Leah nunca se durmió.
Oyó la respiración de Celeste volverse profunda y regular. Oyó a Lan roncar suavemente, con la cabeza apoyada en su mochila. Esperó un minuto más. Dos. Cinco.
Entonces abrió los ojos.
No tenía sueño. Nunca lo había tenido. Había estado esperando, simplemente. Escuchando. Calculando.
Con un movimiento lento y silencioso, se incorporó.
No hizo ruido. Sus pies descalzos rozaron el pasto sin crujir. Sus manos no temblaban. Sus ojos estaban fijos en la muñeca de Celeste, donde la pulsera de raíces brillaba débilmente en la penumbra.
Se arrodilló junto a ella.
Celeste dormía con el brazo extendido, la palma hacia arriba. Las raíces se movían suavemente, como si respiraran.
Leah extendió la mano. Tocó la pulsera.
Las raíces se tensaron. Un brillo intenso iluminó el claro por un instante. Celeste gimió en sueños, frunció el ceño, movió la cabeza.
—Mamá... —murmuró— No te vayas.
Leah tiró suavemente. La pulsera no cedió. Las raíces se apretaron contra la muñeca de Celeste.
—Vamos —susurró Leah.
Tiró otra vez. Más fuerte.
Las raíces comenzaron a aflojarse. Una a una, se desprendieron de la piel de Celeste.
Celeste abrió los ojos.
—¿Qué...?
Leah soltó la pulsera de inmediato. Se apartó, fingiendo que se había levantado para avivar el fuego.
—¿Todo bien? —preguntó Leah, con voz tranquila.
Celeste se incorporó, frotándose la muñeca. Las marcas de las raíces estaban rojas, inflamadas.
—Soñé que alguien me agarraba —dijo, confundida.
—Debe haber sido el frío —respondió Leah— Vuelve a dormir.
Celeste la miró. Algo no cuadraba. Pero el sueño la vencía otra vez.
Se recostó.
Leah esperó. Contuvo la respiración. Los minutos pasaron.
Celeste se durmió de nuevo.
Leah la miró largo rato. La pulsera seguía allí. Pero ahora sabía que no podía arrancarla de una sola vez. Las raíces se resistían. Y Celeste despertaba.
Tendría que esperar. Tendría que ganarse su confianza.
Porque la flor sería suya. Tarde o temprano.
A la mañana siguiente, Leah estaba de pie antes que ellos. Había recogido leña, llenado las cantimploras y preparado el poco pan que quedaba.
—Hay un atajo —dijo, mientras señalaba un sendero que se internaba entre los árboles— Nos ahorrará medio día.
Lan la miró con desconfianza.
—¿Por qué nos ayudas?
Leah se encogió de hombros.
—Ustedes me ayudaron a mí. Es lo justo.
Celeste se tocó la muñeca. Las marcas de las raíces seguían allí, rojas, inflamadas. Algo le decía que no debía confiar. Pero también estaba cansada. Cansada de desconfiar.
—Está bien —dijo— Vamos por el atajo.
Caminaron todo el día. Leah conocía los caminos, sabía dónde había frutos comestibles y dónde se escondían los animales. Encontró un arbusto de bayas dulces y las compartió. Encontró un arroyo de agua fresca y los guio hasta él.
—No estábamos solos —dijo Lan, en voz baja, mientras Leah se alejaba a buscar más leña.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Celeste.
—Que una persona que conoce tan bien el bosque no necesita que la ayuden. Podría haber llegado sola al castillo sin nosotros.
—¿Entonces por qué se quedó?
Lan la miró.
—Eso es lo que me pregunto.
Llegaron a una pequeña posada en el borde del bosque. Era un edificio de piedra, con techo de paja y una chimenea que humeaba. Una mujer de cabello canoso los recibió con pan caliente.
—Tengo dos habitaciones —dijo la mujer— Una para dos, otra para uno.
—Yo duermo con Celeste —dijo Leah, con naturalidad.
Lan la miró con el ceño fruncido.
—No —dijo— Celeste duerme conmigo.
—No hay espacio —respondió la mujer— Las camas son chicas. Dos personas entran, tres no.
Celeste intervino.
—Yo duermo con Leah —dijo— Lan, tú descansas.
Lan quiso negarse, pero Celeste le puso una mano en el brazo.
—Estaremos bien.
La noche cayó. Celeste se acostó en la cama junto a Leah. Lan se había ido a su habitación, reacio, mirando a Leah con desconfianza antes de cerrar la puerta.
—No te preocupes —dijo Leah, con una sonrisa— Yo cuido de ella.
Lan no respondió. La puerta se cerró.
El silencio se instaló en la habitación. Celeste escuchaba la respiración de Leah a su lado. Parecía dormir. Profunda. Regular.
La respiración de Leah se volvió lenta, profunda. Celeste se dejó llevar por el cansancio. Sintió cómo los músculos se le relajaban, cómo el peso del cuerpo se hundía en el colchón.
La vela de la mesita se apagó. La habitación quedó a oscuras.
El tiempo pasó. Minutos. Tal vez horas.
Celeste no supo cuánto.
Despertó con una mano sobre su boca.
Quiso gritar, pero no pudo. Un trapo áspero le apretaba los labios, sujeto por una cuerda que rodeaba su cabeza. Abrió los ojos con furia. Leah estaba sobre ella, arrodillada en la cama, con una expresión fría, calculadora.
—No grites —susurró Leah— No sirve de nada.
Celeste quiso mover los brazos. No podía. Sus muñecas estaban atadas a la cabecera con tiras de tela, tensas, firmes. Quiso mover las piernas. Sus tobillos estaban atados a los pies de la cama.
Estaba inmovilizada.
—La flor —dijo Leah, mirando su muñeca— La necesito.
Las raíces de la pulsera brillaban débilmente en la penumbra. Leah las tocó. Las raíces se tensaron. Celeste sintió un tirón en la piel, como si algo vivo estuviera siendo arrancado.
—Lo siento —dijo Leah, sin mirarla a los ojos— No es personal.
Tiró.
Las raíces se aflojaron. Una a una, se desprendieron de la piel de Celeste. Cada una dejaba una marca roja, húmeda, como si estuvieran hechas de sangre y savia.
Celeste quiso gritar otra vez, pero el trapo ahogaba cualquier sonido.
Leah arrancó la pulsera.
Las raíces se retorcieron en su mano, y la flor de loto en el centro brilló con una luz rojiza, enfermiza.