Sensitive

Una noche de amor

Todos los días se me hacían eternos, e interminables. Cada día contaba las horas, los minutos, los segundos que faltaban para el anochecer, el fin de otro día.

Hubo una vez, en donde, no esperaba que el tiempo se acabase, en ese momento, solo quería que la noche durara para siempre.

Ella era dulce, cálida, bella... No podría describir el mundo de posibilidades que encontraba en una sola persona; era todo lo que podría llegar a buscar, ella lo tenía todo.

Era ese tipo de persona, en donde su corazón era tan amplio, que no me explico el cómo cabía en su pecho. Su sonrisa despampánate, resplandecía ante la luz del día e iluminaba hasta la noche más oscura.

Su piel, era tan suave, como si pudiera acariciar las nubes y tan blanca como la nieve en invierno; su cabello, oscuro y brillante, se mecía con la suave brisa de la mañana, y se entrelazaba en mis manos cuando lo acariciaba, tan sedoso como el terciopelo, tan fino como la ceda; sus manos, tan cálidas y bellas, tan pequeñas y delgadas; sus labios, rojizos, esplendor de la vida. No podría contar las veces en que pude soñarlos, esperando el día, en que pudiera probar ese néctar, ese dulce, dulce néctar de aquellos besos tan apasionados que pudiera estrellar en esa boca que tanto me atraía. Sus ojos, esos que me hipnotizaban, y me atraían hacia un mundo de maravillas; esos que reflejaban el mundo de mis sueños y me conectaban al más allá de mis pensamientos. Esos ojos y esa mirada, que me llevaron hacia mi anhelo, mi lugar favorito...

Una noche, solo con recordar una sola noche es suficiente. Solo una noche puede describir, el fin de una vida oscura.

***

Pasábamos los días juntos, uno como tantos, aunque este era especial. Un día único, en el que ninguna tenía que despedirse del otro una vez cayera la noche, uno en la cual no hubiera razón para separarnos, uno en la que pudieras estar más unidos de lo que jamás lo estuvimos...

Ella solía recostarse en mi hombro, y reposar un poco en tanto yo la envolvía en mis brazos, en un dulce abrazo.

Solía mirarla por horas, mediante una lluvia de besos (los más dulces y tiernos que pudiera yo pedir), aterrizaban en mis labios. Nos mirábamos, nos amábamos tanto. Nuestros corazones lo sabían, y nuestros labios seguían el impulso de pasión que impregnábamos en los labios del otro, una danza de roces y mimos. Me agradaba cuando nuestras lenguas se encontraban, se sentían una a la otra, recuerdo eso, y lo disfruto tanto, como si fuera la última vez que pudiera vivirlo.

Sus abrazos, los recuerdos como el fin de cualquier día largo; mi lugar seguro, mi refugio de paz. Podría pasar toda la vida envuelto en sus brazos, pegado a su cálido pecho, sintiendo su tibia respiración deslizándose por mi oído y cuello. Suelo verlo como el amanecer de un día brillante, y recordarlo como el final del camino de donde mis pies pudieran llevarme.

Recuerdo esperar todas las mañanas de todas las semanas, al levantarme, y hacer todos los preparativos para el resto de la mañana hasta el final del día; esperando escuchar ese dulce canto que alguna vez toco mis oídos, esa dulce voz que coloreaba mis días. Cada mañana, esperaba la llamada de mi amor, esa que me llenaba de energía de la cual no podía absorben ni en mil noches de buen descanso. Solo una simple brisa que brotara de sus labios, podía liberar mi mente de horas de retraimiento; su sola voz podía liberar caminos en mi interior.

***

Estábamos en la cama los dos, ella se recostaba en mi pecho, mientras yo le acariciaba la cabeza. Me miro a los ojos, con ese fuego que ardía en su interior, en tanto se acercaba lentamente hacia mi rostro... cuando se acercó lo suficiente, y sin dejarme decir ni una palabra, comenzó a besarme desenfrenadamente. Besos tras besos, nuestros labios chocaban una y otra vez; nuestras lenguas se encontraban otra vez, recibiendo una a la otra con una cálida y húmeda caricia.

Nuestros cuerpos estaban pegados, conectados por nuestros labios, pero, había más de una forma en la podíamos sentirnos, y ambos lo sabíamos.

Recostándola suavemente en la cama, como un explorador, decidí descubrir hasta el rincón más profundo de su cuerpo. Deslizándome por su mejilla, tras una capa de suave melena, se encontraba su delicado cuello, tan suave y delicado como todo su cuerpo. Suavemente, beso tras beso, deslice mis labios por su tez pálida. Ella solía disfrutar mucho en cuanto hacia esto, y me lo recordaba en tanto me olvidaba de hacerlo.

Seguí bajando, pero ya no fue mi boca, sino mis manos que acariciaron, tan suave y cálido, al final de cada caricia llegaba al punto máximo de esplendor, subiendo hacia el pico más alto de cada seno, lugar delicado y gentil entre mis dedos, amplio en mis palmas. Sus pechos eran una caricia para mis manos. No podría explicar tan agradable sensación que estas me produjeran.

Con un beso más en sus labios, y después de una mínima maniobra, desbloque lo que contenía tan hermoso paisaje. Era el contemplar de lo pulcro, una caricia para mis ojos. Su textura sumisa se impregnaba en mis labios, su piel, ah, dulce piel irresistible que me atraía hacia ella. Todo en ella me producía atracción, todo.

***

Pero no solo yo podía explorar... y en un brinco, me tendió boca arriba sobre la cama, con maniobras agiles, logro sacarme hasta la última prenda que pudiera tener, y con una última risita, dijo «ahora es mi turno».



Sakura Frames

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En el texto hay: historias de la vida

Editado: 14.12.2020

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