Testigo De Un Criminal

Cap.13 Pisando la linea del delito

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Morgan dormía con tanta inocencia sobre uno de los sillones del avión mientras regresaban a Luisiana. Elaine quería mantenerlo alejado de cualquier peligro incluso si eso significaba traerlo con ella a todos lados.

En cierta forma era verdad la inocencia de Morgan Howard. Él no había tenido culpa de nada, solo se le condenaría de ser culpable por nacer en una familia disfuncional, dramática y retorcida. Brandle era un loco adicto al alcohol y las drogas, golpeador y desgraciado. Erick se convirtió en un asesino de pulso, obligado a defender de una manera nada correcta a quienes amaba. Y Jadela, una mujer que siempre calló por miedo en lugar de defender como lo haría una correcta madre a sus hijos.

—De todo esto hay algo que me sigue preocupando— dijo Elaine a susurros, segura que Morgan no podría escucharla.

—¿Erick?— preguntó su padre.

—Es el asesino de mi mejor amiga, y no solo de ella, de más personas. Nos manipuló a todos e intentó asesinar a la hermana de Sara. Sé que no debo sentir pena o lastima por él pero… no puedo evitarlo.

—Es normal hija, conviviste con él en el pasado. Además, Howard ya está pagando todo lo que hizo.

—No sé cómo se le voy a decir que tienen a su madre. Erick es inteligente, sabe que Jadela no va a regresar. Si antes me quería asesinar, ahora esto se volverá una carrera entre él y Dante para ver quien llega primero a mí.

Anahí Hills y Jadela Howard ahora Dante las había convertido en la misma persona.

 

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Nadie puede sospechar de nadie, y ese es el peor de los juegos. Nadie sospecharía de un hombre que espera tranquilamente sentado en el interior de una grúa detenida en un hueco de estacionamiento. La calle era conocida por tener una escuela, los padres usualmente llegaban en coches, caminando y algunos cruzaban tiempo entre el trabajo y su deber de progenitores. Volker esperó paciente, una de sus grandes virtudes era la paciencia, a que esa misma mujer, que le tenía dando de vueltas en la cabeza, llegara al encuentro de sus hijos y cuando lo hizo, Kennedy se dio cuenta que era madre de dos gemelos.

Arrancó el motor y sin que esta se diera cuenta, fue siguiéndola hasta dar con el lugar de su residencia.

La cuidó y siguió durante dos días enteros, la mayor parte de tiempo que tenía libre y sin trabajos escolares, Volker se lo dedicó a Fernanda, dejando a Dante al cuidado de Merry. Egoísta, pero como se trababa de Volker, a Dante le parecía perfecto.

Esa mañana de martes, Volker no asistió al instituto, ya tenía la decisión bien tomada de secuestrar a las primeras horas del día a Fernanda, así que después de que ella regresara de dejar a sus dos gemelos del colegio, Volker la esperó en la entrada. Reclamando y alegando sobre un problema con el pago del coche que había hecho hace unos días. Fernanda insistió que ella no mantenía ni un solo recuerdo de haber quedado en deber, y para confirmarlo lo invitó a pasar en busca de mostrarle las facturas. Ella no lo sabía pero con eso su reloj de muerte sería echado a andar.

Una vez más lo que Volker necesitaba poner al cien de sus sentidos era la fuerza y los movimientos bien centrados que realizaría; ni muy bruscos, ni muy calmados. Esperó pacientemente un momento de descuido en el cual Morris le diera la espada. Y justo cuando ya no parecía haber nada en su contra, enredó sus brazos alrededor de su cuello, luchando en contra de soltar y hasta dejarla dormida sobre el suelo. Volker estudiaba medicina, era buen conocedor de en qué momento le hace falta el aire al cuerpo, solo el suficiente para desmayarse sin el peligro de la muerte.

Las llantas de la grúa se detuvieron frente a la cabaña. Más preocupado de ser visto, que de lo que le pudiera pasar al vehículo tras sumergirse en tantas espinas, rocas y tierra suelta, a Volker le temblaban las manos. El volante sudaba junto con él, se volvía resbaloso, húmedo y traicionero. Sus primeros secuestros no fueron fáciles, nada al principio era fácil, menos cuando debía cuidarse de cientos de ojos que asechaban en el vacío.

—¡Dante!— gritó corriendo con el cuerpo entre las manos hasta dejarlo sobre una mesa de madera.

Fernanda yacía durmiendo sin quejarse, sin moverse y sin nada, sólo respirando y con los moretones que más tarde se remarcarían en su cuello. Del otro lado de la misma perspectiva, sus hijos no lo sabían, pero su madre jamás volvería a regresar.

—¡Auxilio!— Merry seguía gritando detrás de la pared, en uno de los cuartos que era ocupado para ella.

Su cuerpo se encontraba bañado de sudor. El brazalete de las cadenas que la sujetaron durante dos noches ya le habían dejado las muñecas rojas. Los brazos morados de sujetar su peso y la ropa destruida. De entre los pocos trapos que seguían pegados a su cuerpo se asomaba el comienzo de la ropa interior, un conjunto de sostén y pantaleta en color rojo.

Volker se olvidó de Fernanda, como siempre lo haría por ir en busca de su predilección. Miró repentinamente a Merry, quien no se inmutó para seguir gritando, maldiciendo y rogando por su libertad, pero Volker no contestó nada.



ADAMAS

Editado: 07.01.2020

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