Trazos del destino, Tomo 1.

Uno.

Decisiones.

 

En el mismo instante en que Nicolai Didrik y Charlotte Ferrec enfrentaban una triada de Zelldres, Owen Hallow amigo de ambos estaba en medio de una encrucijada. Era el tipo de encrucijadas en las que no nos gusta estar, sin embargo, el tiempo, la distancia he incluso uno mismo se pone frente a si, sobre todo, cuando hemos decidido guardar silencio y no confiar por temor en las personas que amamos.

 

Se encontraba con un muy viejo amigo en la ciudad de Tellmon, una magnifica ciudad de su mundo. Un mundo que estaba oculto de los ojos mortales, solo unos cuantos de estos tenían el privilegio de ir y venir a voluntad de un mundo a otro. Solo ellos podían disfrutar de lo mejor y lo peor de ambos mundos, tal como aquel que tiene la posibilidad de vivir dos vidas, sin relación una con la otra y sin lastimar a nadie.

 

Se encontraba hablando de un tema al que Owen ya le había dado mil vueltas en su cabeza, siempre llegando a la misma conclusión, siempre preguntándose el cómo solucionar eso.  Sabía que por Nicolai no debía preocuparse, pero Charlotte era otra historia… Aun cuando ella le amaba como el hermano, que ella quería que él fuera, este le temía a la reacción de la joven cuando le confesara una verdad que incluso a el mismo le parecía increíble.

 

Si se hubiera encontrado del otro lado de la moneda, se habría puesto furioso. Las personas más importantes de su vida y sobre todo las que aún quedaban con vida, la habían engañado.

 

— ¿Cómo me pides que lo haga, Jair? —interrogo Owen casi en un suspiro con un tono triste en su voz —No puedo dejarlos, son todo lo que tengo y soy todo lo que tienen… ella es mi todo.

 

El corazón se le estaba haciendo papilla y estaba a apuntó de llorar, viendo los grandes y grises ojos casi sin expresión del vigilante que estaba parado frente a él. Pues debía alejarse de su gran amigo y sobre todo de ella, para recibir el entrenamiento adecuado como vigilante y poder ocupar el lugar que le correspondía como sombra de algún inmortal.

 

Le temió a este momento desde el momento mismo en que salió de su mundo solo para encontrarse en el mundo humano, pero a todos los Vigilantes les llegaba está hora. Eran pocos los que tenían el privilegio de caminar por el mundo mortal, y eran estos mismos temían que el tiempo no se detuviera. Le gustara o no tenía que hacerlo, debía entrenarse, debía cumplir con su destino.

 

—Compréndelo Owen, ¿Cuánto más crees que podrás ocultarle el hecho de que no morirás, o el hecho de que ya no envejecerás jamás? —le interrogo Jair con cautela —Tarde o temprano se dará cuenta, si la amas como dices, debes hacerlo.

 

Se sentó en una pequeña banca a la entrada de una edificación de casi cuatro pisos, este era de un estilo indefinido. Pero sin duda nada parecido a lo que en aquellos años podría encontrarse en el mundo mortal.

 

—¡No puedo decirles a aquellos a quien amo adiós con tanta facilidad!

—¡Lo sé! … yo no pude verla los ojos así que simplemente me fui… y sabes que de eso hace miles de años… solo me fui.

 

La nostalgia era palpable en la voz de Jair, este trato de no evocar el recuerdo de la única persona a la que había amado. Pues él también había sido atraído por la fragilidad mortal y que había perdido hacía muchos siglos atrás. Había mucho que se interponía cuando un inmortal se enamoraba de un humano, además del sentimiento se encontraba el hecho de la fragilidad humana. Que sin duda lo que más atraía a los inmortales ya que difícilmente ellos probarían el fino beso de la muerte, pero, a sabiendas de esto se permitían sentir. Además, cualquiera que ha podido vivir más de mil años sabía de la nostalgia que queda después de que el amor se ha ido.

 

—¡No puedo! —gritó Owen colocando sus manos sobre su rostro tratando de ahogar el llanto —Me gustaría dejar de serlo que soy…

—Jamás dejarás de serlo que eres. Ni volviendo a nacer… Naciste así y temo que así terminarás tus días… lo siento.

 

Trataba de consolar a su amigo, sabiendo que el destino que le deparaba a Owen tras esa difícil decisión se encargaría de menguar el dolor, pero también sabía que esa clase de dolor jamás desaparece. Coloco su mano en el hombro de él para confortarlo, pues en algún punto de su vida, el mismo se encontró en esa situación y tiempo después deseo que alguien lo hubiese prevenido. Conocía perfectamente la agonía del adiós, y no quería que uno de sus más cercanos amigos sufriera del mismo modo que él. Aunque no había una cura para evitar aquel momento, esto era muy diferente a arrancar una bendita.



C. L. Hoffnung

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En el texto hay: bien vs mal, magia, seresmagicos

Editado: 05.11.2018

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