Sangre de luna.

Capitulo 13

Valmond descansaba sobre el cálido pecho de su mujer. Le arrullaba el ritmo de su corazón. Aún permanecía agitado pero su lenta respiración le decía que dormía plácidamente. 


Se levantó intentando no despertarla. Ella se estremeció con el aire fresco que la rodeó. 
Le estrecho contra sí y le contempló dormir. 

 


A la mañana siguiente. Amely despertó primero en brazos de su marido. 


Le observó en silencio. Un rostro firme que aún durmiendo parecía serio. 


Su cabello, negro, tan negro como el cielo nocturno sin luna. Sus labios, una línea fina pero perfectamente delineados la hicieron suspirar al recordar la pasión con que la poseían. Su barba corta, que no era tan espesa pues permitía notar su perfecta mandíbula, le atribuía un poder masculino que la incitaban a pensamientos y sensaciones que ni siquiera ella misma sabía que existían. 


Por su mente paso el momento en que esa barba le raspaba sobre sus erectos pezones y las cosquillas que sintió cuando le acariciaba el abdomen junto a los besos que descendían. 


Bajo la mirada sonrojándose por el recuerdo. 

 

—No debes avergonzarte.

 

Ella alzó la vista de inmediato y sonrió. 


Permanecieron callados por un largo minuto. Únicamente se miraban a los ojos intentando leerlos, escuchando su silencio. 


Entonces, Valmond dibujó una línea invisible desde su sien, pasando por el borde exterior de su mejía hasta su barbilla. 


Luego colocó sus dedos desde su frente y descendió pasando por su nariz, sus labios hasta el mentón. Y finalmente recorrió el lado izquierdo de su rostro. 

 

—¿Qué es? 
—Sin importar la forma de la luna. Su luz es la misma. 

 

Aquella sencillas y dulces palabras calaron en lo más hondo de su corazón. 

 


Amely continuó trabajando con Margaret y Kerstin. No era una mujer que le gustara quedarse todo el día en casa aunque tuviera tareas que hacer. Y Valmond no tuvo más remedio que dejarla continuar trabajando, a veces era muy obstinada.


Con la llegada del invierno el trabajo disminuyó. Los caminos para salir del pueblo estaban bloqueados por la nevada. 


Así que los visitantes ocasionales de las aldeas de alrededor disminuyeron significativamente. 


Margaret tuvo que mandar a Amely de regreso a casa una mañana. Pues no tenían trabajo suficiente como para pagarle. 


El otoño había comenzado demasiado frío así que todos ya se habían preparado con suficiente leña.


Incluso el lobo pareció ser condescendiente. Dejándolos entrar en el bosque para que ellos pudieran hacerse de leña.


Tampoco hubo ningún robo de animales por su parte. Sabía que era un invierno duro.

 

 

—Buenos días papá — saludó besándolo en la mejía.
—Buenos días hija.
—¿Qué tal ha ido la mañana?
—No ha venido nadie. Por suerte no había hecho mucho. 
—Quizás sea mejor que apagues el horno. Al menos hasta primavera. Debes ahorrar leña.
—Quizás sea mejor que dejes de salir a la calle con este frío y dejes que me ocupe de mis asuntos. 
—Y cómo podría no venir a verte. Además que yo estoy bien. 
—No entiendo cómo tu marido te deja salir con este frío. 
—No soy tan débil papá. Además vengo a verte a tí por que te quiero. 

 

Mientras ella limpiaba un poco la estancia, Adalbert se sentó junto al fuego. Era extraño tenerla ahí. 


Verla limpiar y andar por la casa como antes. Pero sabía que se iría luego de la segunda comida.


Aún le parecía ver a su niñita, con el cabello alborotado y siempre hablando en la casa y que al estar en presencia de otros se volvía callada.


Ahora se veía como una mujer. Qué se manejaba a la perfección en un hogar. Sus bonito cabello y su presentable vestido denotaban que no llevaba una mala vida hasta donde los recursos de aquel lugar lo permitían.

 

—Y ¿Tu marido?
—Cazando — dijo mientras daba una probada al caldo que tenía en el fuego. 
—Claro, cazando. 
—Papá, él no ha molestado a nadie. Sabemos que el invierno está siendo muy difícil para todos. 
—Y ¿Qué me dices de los hombres que encontraron en el camino? Fue él. 
—Papá, ya hablamos de eso. Ellos le robaron a Rons. ¿Cómo habría hecho ese joven, sus hermanos y madre para pasar estos días si se hubieran llevado a las únicas cabras que tienen?
—Eres igual a tu madre — gruñó.
—Y por eso la querías ¿Verdad? — Se sentó en el suelo a sus pies como cuando era pequeña—. Papá, él es un buen hombre y solo trata de ayudar.



Brooklyn Birk

Editado: 15.07.2018

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