Shira y los cazadores de ángeles

Capítulo I - El despertar

Abrí los ojos de golpe, como si un sonido imperceptible me hubiera sacado del mismísimo abismo, mi respiración estaba entrecortada, las sábanas se sentían húmedas contra mi piel por el sudor frío que lo cubría. El eco de aquel suceso aún resonaba en mi mente, difuso pero inquietante, como un fantasma que se niega a desaparecer. Era la tercera vez en esa semana. Un sueño recurrente que me impedía descansar a profundidad desde que mi memoria empezó a funcionar. Mi corazón aún martillaba mi pecho con ritmo frenético que no encajaba con la quietud de la habitación. Durante unos segundos no supe dónde terminaba la pesadilla y empezaba la realidad, hasta que el suave resplandor de la luz a través de la ventana me devolvió la calma poco a poco.
Mi madre decía que algún día desaparecería, siempre buscaba soluciones. Primero era el clima, la humedad, dormir muy temprano o dormir muy tarde, pero aquella sombra permanecía en mi subconsciente. No era muy clara, algunas noches ni siquiera podía entender de qué se trataba, pero no dejaba de repetirse una y otra vez.
Me levanté bruscamente sin pararme de la cama, buscando la luz para dispersar aquel vívido sueño, era una tortura experimentar eso cada día, me preguntaba si no había algo más que mi mente se pudiera imaginar. Estrujé mi rostro con mis manos, intentando esfumar por completo el sueño y cansancio. No quería volver a dormir porque con el sueño volverían aquellas escenas que algunas noches me despertaban llorando, obligando a mi madre a socorrerme y repetirme que no era real. Aún con el cansancio, no había manera de evitar el día. Me puse de pie y caminé algo adormecida hacia la jarra que estaba cerca de la cama. Lavé mi rostro y me miré reflejada en el agua unos segundos. Mis ojeras eran el centro de atención en la cara, después del cabello color avellana, el cual se encontraba totalmente despeinado. La bata estaba cubierta por el sudor que me provocaba el mal dormir.
Escuché unos pasos acercarse lentamente a la habitación.
— ¿Te encuentras bien? —Me espanté— ¿Era ese sueño de nuevo? —preguntó preocupada, mientras me ofrecía un abrazo, se trataba mamá. No dije nada, sólo asentí suavemente, mirando el suelo, preguntándome si tendría que cargar toda mi vida con él, si acaso lograría casarme o dejaría de sentirme tan diferente a los demás.
—Supongo que eso ya es parte de mí —respondí avergonzada.
—Iré al mercado a comprar unas verduras, ¿te gustaría ir conmigo? —preguntó Adelaida intentando sacar mi mente del abismo en el que estaba sumergido.
—No — respondí rotundamente. Me miró unos segundos antes de marcharse, sólo escuché sus pasos alejarse golpeando el suelo de madera.
Desde que empecé a tener esa pesadilla, dejé de socializar y salir de casa, sentía que una sombra me seguía, sentía que los árboles me observaban al anochecer, podía incluso ver las figuras humanoides sobresalientes de entre sus troncos. Le temía a todo, al sonido, a la gente, a los animales, a la vida. Al principio parecía temporal, pero ya tenía diecisiete años y no pareciera que alguna solución se aproximara. No había un amigo que pudiera escuchar lo que me atormentaba. Ni un familiar. Mi padre murió en la guerra antes de que si quiera pudiera recordar su voz. Sentía que estaba sola en el mundo, que tal vez sólo era una carga para mi madre.
Me coloqué el vestido para empezar el día, cada día hacía lo mismo para distraerme de mis propios pensamientos, pasar tanto tiempo sola me hacía sentir por momentos que estaba volviéndome loca. Mi madre tenía que trabajar cuidando ancianos y eso le tomaba todo el día. La casa se encontraba algo alejada del pueblo, impidiendo ver gente con regularidad.
Limpié el polvo de la azotea, ordené mi habitación, la cual se encontraba en el segundo piso y en el primer piso la de mi madre. Ordené los platos que había limpiado la noche anterior. Caminé por el pequeño pasillo de la cocina hacia la sala, recogí y doblé la ropa para continuar barriendo la casa. Después de haber terminado de organizar la casa, salí por la puerta de la cocina en dirección al gallinero, en donde alimenté las gallinas y recogí sus huevos.
Mamá decía que la guerra había terminado cuando yo tenía siete años. Dirzan había tomado el reino y poder, asesinó a todos los ángeles, quienes eran los seres más poderosos, incluso con más poder que los druidas. Lo hizo de una manera astuta, ya que en conjunto eran poderosos, pero cuando se trataba de ayudar a la gente, ponían en riesgo sus propias vidas. Él los eliminó y absorbió toda la magia que les pertenecía a ellos.
Los elfos, ninfas, sirenas, magos, centauros, minotauros, cíclopes y otros seres fueron asesinados también. Sólo sobrevivieron unos pocos, la mayoría se posicionó a favor del malvado rey para intentar sobrevivir. La magia había sido limitada por órdenes de él, los hechiceros más poderosos estaban de su lado y así poco a poco obtuvo cada vez más poder. Dirzan de igual manera era un hechicero que utilizaba magia oscura para tener todo control. Adelaida siempre me repetía que todos los seres teníamos una esencia, una esencia que podía ser pisoteada y alterada, tal vez imitada, pero nunca podían tomar nuestra esencia verdadera que se encontraba en nuestra alma. Aunque Dirzan robó el poder de los ángeles, nunca sería el poder absoluto y real, porque este no se puede copiar. Decía que aunque yo sentía que mi esencia estaba perdida, algún día la iba a recuperar. Algún día vería la luz.
Mis pensamientos se esfumaron al darme cuenta que mientras barría el suelo, choqué con una mesa y había dejado caer un tazón con agua sobre unos libros. Maldije para mis adentros, rápidamente tomé un trapo, lo coloqué sobre los libros para que absorbiera el líquido. Levanté uno de los manuscritos, notando que lo había estropeado, lo abrí y vi que parecía ser un diario, la tinta se había escurrido un poco por el agua, estaba escrito en un idioma desconocido, «no recordaba que mi madre supiera otras lenguas» — pensé.
De repente a lo lejos escuché un sonido que me distrajo, no sabía si era producto de mi imaginación o algo real. Intenté seguir el sonido distorsionado, lo que me arrastró hacia la parte de afuera de la casa. Parecía el quejido de alguna persona. Entré rápidamente a la casa, tomé una botella vacía, observé a través de ella por la ventana buscando de dónde provenían los sollozos y noté un extraño movimiento en el bosque.
Un miedo intenso recorrió mi cuerpo, la indecisión se apoderó de mí, «¿Qué debería hacer? ¿Y si mi pesadilla se volvió realidad? ¿Si el bosque cobró vida y está intentando llevarme a él?» Iba a desistir, a esconderme, pero un grito desgarrador provocó que sintiera un punzón en el pecho. Sin pensarlo tomé un cuchillo pequeño de la cocina y partí, guiándome únicamente por el sonido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.