Sueco

Capítulo 18

Victoria se quedó sin palabras. Comenzó a sentir dificultades para respirar, sentía que se ahogaba. Pensaba que no podría soportar la idea de que Abel terminara en la cárcel. Sabía que si eso ocurría sería el fin de su relación con él. No porque ella dejara de amarlo o él se olvidara de ella, sabía que una vez que una persona pobre entraba en la cárcel su vida ya no sería la misma de ahí en más. Sabía el maltrato que sufriría. Victoria sentía que su mundo ideal se caí como una casa de naipes.

 

  • No me digas eso…no puede ser… - le dijo Victoria sollozando, como un ruego –
  • Tranquila. Me reconoció pero no recuerda que pasó en tu casa. No nos apresuremos. Veremos qué pasa.
  • Abel, estas cosas empiezan así: recuerdan algo y luego van evolucionado. En algún momento recordará todo.
  • Es probable.

A Victoria la ponía nerviosa la tranquilidad con la que se tomaba Abel un tema tan serio

 

  • Escuchame una cosa, Abel. Si se puede arreglar con plata… yo estoy dispuesta a ponerla. No quiero que vayas preso. No quiero que vivas ese infierno.
  • Esperemos como se desarrollan los acontecimientos. Llegado el momento veremos cómo se puede solucionar. Una pregunta…
  • Si, decime.
  • ¿De dónde tienen tanta guita tu familia? Tu vieja no labura, vos solo estudiás…
  • Nos dejó plata papá. MI viejo se murió hace unos tres años. Nos dejó mucho dinero y propiedades. Mi vieja vive de rentas, no hace falta que labure. Y yo por ahora estudio, más adelante trabajare de lo que me gusta.
  • ¡Qué bueno vivir de rentas! La envidio a tu vieja.

 

A Victoria no le había gustado que Abel le preguntara eso. No le parecía correcto que a él le interesara de donde sacaban la plata ella y su madre. Por momentos se le cruzó por la cabeza que él estuviera con ella por la plata y que su madre tuviera razón con su ya clásica frase: la esencia nunca cambia. Esa frase que le repiqueteaba una y otra vez en su cabeza desde chica cada  vez que Victoria se relacionaba con gente que no es como uno, como decía Hortensia. Victoria sabía que su madre le había metido mucho prejuicio en la cabeza, mucha mierda que ella se había ido sacando poco a poco, pero siempre algún resabio quedaba.

 

  • Abel…no me gusta que me pregunte esas cosas…
  • ¿Por qué?
  • Porque no. Punto
  • Bueno, no me trates así. Fue solo curiosidad. Yo no necesito tu plata. No estoy con vos por la plata. Tengo mi laburo. Relájate.
  • Yo no dije nada de eso, simplemente me pareció una pregunta descolgada.

 

Abel le contestó un frio “ok” y se despidió de Victoria. Ya era hora de ir a trabajar. Antes pasaría a verlo a Marcelo al hospital. Llegó justo cuando estaba por terminar el horario de visita. Marcelo seguía en terapia, pero Abel puedo ver que estaba conectado a menos cables. Le tomó la mano y Marcelo abrió un poco los ojos.

 

  • ¿Qué haces, guachin? Volviste. Estás preocupado.
  • Y si, loco. Nos criamos juntos. Somos amigos.
  • Claro que somos amigos. Más vale…pero te noto demasiado preocupado.
  • Lo normal
  • No, lo normal no. ¿Vos te pensás que soy boludo? La noche del robo vos estabas conmigo. Ya comienzo a recordar.
  • Si, tenés razón.
  • Lo que no se es quien me pegó el tiro en la cabeza. No habrás sido vos…no…seguro fue la madre de la cheta. Se desato como pudo y me pego en tiro. Después se hizo la boluda y escondió el arma anda a saber dónde. Seguro que quería que te echen la culpa a vos.
  • Yo me había escondido cuando escuche las sirenas.
  •  Flor de cagón.
  • Hice lo que pude. Yo no quería…
  • ¿vos no querías? Cerrá el orto. Sos tan mierda como yo, no te hagas el niño bueno. No te hagas el boludo.
  • Bueno, Marcelo. Me tengo que ir a laburar.
  • Ok. Chau.
  • Chau.

 

Abel estaba abandonando la habitación, pero en un momento lo detuvo un chistido de Marcelo.



Queco

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En el texto hay: policial, romance accion y drama, romance

Editado: 28.05.2018

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