Soledad a Doble Filo

CAPÍTULO SEIS

La semana siguió su curso, las demás reuniones salieron como esperaba y quizás para fin de mes tendría en mi escritorio al menos tres buenos contratos de inversión y cooperación comercial.

Debo admitir que a lo largo de los días el recuerdo de la pelirroja furiosa en vez de disiparse, se incrementaba, mi curiosidad por ella era más grande, pero a la vez tenía que frenarme; no era correcto que me pusiera a investigar sobre ella y cosas así, además era obvio que no me convertí en su persona favorita y eso me resulto… refrescante ya que difícilmente obtenía ese tipo de reacción de una mujer, no me considero un mujeriego pero tampoco soy puritano y estoy consciente de mi atractivo físico además de mi acento italiano que por más que llevo seis años en este país de habla hispana aun lo conservo muy fresco en mi y eso atrae a las mujeres.

Pero que una mujer me mire con rabia en vez de que intente coquetear conmigo era totalmente nuevo y me gustaba. Esperaba que el destino me la ponga una vez más en mi camino y poder sacarla de sus casillas; infantil para un hombre de treinta y seis años… puede ser, pero lo disfruté no lo pienso negar, me gustó ver ese fuego en sus ojos y me pregunto en qué otros aspectos de su vida también puede llegar a ser tan fogosa.

Además estaba el detalle de su cabello en el tiempo que llevo en esta ciudad difícilmente he conocido o por lo menos visto a una mujer con ese color que estoy cien por ciento seguro es natural. No soy un hombre de fetiches en lo que respecta a las mujeres, pero debo admitir que me gusta el hecho de que una mujer huela bien… huela dulce y ella lo hacía.

Un par de meses más transcurrieron y las conversaciones con la aseguradora iban bien encaminadas hasta que hace dos semanas todo quedó finiquitado, los documentos firmados y el apretón de manos dado. Con el señor Webers concretamos un evento social en el cual tanto sus empleados, como la directiva y mi personal encargado de su cuenta celebraríamos la consolidación de nuestro acuerdo, quedando para este fin de semana en el salón de un reconocido hotel en el norte de la ciudad.

Fui con mi sastre personal para los últimos detalles de mi traje a medida, según la invitación seria un evento formal, pero claro sin exigir demasiadas etiquetas, por lo que con Andrés acordamos que sería un sobrio traje negro de corte slim, sin chaleco, ni corbata.

Eran la siete en punto de la noche y daba una última vista a mi apariencia antes de salir de mi casa, ya en el auto confirmo la dirección y me dirijo al lugar.

Ya llegado veo que hay una cantidad considerable de personas y a pesar de que todos andan correctamente vestidos para la ocasión, uno puede ser capaz de diferenciar la calidad de sus ropas y no es para menos muchos son trabajadores humildes que de seguro hicieron un esfuerzo para lucir bien.

Una hora de haber llegado y saludado casi a todos a mí alrededor, una sombra a un costado del salón llama mi atención por lo que fijo mi vista. Nada más que una hermosa mujer con un vestido verde oscuro que le llega a media pantorrilla, muy ajustado pero no incomodo, con un escote sencillo y unos altos tacones negros; me gustaría ver cómo le cae en la espalda y como si me escuchara gira lo que me permite ver parte de su espalda descubierta por el corte del vestido, está realmente bella además de que ha dejado su cabello ligeramente suelto lo que agrada más que cuando la vi con el cabello totalmente recogido.

Al cabo de unos minutos que un mesero pasa por mi lado ofreciendo un trago el cual acepto gustoso, me doy cuenta que ella se ha percatado de mi presencia y una vez más nuestro juego de miradas, sé que no se doblegara tan fácilmente y desviará sus ojos de mi, así que le sonrió y alzo mi vaso como saludo, ella pone cara de fastidio y hasta donde estoy juro oírla resoplar, se da la vuelta y se va… y sé que mi noche acaba de mejorar…

 



Casia Bertotiz

Editado: 15.10.2019

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