La conciencia regresó como un oleaje lento y pesado. Primero sentí el vaivén de mi cuerpo, como si alguien me estuviera moviendo, y luego el roce de unas manos que recorrían mis brazos y mi cintura. El contacto me hizo estremecer, y un escalofrío me recorrió la piel antes incluso de abrir los ojos.
Parpadeé varias veces, la visión borrosa se fue aclarando poco a poco. El techo húmedo y agrietado me recibió primero, seguido por el olor penetrante a moho y sudor que impregnaba el aire. Mi mente tardaba en procesar, como si cada recuerdo se resistiera a volver.
“¿Al fin había despertado?”, pensé aún con la cabeza nublada.
—¿Ya estás despierta? —preguntó una voz femenina, suave pero firme, que me resultó extrañamente familiar.
Bajé la mirada y la vi: la misma chica que había entrado en la habitación cuando el hombre de la sonrisa espantosa me examinaba. Ahora estaba frente a mí, inclinada, abrochando con calma los botones de un vestido que me envolvía. Sus movimientos eran precisos, casi mecánicos, como si estuviera acostumbrada a vestir a otras personas.
Espera...
¿Hombre de sonrisa espantosa?
El recuerdo me golpeó de repente. El hombre. Su sonrisa grotesca. Lunett, la carrera que di en el bosque, las abejas gigantes, los hombres que me capturaron y lo último antes de perder la conciencia... La explicación de las muñecas… Todo vino de regreso a mi mente como un torrente imposible de detener.
Abrí los ojos de par en par, con un sobresalto que me hizo incorporarme bruscamente en la cama desvencijada. El colchón chirrió bajo mi peso y el frío de la habitación me atravesó los huesos.
La mujer me observó en silencio, con una expresión neutral, casi vacía. No había compasión ni crueldad en su mirada, solo una calma inquietante que me hizo sentir aún más vulnerable.
—El jerarca me ordeno vestirte y arreglarte para que empieces con el trabajo —Dijo ella con calma mientras terminaba de abrochar los últimos botones del vestido. Se levantó y camino hacia una pequeña mesa en una esquina.
En ese instante me dió tiempo de observarme a mi misma. El vestido que ahora traia era algo que nunca me habría puesto en mi vida. Era negro corto sin mangas, más corto de lo que debería, con pequeñas cadenas en el borde. Claramente sencillo pero con el propósito de atraer miradas.
Recordé las palabras del hombre espeluznante. 'Prototipo de Muñeca' 'Mujeres que llegaron a el' 'Lo que yo sería'. Mientras más pensaba y analizaba, más turbio me parecía toda esta situación.
La mujer volvió hacia mi y me miró directamente, como si me estuviera analizando, recorriendome de arriba a abajo con una mirada que podría jurar era de desdén.
—No creo que necesites mucho maquillaje, pero te daré un retoque.
Antes de poder responder, ella procedió a colocarme algún tipo de polvo rosa en las mejillas y tinta roja en los labios. Finalmente se aparto y señaló unos tacones altos en una esquina.
—Pontelos, ya es hora de salir.
Obedecí casi inconscientemente, demasiado perdida en mis pensamientos mientras seguía procesando todo lo que pasaba. Me puse los tacones distraidamente antes de seguirla con pasos mecánicos e incómodos, sin estar acostumbrada a usar tacones y menos de ese tamaño.
Ella abrió la puerta y salimos. Lo primero que sentí fue el olor a colonia fuerte, lo suficientemente fuerte para que doliera la cabeza. La mujer me guío por el pasillo, dónde había un pequeño balcón que daba la vista hacia abajo donde estaban las mesas llenas de hombres hablando y riendo demasiado fuerte, con mujeres moviéndose de un lado a otro sirviendo bebida y comida, otras sentadas en las piernas de otros hombres con una sonrisa claramente ensayada.
Nos detuvimos antes de llegar a los escalones donde estaba nada más y nada menos... Que el hombre de sonrisa horrible. Al verlo, sentí como se me revolvía el estómago y mi cuerpo se tensaba.
El hombre, cuya apariencia ahora podía detallar mejor por la luz del lugar, sonrió con esa sonrisa tan escalofriante y se acercó.
Tenía un traje dorado con zapatos negros patentes, tenía anillos en casi todos los dedos y su cabello negro un poco desordenado lo que le daba una apariencia de típico mafioso maton.
—Vaya, vaya. Finalmente mi caramelito ácido despertó —Su voz era ronca y burlona, su mirada me recorrió de una manera que me hizo retroceder instintivamente.
Sus ojos se fijaron en los de la mujer a mi lado, y pude ver un destello de irritacion que reflejo sus ojos.
—Aunque creo que se hubiera visto mucho mejor con un atuendo más llamativo y menos básico— Mascullo en un tono de molestia.
La mujer se disculpo con voz que apenas entendí, bajando la mirada con una sumisión que me hizo fruncir el ceño.
Su comentario hacia la mujer y la sumisión de ella me encendió algo en el pecho. No sé si fue indignación, miedo disfrazado de valentía o simplemente la gota que colmó el vaso, pero antes de pensarlo, ya estaba hablando.
—No le hables así —solté, con la voz más firme de lo que realmente sentía—. Ella solo está haciendo lo que tú le ordenas. No tienes por qué tratarla de esa manera.
La mujer abrió los ojos con sorpresa… pero no como yo esperaba. No había miedo en sus ojos, tampoco agradecimiento, en su lugar había... Molestia.
Molestia dirigida a mí. Como si mis palabras hubieran sido una falta imperdonable.
Me miró con una expresión dura, casi irritada, como si quisiera decirme: “Callate, no te metas”
El jerarca, en cambio no reaccionó de inmediato. Solo me observó. Su sonrisa se desvaneció lentamente como una vela apagándose poco a poco.
Dio un paso hacia mí.
Luego otro.
Y otro.
Hasta que estuvo tan cerca que pude ver el reflejo distorsionado de mi propio miedo en sus ojos.
Trague saliva audiblemente.
Él ladeó la cabeza, estudiándome como si fuera un juguete defectuoso.
—Qué adorable —murmuró—. Crees que puedes opinar. Crees que puedes corregirme. Crees que tienes derecho a abrir la boca.