mi madre estaba radiante de felicidad.

—Sí, ¿te importaría si me convierto en pintor? –el tenedor de mi madre cayó sobre el plato, se levantó de golpe de la silla y me envolvió entre sus brazos. Le devolví el abrazo y me permití sentir su calor.

Era difícil que dejara que mi madre me abrazara. Si bien es cierto habíamos avanzado mucho en la comunicación y la confianza, las muestras de afecto aun eran raras para mí. En ese momento no me importó, dejé que mi madre me envolviera con su amor y me permití derramar las lágrimas que contenía. Ella hizo lo mismo. Habíamos traspasado todas las barreras, por fin reconocía a mi madre, por fin me sentía en casa.

—Oh cariño, eso es maravilloso. Estoy tan orgullosa de ti, tan orgullosa—me apartó un poco solo para desperdigar besos por mi rostro—. Te amo mucho Max, mucho. Oh mi niño…mi niño. Eres tan maravilloso. Perdóname mi cielo, perdóname por todo.



Nat Castañeda

Editado: 06.09.2019

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