Sin poder decir adiós

*Capítulo cuatro: "¿Por qué?"

Ni siquiera comenzaba a desfallecer la frialdad de la tarde sin colores cálidos, cuando arribó a casa sin saber cómo caminó durante casi dos horas, arrastrando los pies entaconados con unos pequeños zapatos negros, desorientada por no tener noción de un futuro en el que realizaba cada uno de sus sueños más profundos y que labró desde que tuvo pleno juicio de lo necesario para su felicidad, y que ahora, se notaban oscuros e imprecisos, era como si un pintor desquiciado, salido del infierno hubiera decidido retocar con el color negro de su paleta toda la ruta dibujada de su vida. 

Ella sacó las llaves del bolsillo delantero de su pantalón, abrió la puerta de su departamento, levantó el interruptor y todas las luces de la sala se encendieron. Con la misma sutileza, cerró su única conexión con el interior, y a diferencia de otros días, Sunny no la recibió en la entrada, maullando por la alegría que le producía verla después de tantas horas de ausencia. Quizá la pequeña gatita cálica estaba durmiendo en su cama de sábanas rosadas, ronroneando y disfrutando de la simpleza de su existencia, sin las preocupaciones que a veces asesinan la tranquilidad de la gente normal. 

Noella soltó su cartera sobre la superficie lisa de su sillón gris y después, su cuerpo exhausto también cayó encima de la suave comodidad familiar, rebotando un poco a causa de los resortes. Quería llorar como una niña pequeña que acababa de rasguñarse las rodillas en una caída violenta; sin embargo, ya nada era tan simple para recurrir al llamado de una solución infructuosa e infantil. 

Y por primera vez en su vida, la soledad desintegró las pocas ilusiones que resguardaba en su corazón, cada día más endurecido por los eventos que marcaban la pausa de su rutina. Ella había vivido sola desde que su padre murió cuando tenía dieciocho años, y aunque la mayoría de personas de su círculo social creían que debió trabajar duro para tener el privilegio de estudiar, lo cierto es que su adorado progenitor le dejó una pequeña fortuna con la que podía vivir cómodamente durante los años que duraba su carrera, era como si ese hombre hubiese calculado el dinero exacto que le era necesario para vivir bien. Además, Noella, rescatada por todo tipo de providencias, tenía a una hermana mayor: Fabiola, una mujer diez años mayor que ella, quién radicaba en Francia y que una vez cada dos meses, le enviaba dinero que le ayudara a solventar alguno de sus gastos.

Su cabellera negra y larga, sin adornos infantiles en el centro de su cabeza que antes la caracterizaron, se mantenía desordenada por el viento que revolvió cada una de sus hebras delgadas mientras daba lentos pasos de regreso a casa. Su piel tostada se mantenía gélida, ya que el único abrigo que tenía era su blusa blanca manga larga, demasiado delgada para protegerla, incluso, ella ya empezaba a sentir escalofríos; no obstante, tenía la nula intención de cambiarse, y aunque no había probado bocado alguno durante el transcurso del día, sus ansias de comer no aparecían.

—¿Qué debería hacer? —la tibia sensación del abrazo una familia unida por un lazo más potente que el hierro sacado de las profundidades de la tierra, nunca la cubrió lo suficiente para apegarse a algún ser humano; en la niñez deseaba sentir la necesidad de querer un vínculo irrompible, y lo había conseguido; pero con la misma sencillez que usa el mar para borrar las huellas de la orilla, ella perdió la hermosura de esa unión bendecida—. Tengo mucho miedo… —un quiebre producido por un temblor, desatado en el centro de su pecho, empezaba a expandirse por cada palmo de su carne, haciendo que del agujero surgieran largas uñas que la desgarraban desde el exterior. No había escapatoria. 

Soltó un suspiro revelador de sus temores más profundos y elevó la mirada hacia su techo blanco, y que dejaba brillar los fluorescentes que acompañaban sus noches de trabajo raudo y salvaje. 

—Habla con él —desde lo alto de una estrella a punto de perder su brillo, le recomendó con insolencia malévola y haciendo eco en los meandros de su mente, esa vocecita empalagosa que solía ignorar en las madrugadas de insomnio en las que los recuerdos no hacían más que apuñalar sus lagrimales, para que así el líquido cristalino de su dolor fuera destilado—. Pídele que pase tiempo contigo y que no vuelva a separarse de ti… No hasta que al final haya llegado…

Pensamiento egoísta que estalló delante de su mirar distante y sin destellos armoniosos; desorientada de lo que planificó desde su más tierna infancia. No quería recurrir al defecto humano más común en medio de una tormenta que arruinaba la fertilidad de un jardín en pleno nacimiento. No quería a nadie involucrándose en su vida. La presencia de los demás llegaba a quitarle las ganas de respirar, porque no era libre de tener la soledad que siempre había apreciado. Nadie le era importante, podía descartar a cualquier persona sin poseer el más mínimo remordimiento; no obstante, ahí se apreciaba su desencaje de cuadro, buscando una forma de acercarse a aquel lobo lejano. 



Laurencia R. Antígona

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En el texto hay: baile, amor, amistad

Editado: 30.03.2021

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