Sangre de luna.

Capitulo 25

Las montañas nevadas centellaban con la luz del sol matinal.

Los hombres levantaron el campamento y se reunieron para partir.

 

- ¿Donde esta Hans? - preguntó uno de sus amigos.

- Debió adelantarse - Respondio su padre - Ese muchacho es obstinado. Ya habrá llegado al pueblo.

 

Sin preguntar más comenzaron el regreso.

Todos parecían alertas, no podían confiarse.

Se detenían en el camino para revisar las trampas que habían puesto el día anterior.

Afortunadamente les había ido bien. Un par de liebres e incluso un ciervo para la cena.

Prepararon a los animales para poder guardarlos bien y  evitarse que fueran perseguidos por el lobo u otro animal por el olor a carne fresca.

Al llegar al río se reabastecieron con agua y dieron de beber a los caballos que habían llevado.

Aún quedaban un par de horas de luz y un buen trecho para llegar al pueblo.

 

- Debemos darnos prisa. Oscurecerá pronto.

- Tienes mucha prisa en volver hijo - se rió Leonard - Descuida, te aseguro que con los años ya no te preocupara tanto dejar a tu mujer sola. Será un descanso - sé carcajeo el viejo.

 

Valmond le sonrió y asintió. Todos sabían del carácter de ese hombre y de lo entrometida que resultaba ser aveces su mujer. Pero aún así ya llevaban muchos inviernos juntos.

Mientras descansaban junto al río un aullido se escuchó a lo lejos.

Todos palidecieron ante el escalofriante sonido.

Una vez más se escuchó. No estaba lejos.

 

- ¡Viene del pueblo! - grito alguien.

 

Valmond y Adelbert lo sabían. El sonido venía de esa dirección. Estos se miraron un momento preguntándose qué hacer.

Valmond no podía cambiar en ese momento. No podía exponerse. No a ese peligro y más ahora al saber que algo rondaba su hogar y su familia.

 

- ¡ Debemos partir ya ! - mandó Adelbert subiendo a su caballo. - Hay que evitar que llegue al pueblo.

 

Los hombres recogieron sus pocas pertenecias y corrieron por el sendero.

Los caballos corrían desbocados hacia el pueblo. El corazón de Valmond palpitaba acelerado deseando poder llegar volando.

Los aullidos volvieron ha hacerse escuchar y un viento gélido sopló desde la montaña. Los caballos relinchaban y se levantaban sobre sus patas traseras.

El estruendo de los árboles golpeandose contra sí era atronador. La nieve revoloteaba en su contra.

Los jinetes cayeron de sus monturas y vieron a los caballos correr en dirección contraria hacia el bosque.

 

- ¿ Qué está pasando? - preguntaban algunos llenos de temor.

- ¡Es el mismo demonio!- grito Hackett. - Dejad, los caballos. Ellos volverán luego. ¡Hay que matar a la bestia!

 

Aquellas sencillas palabras infundieron valor en el resto y corrieron a la entrada del pueblo.

 

- ¡Adelbert! Adelbert. ¿ Estas bien? - Éste se levantaba del suelo.

- Si- haciendo una mueca de dolor.

- Vamos, hay que llegar pronto.

- Anda tú. Eres el único que podrá detenerlo. Sea lo que sea esa criatura.

- No puedo dejarte aquí. Anda vamos - Y sin insistir más Valmond lo levantó y paso el brazo de éste sobre sus hombros para que pudiera andar.

 

Estaba a unos pasos. Los gritos de mujeres y hombres se escuchaban. Y una columna de humo se elevaba hasta el cielo.

 

- Amely- susurró preocupado.

 

Sin pensarlo. Dejo a Adelbert a solas y corrió al bosque. Seguro de que todos estarían al rededor del desastre que encontraría. No quería pensar en lo peor.

Corrió, corrió y corrió. Dió la vuelta en sus cuatro patas y se dirigió al lugar donde la sangre ya corría por los suelos. Podía olerse.



Brooklyn Birk

Editado: 15.07.2018

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