Tan libre como puedas

CAPITULO 13 Parte 1

Esta mañana me levanté más temprano de lo habitual. Supuse que papá le diría a mamá que ya estaba en casa y me iría a buscar, asi que salí cuando la casa aún estaba silenciosa.
Ahora, son más de las dos de la tarde. Todo el día he estado aquí en el lago.
No ha pasado ni una semana desde que me enteré del compromiso, pero he pensado tanto en ello que mi mente ya está cansada y siento que ha sido una eternidad. El no tener con quien hablar de ello solo me hace la carga más pesada.
El día no es muy frío. Mientras el viento sopla ligeramente observo atenta como ondean las aguas del lago. Cierro los ojos después de soltar un largo suspiro. El sonido de los abetos de alguna manera es reconfortante.
Mi mente descansa solo unos segundos cuando de pronto aparecen nuevamente esos pensamientos.
¿Por qué tengo que hacerlo? ¿Por qué no puedo ser firme y negarme? ¿Por qué siento que debería aceptar “por ella”?
Mi mente y corazón se dividen entre lo que quiero y debo hacer.
Debería fugarme con Ezra y ya.
Abro los ojos, alargo mi mano derecha hasta tocar el agua para menearla y observar como mi reflejo se distorsiona.
—¿Qué tan fría está? —La voz de Frida me hace girar en su dirección.
—¿Qué haces aquí? —cuestiono entre sorprendida y alegre.
—Vengo a dar cariño y comprensión a una doncella en apuros.
—No soy una doncella. —Aunque sí estoy en apuros—. ¿Cómo me encontraste?
—Rastreé tu teléfono —responde con naturalidad sentándose a mi lado.
—Ah, es verdad.
Recuerdo que hace tiempo confesó haber instalado cierta aplicación en mi teléfono.
—¿Y bien? ¿Quieres mi cariño y comprensión? —El viento menea su cabello y el sol hace que brille mientras me ofrece su refugio con una dulce sonrisa.
—Quiero tu cariño y comprensión. —Permito que sus brazos me rodeen mientras me aferro a su cintura.
La luz del sol se refleja en el agua haciéndola destellar mientras se menea. Las caricias de Frida sobre mi cabello se sienten tan bien cuando de repente, al estar tan cómoda entre sus brazos me vuelvo vulnerable. Siento un nudo en la garganta y mis labios comienzan a temblar. Apretujo su abrigo rojo entre mis manos y de inmediato surge la necesidad de contárselo todo. Desde un principio quise confesárselo, pero ni antes ni ahora sé como empezar.
—¿Qué te pasa? —Sé que no habla de éste momento, que no se refiere a mí temblando y sollozando entre sus brazos.
—No sé qué hacer. Ya he tratado de encontrar una solución, pero todas terminan hiriendo a alguien.
—¿De qué hablas?
—Mi madre quiere que me case con el hombre que eligió para mí. Solo porque soy una “Lara” espera que acepte y continúe su tradición. Ella piensa que es lo mejor para mí.
—Emma jamás haría algo así —afirma sonriente, supongo yo, creyendo que bromeo.
—El domingo pasado lo conocí —le informo con la voz temblorosa y los ojos llenos de lagrimas.
Mi expresión borra su sonrisa.
—¿A quién?
—Al hombre con el que esperan que me case.
—No, eso no. A ti no pueden hacerte eso —niega creyendo finalmente lo que sucede—. Algo debe estar mal.
—Hay tanto que está mal.
—¿Ya hablaste con Emma? ¿Le dijiste que no querías hacerlo?
—Por supuesto que…
—No han conversado.
—¿Acaso es necesario? Es obvio que no quiero. Se lo dejé bien claro —comento al recordar aquel día que le grité.
—Intenta una vez más.
—No tiene caso.
—Emma te ama más que a todo en este mundo. Habla con ella, yo te acompaño —propone tomando mi mano.
La confianza ciega que tiene en mi madre me hace tener algo de esperanza.
Es verdad que no he tenido una buena charla con ella respecto a eso, es más, ni siquiera le he dirigido la palabra desde entonces. Por lo tanto, creo que Frida podría tener razón. Ciertamente, desde pequeña mi madre me ha demostrado el inmenso amor que siente por mí y gracias a Frida, creo que en realidad no sería capaz de obligarme a tal acto.
—Vamos.
—¿Ahora?
—Claro. Levántate —ordena extendiéndome su mano.
Con un poco de miedo e incertidumbre, acepto su apoyo incondicional y me pongo de pie.

Al llegar a casa nos dirigimos al estudio de mamá ya que según Darla, ella se encuentra ahí.
—¿Qué le digo? —cuestiono nerviosa.
—Que no te quieres casar.
—¿Y eso será suficiente?
—Por supuesto. Se trata de Emma.
Con cada paso que damos estamos más cerca del estudio y mi corazón sabiéndolo, late cada vez más acelerado.
A lo lejos, vemos a mamá y a cierto sujeto entrar a la habitación.
—¿Quién es ese?
—Leonardo. —No es necesario decir más para que Frida sepa que él es “ese” hombre.
—Hasta su nombre es feo —comenta.
—Mejor vámonos —propongo.
—No, Anya. No voy a dejar que te acobardes ahora.
Sin más, me lleva junto a ella hasta la puerta del estudio. Sin titubear, se dispone a tocar la puerta antes de entrar.
—Por favor, promete que vas a cuidar bien de ella —dice mamá.
Al escuchar esto, Frida se queda con la mano en el aire y una expresión que duele.
—No se preocupe. Su estilo de vida no cambiará.
Mientras hablan de mí como si fuera una mascota a la cual adoptarán, siento como algo emerge en mí. Algo que no es común.
—Será difícil al principio. Por favor, se paciente.
—No habrá problema alguno si entiende cuál es su posición y se comporta.
Soy una persona tranquila, alegre, paciente; sin embargo, al escuchar a estos dos hablar la rabia dentro de mí es descomunal y no puedo controlarla.
—Estoy segura que con el tiempo podrán llevarse bien.
—Seguramente aprenderá lo que le conviene.
¿Aprender?
Ésta última frase me hace abrir la puerta y entrar de improviso.
—No soy un animal al que vas a domar —ataco tan pronto como doy un paso dentro.
Al verme entrar de manera tan repentina, mi madre abre bien los ojos sorprendida.
—Que gusto volver a vernos tan pronto —habla sonriente ignorando mi mala cara.
—Me alegra no poder decir lo mismo —respondo de la manera más áspera que puedo.
—¿Quién es la bella dama que te acompaña?
—Soy Frida Calixto, su mejor amiga —se presenta sin un ápice de cordialidad.
—Que nombre tan lindo —le adula—. Mi nombre es Leonardo Borgues y soy…
—El sujeto con el que quieren que me case —digo mirando directamente a mi madre.
Ella, con los ojos llorosos, aparta la mirada.
—Su prometido —corrige él.
—Pues disfruta lo alto que has llegado, porque no serás más que eso —asegura mi amiga.
El silencio incomodo nos oprime por un instante.
—Vámonos —susurro.
—Emma, Anya quiere decirte algo. —Tras tales palabras, dejándome sin opción, me anima a acercarme a mi madre.
Es evidente que a Leonardo no puede importarle menos mi mala cara; su sonrisa de lado lo delata. En cambio, mamá me mira con tristeza, cariño y anhelo. Sus ojos brillantes por las lágrimas me hacen un nudo en la garganta y pensar que quizá de verdad le importa lo que siento. Es su tradición, pero en ningún momento me pidió que la cumpliera. En mis veintitrés años de vida jamás me ha obligado a nada.
¿Y si ésta no es la excepción? ¿Y si de verdad me escucha?
—No quiero casarme. Por favor, no me obligues —suplico mientras me acerco a ella.
—Hija mía —me llama acunando mi rostro entre sus manos.
Sus ojos claros y cansados derraman finalmente las lágrimas que acumulaban desde que me vieron entrar. Su sonrisa temblorosa me hace creer en ella.
—Mamá. —Entre mis brazos, puedo sentir cómo su cuerpo tembloroso se aferra al mío, como si tratara de protegerlo.
—Te amo, cielo.
Ante sus palabras mi corazón da un salto de alegría. Frida tenía razón.
—Madre, yo…
—Lo lamento. —Asi como sus palabras me dieron felicidad, también me traen agonía—. No puedo. Por favor, entiéndeme —dice mientras me separo lentamente de ella.
Siento cómo todo se vuelve lúgubre de repente. Mis manos comienzan a temblar, mi respiración se vuelve pesada y una extraña sensación recorre mi pecho.
—Asi que al final elegiste esa absurda tradición. Pues quédate con ella.
—Cielo.
—Eres detestable. Te odio. ¡Te odio a ti, a tu familia y a tu estúpida tradición! —escupo sin remordimiento.
—¿A mi tradición? —Su expresión demuestra cuánto le han dolido mis palabras.
—Si este era mi destino, ¡ojala nunca hubiera nacido!
—Por favor, no digas eso. —Tratando de tocarme, estira su mano temblorosa hacia mí.
—¡Aléjate! —gruño apartando su mano de un golpe.
—Anya —me llama Frida.
—No deberías tratar asi a tu madre —interviene Leonardo.
—Estás arruinando mi vida —continuo—, ¿y quieres que te perdone? ¿que te entienda? ¡Cómo voy a perdonar que me alejes del amor de mi vida para entregarme a él! —Al escucharme se lleva una mano a la boca y las lágrimas vuelven a mojar sus mejillas—. Eres una traidora, convenenciera, ¡hipócrita!
—Ya es suficiente.
—No te le acerques. —Con solo esas pocas palabras Frida logra detener el avance de Leonardo.
Sin más, me doy media vuelta para salir de ahí seguida de mi amiga. Camino hasta mi habitación tratando de no chocar con las cosas ya que mis lágrimas me impiden ver con nitidez. Al llegar, mis piernas se vuelven de gelatina y termino cayendo de rodillas en el piso. El golpe debería ser doloroso, pero no lo siento. Derrotada, me abrazo a mi misma mientras lloro.
Ella no me quiere, jamás lo hizo. Nunca fui su hija, siempre me vio como el medio que le permitiría honrar a su familia. Por eso me trató tan bien todos estos años. Por eso ningún joven era lo suficientemente bueno para mí; porque no lo había elegido ella.
—Anya —me nombra Frida llegando a mi lado—. Algo está mal. Algo debe estar mal en todo esto —asegura.
Sus brazos me envuelven de tal manera que no sé si era para consolarme a mi o porque es ella quien busca consuelo. Sus lágrimas comienzan a mojar mi piel.
—Crees más en ella que en tu propia madre.
—Tenemos que seguir insistiendo. Estoy segura que Emma entenderá.
Me sorprende cómo aún después de lo que pasó sigue creyendo en ella. En cambio, yo, su hija, ya no puedo.
—Vámonos —sugiero.
—¿Qué?
—Vámonos de aquí. A algún lugar lejano donde no nos encuentren y podamos ser libres de ellas. —Sé que es una propuesta alocada pensada en un mal momento, pero estoy segura que aún así, jamás me arrepentiré.
—Anya. —Inexpresiva, me observa a los ojos.
Al cabo de unos segundos de silencio, entro en razón y me doy cuenta de lo que le he pedido. Frida ya pasó por lo mismo y nunca me pidió semejante locura.
—Perdón, no debí pedirte eso. —Ella jamás me arrastró en ninguna de las ideas locas que ha tenido y por lo tanto, tampoco puedo hacerlo.
—Anya.
—Está bien. Rentaré una casa pequeña y conseguiré un trabajo. Cuando todo se controle y me estabilice te llamaré para…
—Iré.
—Frida.
—Rentaremos una casa y conseguiremos empleo. No voy a dejarte sola —asegura—. Cuando mi padre murió éramos tan solo unas niñas, sin embargo, permaneciste a mi lado una semana entera. Me cuidaste y consolaste como no lo hizo mi madre. Siempre mantuviste una sonrisa y me brindaste un refugio cálido entre tus brazos. Sé cuánto amabas a mi padre y que solo lloraste por él cuando creías que estaba dormida. Teníamos apenas siete años y juro que sin ti habría muerto de tristeza. Desde entonces, más que una amiga veo en ti una hermana. No voy contigo porque me sienta en deuda, jamás mancharía lo que hiciste con un sentimiento tan banal, asi que no te preocupes.
En ese tiempo ella terminaba tan exhausta luego de llorar que siempre creí que dormía profundamente cuando la dejaba y me escabullía.
Sus palabras sinceras me conmueven de tal manera que termino arrojándome a sus brazos.
Luego de llorar un rato más, nos ponemos de pie y sin decir una palabra sabemos qué hacer. Frida camina junto a mí hacia el armario, cada una toma una maleta y comenzamos a llenarlas con solo lo básico. Al terminar, arrastramos las maletas hasta la puerta. Antes de abrir, le doy un último vistazo a esta habitación que me ha pertenecido por tantos años.
—¿Lista?
Con una sonrisa llena de tristeza, temor, alivio y esperanza, asiento en respuesta a su pregunta.
Tomo aire, lo suelto en un suspiro y apretando la agarradera de la maleta giro finalmente la perilla abriendo asi la puerta. Toda mi incertidumbre se desvanece cuando veo a dos hombres vestidos de azul correr por el pasillo llevando una camilla consigo y a Leonardo detrás de ellos apresurándolos.
A pesar de la lejanía, reconozco el cuerpo que transportan.
—¡Emma!




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