"The Sky" - A puro Rock and Roll

Capítulo 9

El evento se extendió hasta la madrugada. Jon permaneció algún que otro rato merodeando por el teatro, recibiendo halagos y agradecimientos, y pronto se marchó a su hogar a descansar. Como era de esperarse, esquivó hábilmente a los reporteros, quienes intentaron acorralarlo haciendo acopio de toda la desfachatez de su profesión, deseosos por conseguir un buen testimonio. Pero a Jon ni siquiera la emoción logró aflojarle la lengua.

El músico se mostró agradecido por aquel reconocimiento importante, que era al mismo tiempo un acontecimiento mundial; pero su carácter como siempre se interponía a todo. Jon Griffin se consideraba a sí mismo un «ícono» del Rock —no le gustaba la palabra estrella, le parecía un término demasiado glamoroso, que iba en contra de la filosofía de los setenta—  y por esa razón se le perdonaba aquella actitud reservada y rebelde.

         Nosotros resolvimos marcharnos al hotel una vez que desarmamos y alistamos los equipos. Lee y Roger regresaron en coches separados; la decepción que sentían por la actitud de Jon se evidenciaba en sus rostros. En ese momento me hubiera gustado poder leerles la mente… Jon Griffin y Joe Night habían sido íntimos amigos durante la época de los Purple Roll. ¿Por qué Martín le había confiado la voluntad del guitarrista a Lee y no a Jon? Ahora lo comprendía. ¿Qué unía a Lee Stoff con Joe Night? ¿Qué tenía de especial aquel vínculo? ¿Qué los diferenciaba del resto? Si la respuesta se basara en el magnetismo, entonces podría decirse que Joe Night y Lee Stoff se rechazaban entre sí, porque eran iguales en todo. Por esa razón, nadie en el mundo podría comprender mejor a Joe; nadie más que Lee, aunque fuera muy a su pesar.

         Cuando la creatividad de Joe Night se unía a la de Lee Stoff, se generaba un big bang. Los músicos no sólo congeniaban en lo artístico, sino también en los aspectos más banales de la existencia. Eran como siameses, tan sorprendentes que el destino quiso unirlos en una sala de ensayo, durante la primavera de 1968. Desde entonces, Lee Stoff y Joe Night se habían apañado en establecer sus diferencias, en un desesperado intento por sobresalir y superarse que terminó en orgullo y menosprecio. Probablemente el resto de sus compañeros lo sabía, y también puedo deducirlo yo, ahora que los conozco un poco mejor a ambos… Joe Night y Lee Stoff nunca pudieron determinar quién de los dos era mejor, porque eso hubiera sido como pretender engañar al espejo.

Lo primero que hice cuando llegué a mi habitación fue tomar una ducha. Ian por su parte se dispuso a conseguir té de jengibre para suavizar su garganta; y en vistas de que no sería capaz de conciliar el sueño sin antes repasar cada segundo de la actuación, Jim se le unió. A estos últimos les costaba bajar los decibeles después de un show. Jim y Ian sentían la necesidad de conversar sobre los errores menores que nadie notaba, y sobre aspectos técnicos, naderías, que yo prefería reflexionar en silencio o consultar con la almohada. Chris probablemente había sido el primero en dormirse; pero eso se debía a que había pasado la noche anterior en vela, pensando en cada pormenor. Por esa razón ninguno de nosotros osaba molestarlo. Chris era el mayor merecedor del sueño.

         Al otro día me desperté temprano, sintiendo un dolor corporal insoportable. La cabeza me zumbaba, y creí escuchar murmullos que primero asocié con delirios de la mente. El balcón de mi habitación era amplio; con vista a la encantadora calle céntrica y al lago. No estaba de ánimos para bajar a desayunar; pero por otro lado el estómago me rugía de hambre, así que resolví pedir el servicio a la habitación. Cuando salí al balcón las manos que sostenían la bandeja temblaron peligrosamente, haciéndome derramar la mitad del café.

En la calle, pero más precisamente en la entrada del hotel, se concentraba una multitud de fanáticos de los Purple Roll. Cientos de sujetos que llevaban remeras de la banda y gritaban, emocionados, una serie de palabras en francés, que obviamente no fui capaz de comprender. Eran individuos de todas las edades; incluso familias con niños, y varios grupos de adolescentes. Aquello me conmocionó, pero al instante me di cuenta que algo no andaba bien.

         Nadie podía saber que Lee Stoff y Roger Evans estaban en Ginebra; y aparentemente, a juzgar por aquella movilización masiva, mucha gente lo sabía. Probablemente —que sería lo peor de todo— se había filtrado la información de que Lee y Roger habían estado en el evento de anoche. La pregunta era cómo. ¿Cómo lo habían descubierto? Lee y Roger se habían disfrazado siempre antes de salir, incluso allí mismo, dentro del hotel. Ellos siempre habían llevado pelucas desarregladas, anteojos negros y ropa extravagante que no combinaba ni por asomo con sus verdaderas personalidades.



Julina Hessen

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Editado: 24.02.2019

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