Sombras del inframundo

Capítulo 41

El aire en la cámara se volvió denso y opresivo, cargado de una energía que parecía filtrarse hasta los huesos de Egan. Hades se desvaneció en una nube de sombras, dejando una risa siniestra que reverberaba en el espacio. El suelo bajo los pies del guerrero comenzó a desmoronarse, revelando un abismo que parecía no tener fin. Antes de que pudiera reaccionar, el joven sintió que el mundo a su alrededor cambiaba drásticamente.

Despertó en lo que parecía un vasto laberinto de corredores interminables. Las paredes, hechas de piedra negra que absorbía la poca luz que emanaba de su espada, parecían moverse, como si estuvieran vivas. El eco de sus pasos resonaba, acompañado por sus propios pensamientos que ahora parecían gritarle verdades dolorosas.

Una voz, la de Hades, resonó desde todas las direcciones:

—Cada paso que des será una prueba. Supera estas pruebas, y quizá encuentres lo que buscas. Pero recuerda, guerrero: cuanto más profundices, más perderás de ti mismo.

Egan apretó los dientes y avanzó.

El corredor se expandió para transformarse en una sala circular iluminada por una luz dorada. En el centro, una figura conocida lo esperaba: su madre. Estaba como la recordaba antes de morir, con una sonrisa cálida y el cabello revuelto que solía acariciar cuando era niño.

—Egan, hijo mío, ¿por qué sufres tanto? —su voz era suave, pero había algo en ella que no era natural.

El chico se detuvo en seco y su madre extendió una mano:

—Ven. Deja esta locura. Regresa conmigo al hogar que tanto amaste. No hay necesidad de pelear.

El guerrero sintió que su corazón se encogía. Todo lo que quería era sentir el abrazo de su madre una vez más, escuchar su risa, olvidar el dolor de las pérdidas y de su viaje interminable. Mas algo dentro de él sabía que esto no era real.

—Eres una ilusión —murmuró, levantando su espada.

El rostro de su madre se torció en una mueca de ira antes de desvanecerse en humo negro.

—Muy bien —dijo la voz de Hades—. Pero, ¿serás tan fuerte con las pruebas que realmente te importan?

El laberinto lo llevó a un nuevo espacio. Esta vez, no había luz, ni sonido, ni siquiera suelo bajo sus pies. Egan flotaba en una oscuridad infinita, y el vacío comenzó a llenarse con sus propios miedos.

La voz de Nalia resonó en su mente:

—¿De verdad crees que puedes salvarme? No eres suficiente, Egan. Nunca lo has sido.

—¡No! —gritó mientras se aferraba a su espada.

Las palabras continuaron, cada una hiriéndolo con más profundidad que cualquier arma. Los momentos en que había fallado, en que había dudado de sí mismo, se materializaron a su alrededor como visiones vivas. Vio el rostro de su padre decepcionado, el de sus compañeros caídos, y, finalmente, el de Nalia, mirándolo con una mezcla de tristeza y resignación.

—Si no puedes superar esto —dijo la voz de Hades—, ¿cómo esperas salvarla?

El muchacho cayó de rodillas, pero recordó algo que la chica le había dicho una vez: "El miedo no te define, Egan. Lo que haces con él sí."

Apretó el medallón en su mano y se levantó.

—No soy perfecto, pero lucharé por ella. Siempre.

Con esas palabras, la oscuridad comenzó a disiparse, y el laberinto volvió a formarse a su alrededor.

Egan llegó a una vasta sala donde el suelo estaba cubierto por un lago oscuro. En el centro, una figura flotaba en el agua: Nalia. Estaba inconsciente, con cadenas oscuras que la ataban a las profundidades.

—Nalia —susurró mientras corría hacia ella.

Mas cada paso que daba, el agua se transformaba en un espejo. En él, vio un reflejo de sí mismo, pero no era el hombre que quería ser. En el espejo, era frío, cruel, con una mirada vacía.

—Esto es lo que serás si continúas —dijo una versión de su propia voz al salir del espejo—. La oscuridad te consumirá, y ella no estará ahí para salvarte.

El chico se quedó paralizado. El reflejo continuó:

—Ella merece algo mejor. Merece un héroe, no un hombre roto como tú.

Apretó los puños. Las palabras dolían, mas sabía que no podía dejar que esas dudas lo definieran.

—No soy perfecto, pero haré lo que sea por ella. Incluso si tengo que enfrentarme a mí mismo.

Con un rugido, alzó su espada y rompió el espejo. Las cadenas que ataban a Nalia comenzaron a desvanecerse, aunque su cuerpo permaneció inmóvil.

—Prueba superada —susurró Hades, con un tono que sugería satisfacción—. No obstante, aún no has llegado al final.

Por fin, el joven llegó a una sala gigantesca. Al fondo, un trono tallado en obsidiana se alzaba, y sobre él, Hades lo esperaba. La sala estaba iluminada por antorchas con llamas negras, y el aire era tan denso que parecía pesar sobre sus hombros.

—Has superado mis pruebas —dijo el dios, con una sonrisa que no auguraba nada bueno—. Aunque una cosa es resistir y otra muy distinta es tomar una decisión.

Frente al trono, una figura apareció: Nalia. Sin embargo, algo estaba mal. Sus ojos brillaban con una luz oscura, y una sonrisa siniestra curvaba sus labios.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.