Tenebrae (segunda Parte)

Capítulo 1. Orgullo

Capítulo 1. Orgullo

 

 

 

 

Aquel diciembre inició como uno de los más fríos que Tetsuya hubiera conocido alguna vez en los catorce años que tenía de vida. Casi seis meses atrás ni hubiera pensado que estaría donde estaba en ese momento, enfundado en gruesas capaz de ropa y sentado en la misma maceta sin vida en la que días atrás lo habían encontrado sus amigos, después de un arranque en que sus piernas le llevaron a encontrar aquel lugar al que, desde entonces, siempre iba a dar cuando necesitaba alejarse de todo y pensar.

     Ya conocía de sobra el camino del número 25 del residencial Valles Blancos hasta esa maceta en la calle Zoltli. Sólo debía cruzar cinco cuadras llenas de personas que iban y venían preparándose para las fechas en que se celebraba el Nacimiento del Cielo, una celebración bastante extraña en su opinión, pues no había forma de saber cuándo se había formado el universo, pero al final llego a la conclusión de que, muy probablemente, se debía a que era el mes más oscuro y frio de todos, y por ende el mejor para lanzar fuegos pirotécnicos al cielo, como buscando iluminar lo que una vez fuese la Gran Nada.

     Aquel sería su primer diciembre en que podría ver las luces iluminando la noche, lo cual desde siempre había escuchado que era bellísimo. Sin embargo, aún con todo el júbilo que demostraban las personas que por ahí pasaban con respecto a la fecha, él no estaba ni medianamente tan emocionado como lo estuvo semanas atrás, cuando se realizó el pequeño Festival Escolar en el parque donde solía encontrarse con sus amigos y que hasta esa noche había siendo un lugar grato. No puedo evitar soltar un suspiro, sólo pensar en aquella noche, y en como los agradables momentos que vivió con todos entre luces, risas y asombro, terminó siendo la peor en su vida. Porque eso había sido, la peor noche de su vida.

     Y ya lo había puesto en una balanza emocional, una y otra vez desde que había decidido refugiarse en la vacía y fría maceta en que se detenía casi cada día.  

     Vivía en la Nación Hermana Mayor; Mizu. Una de las Nueve Naciones Hermanas que comprendían una amplia extensión de Tierras Altas, mismas que una vez fueron conocida como el Reino de los Temple, más de un Siglo atrás. Aquella era una Nación poderosa, un Nación Militar y una Nación en guerra con otra más pequeña llamada Mictlan, ubicaba al Norte. Apenas una pequeña porción de Tierras Bajas que había logrado poner en jaque a la gran Mizu, y sus 25 Secciones Militares.

     Esa Guerra había comenzado casi 50 años atrás, por diferencias sobre la extensión territorial entre ambas naciones, cualquiera sabía eso ―menos él hasta que llego a aquella ciudad―, pero las cosas se pusieron terriblemente mal casi 3 años antes, cuando en una reunión diplomática entre Mizu y Mictlan, estos últimos se negaron aceptar un tratado de paz y terminaron casi destruyendo un pequeño poblado en los límites de la frontera; Yuto. Desde entonces ambas naciones no habían hecho más que perder.

     Habían perdido soldados, habían perdido pueblos, habían perdido futuros.

     Él mismo había perdido todo algunos meses tras. En aquel entonces él había sido incapaz de ver, pues había nacido ciego, pero aún podía recordar que su casa en la pequeña Tonalli de la Zona Beta estaba cálida a todas horas, como el día en que lo perdió todo; su casa, su ciudad, a su madre. Cualquiera diría que no había nada peor que eso, y él mismo llego a pensar que nada jamás dolería más que no tenerla a ella a su lado, pero se había equivocado. Dos semanas atrás, casi seis meses después de la muerte de su madre, cuando apenas estaban cerrando las heridas ―cosa que ahora le molestaba pensar―, todas ellas fueron abiertas dura y cruelmente, y de paso le habían hecho algunas más, como si sentir que perder a su madre dos veces en una sola vida no fuera suficiente, la persona responsable de dicho dolor era ni más ni menos que el hombre al que, estúpidamente, empezaba a sentir como a un padre.

     Su calvario comenzó aquel día de junio, cuando sin apenas ser capaz de concebir que su madre, María Jesús Lex, ya no estaba con él, había caído en manos del Ejercito de Mizu, exclusivamente de la Sección Omega, puesto que él era el único sobreviviente de la catástrofe que destruyo su ciudad y su vida, todo por obra de una mujer de nombre Nox. La llamada ‹‹Catástrofe de Tonalli›› para todos había terminado con la destrucción completa de aquella pequeña ciudad de la Zona Beta al noreste de Mizu, pero nadie aparte de él y unos pocos, sabían que eso sólo dio inicio de una serie de situaciones ‹‹desafortunadas›› para él.



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Editado: 14.06.2019

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