Sombras del inframundo

Capítulo 39

El amanecer no trajo consuelo. A medida que el horizonte clareaba, Egan permanecía de rodillas frente al lugar donde el portal se había cerrado, con sus pensamientos hechos pedazos. La ausencia de la chica era un vacío físico, como si una parte de su alma hubiera sido arrancada junto con ella.

Se levantó, tambaleante, limpiando la sangre seca de su frente. Su mirada se endureció mientras su mente se llenaba con una sola idea: rescatar a Nalia, cueste lo que cueste.

El templo que una vez había sido la morada de Hades estaba reducido a escombros. Las columnas caídas y piedras desgastadas por el tiempo se extendían por el suelo. El aire aún olía a azufre y sombras, pero la atmósfera era extrañamente vacía, como si la partida de Hades y Nalia hubiera drenado cualquier rastro de energía mágica.

Egan examinó el suelo, buscando cualquier signo de la magia oscura que pudiera guiarlo. Los símbolos en las piedras estaban apagados, mas el círculo donde el portal se había abierto aún irradiaba un leve calor. Se arrodilló, colocando una mano sobre las marcas carbonizadas.

—Dame una señal —susurró, cerrando los ojos.

El sonido de unas alas rompió el silencio, seguido de un golpe seco detrás de él. Giró con la espada en la mano, listo para luchar, pero lo que vio lo dejó perplejo.

Era un hombre alto, con cabello plateado que brillaba bajo la luz tenue del sol. Sus ojos eran de un azul inhumano, como el hielo eterno. Vestía una armadura negra que parecía hecha de escamas y llevaba una lanza que irradiaba un poder antiguo.

—¿Quién eres? —preguntó el chico, sin bajar su arma.

—Me llaman Lyonesse, guardián de los umbrales. He visto lo que ocurrió aquí, y sé a dónde fue tu compañera.

Egan estrechó los ojos, evaluándolo.

—Si sabes algo, habla. No tengo tiempo para juegos.

Lyonesse dio un paso adelante, clavando la lanza en el suelo.

—Tu tiempo es precisamente lo que debes considerar. Rescatarla no será un camino sencillo, y menos si te enfrentas al señor del inframundo en su propio reino. Pero hay una forma de entrar, aunque requerirá más que fuerza y determinación —el recién llegado se arrodilló junto al círculo quemado y pasó los dedos por las marcas—. Este portal era una puerta directa al inframundo, pero ahora está sellado. Sin embargo, aún hay otros caminos, aunque más peligrosos.

El joven lo observó con un atisbo de esperanza e inquirió:

—¿Dónde están esos caminos?

—Uno está aquí mismo, enterrado bajo estas ruinas. Para activarlo, necesitarás algo más que voluntad. Necesitarás un ancla.

—¿Un ancla?

—Un objeto que conecte tu alma con la suya. Algo que te permita atravesar las barreras del inframundo sin perderte en las sombras.

El muchacho lo pensó por un momento. Su mano fue instintivamente hacia su cuello, donde colgaba un medallón que Nalia le había dado semanas atrás. Lo sacó y lo sostuvo frente a Lyonesse.

—Esto… me lo dio ella.

El guardián lo tomó para examinarlo con cuidado y contestó:

—Esto servirá. Está impregnado con su esencia. Pero no será suficiente. Necesitarás un vínculo más fuerte.

—¿Qué tipo de vínculo? —el chico apretó los dientes.

—Un sacrificio —el guardián lo miró con gravedad—. Deberás ofrecer una parte de ti mismo para reforzar la conexión.

—Haré lo que sea necesario.

Lyonesse lo guio hacia una entrada oculta en las ruinas, un pasadizo que descendía a las profundidades. Las paredes estaban cubiertas de inscripciones antiguas que brillaban tenuemente, iluminando el camino.

—Este templo no fue solo un lugar de culto para Hades. Fue construido sobre una red de portales menores que conectan con el inframundo —explicó el guardián.

Egan escuchaba atentamente mientras descendían. El aire se volvía más frío y pesado a medida que avanzaban, y un eco extraño resonaba en el túnel. Por fin, llegaron a una cámara circular con un altar en el centro.

El altar estaba hecho de obsidiana pulida, y en su superficie había un grabado intrincado de cadenas que se entrelazaban.

—Aquí es donde realizarás el sacrificio —dijo Lyonesse, señalando el altar—. El chico dejó el medallón sobre el altar y esperó las instrucciones—. Deberás entregar algo que simbolice tu conexión con la vida. Un fragmento de tu alma, una emoción profundamente arraigada. Eso fortalecerá el medallón y abrirá el portal.

—¿Y cómo hago eso? —el muchacho respiró hondo.

El guadián levantó su lanza, tocando con su punta el medallón.

—Debes concentrarte en lo que sientes por Nalia. Amor, miedo, desesperación… deja que esos sentimientos llenen tu mente y corazón. Pero ten cuidado. Si te aferras demasiado al dolor, el portal te devorará.

Egan cerró los ojos y colocó ambas manos sobre el medallón. Pensó en Nalia: su sonrisa, la forma en que lo miraba con desafío y ternura al mismo tiempo. Mas también pensó en el miedo de perderla, en la impotencia que sentía al no haberla protegido.

El altar comenzó a brillar, y el medallón emitió un calor intenso. El muchacho sintió como si algo dentro de él se rompiera, como si una parte de su ser fuera arrancada.




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