Sanando Heridas

Epílogo

Actualidad, una tarde de verano en la antigua casa de Max.

Y aquí estaba yo esperando por Kim para llevarla a ver a sus padres. Habíamos volado de Canadá para pasar fiestas con nuestras familias. Tino estaba por llegar. Lucas y Antonia llegarían mañana. Monique volvería después de fiestas. Henry y Renata ya estaban en la casa de mis suegros y nos dirigíamos hacia allá para saludar.

—Conejita, ¿cuánto más voy a esperarte? Me hago viejo—me quejé mientras la veía cerrar la puerta de mi antigua casa.

—Bueno, ciertamente no te harás más joven, quejiche.

—Nena, solo me apetece meterme en la cama contigo. Desnudos. Te necesito—me apreté mimoso contra su pequeño cuerpo oliendo su rico perfume.

—Estuvimos juntos antes de venir aquí.

—Hace horas, muchas horas. Pero el día de hoy no—pasé la punta de mi nariz por el largo de su cuello haciéndola estremecer.

—Conejito. Te amo—susurró en mi oído, pasando sus dedos entre mi cabello.

—Y así de fácil me tienes en el bolsillo—salí de mi escondite en su cuello y entrelacé nuestros dedos—. Bien, vamos. Pero que conste que cuando regresemos serás toda mía, durante toda la noche.

—Tu madre va a escucharnos.

—Te llevaré a un hotel—dije mientras pasaba mi lengua por su cuello y tiraba del lóbulo de su oreja. Ella soltó un pequeño jadeo, la atraje más hacia mí y la devoré a besos—. Me vuelves loco.

—Y yo estoy loca por ti. Necesito decirte algo.

—¿Qué es? –pregunté sin dejar mi tentadora exploración.

—Ya para, alguien nos puede ver.

—Entremos—sugerí.

—No. Prometiste llevarme a ver a mis padres conejito—bufé.

—Bien, vamos. Espera, ¿qué es lo que ibas a decirme?

—Después. Puede esperar.

Cuando llegamos a su casa fuimos recibidos con alegría y mucho amor como era de costumbre. Rápidamente las chicas fueron hacia la cocina y nosotros nos quedamos en la sala. No me perdí la mirada engreída que Henry le mandó a Renata.

—¿Las cosas van bien? –pregunté curioso.

—Excelente. Vamos a dar el paso.

—¿Cómo? –preguntó su papá.

—Ren y yo vamos a casarnos—soltó como si se tratara del clima. Yo abrí los ojos en sorpresa. Ellos habían tardado mucho en decidir estar juntos, pero al parecer no querían perder más tiempo.

—¿Pronto?

—Supongo. Quiero que mi hijo nazca dentro del matrimonio—escupí el trago de limonada que acababa de tomar. Mientras que el padre de Henry dejo caer su vaso con sobre la alfombra. Eso sí que no me lo esperaba.

—¿Qué acabas de decir? –Henry no podía dejar de sonreír.

—Ren está embarazada, de 6 semanas. Es algo pronto, pero queríamos decírselo. Estamos muy ilusionados.

—Ven acá, muchacho. Lo has hecho bien, muy bien. Tu madre va a estar loca de alegría.

—Gracias papá.

—Bien hecho amigo. Esperemos no salga tan terco o terca como sus padres.

—Gracias hombre. Debes ser el próximo. Ren y Kim tienen la loca idea de tener hijos casi al mismo tiempo.

—Estoy dejándolo todo al tiempo. Kim y yo estamos preparados, pero no quiero presionarla.

Después de aquella plática nos sentamos todos a la mesa y las noticias se hicieron oficiales. La madre de Kim lloró a lagrima viva y Kim también. La tuve que sostener un buen rato y susurrarle palabras dulces. Pero mi chica estaba muy sensible últimamente. Luego de una cena agradable volvimos a casa caminando, haciendo una parada por el parque al que solíamos ir cuando éramos adolescentes. Abracé a Kim por la espalda y enterré mi cara en su cuello.

—Henry será un buen padre—comentó.

—Lo sé. Y pensar que pensábamos que no se iban a lograr.

—Sí, pero ese hermanito mío por fin se atrevió e hizo las cosas bien.

—Ambos serán unos buenos padres.

—Igual que nosotros algún día.

—No estoy quejándome ni nada, pero quiero ser la mejor versión de mi para mi hijo. No quiero que sufra de algo parecido a lo mío o que crezca inseguro.



Nat Castañeda

Editado: 06.09.2019

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