Tres Deseos, Un Ex y Un Amor

Capítulo 1.2 — Lunes

Volví a casa a las 21:20. El subte, otra vez, se había tomado su tiempo. Llegué con los pies hinchados, con la cabeza llena de "soledad" repetida cuarenta y siete veces y con ganas de tirarme en la cama y no hablar con nadie hasta el martes.

Abrí la puerta y me quedé quieta.

La cocina estaba ordenada. Pero no ordenada como la dejo yo cuando me agarra el ataque de culpa y paso un trapo por la mesada.

Los frascos de especias, en fila, del más bajo al más alto. Las tazas, apiladas de menor a mayor. Los vasos, los platos, los cubiertos, la botella de aceite, la de vinagre, todo, absolutamente todo, estaba dispuesto en orden ascendente de tamaño.

En el medio de la mesa, sentada con la cabeza sobre las rodillas, estaba la Hada de la mañana. Tenía los ojos rojos y la nariz roja.

—¿Qué te pasa? —pregunté, dejando la cartera en el piso.

Se secó la cara con la manga del blazer, rápido.

—Nada.

—¿Estás llorando?

—No me pasa nada.

—Estás llorando en mi cocina.

—Estoy trabajando.

—Llorar no es trabajar.

Se levantó, y las alitas que había mantenido escondidas asomaron por debajo del blazer antes de volver a plegarse. Se secó la cara otra vez, con la otra manga.

—Es mi última oportunidad —dijo—. No quiero cagarla.

Me quedé mirando a esa chica de veintitrés años aparentes, reducida a unos veinte centímetros, que tenía alitas.

—¿Y si no la cagás?

—Me recibo de Hada Titular y vos, si pedís bien, podés cambiarte la vida.

Ahí, en ese segundo, hice lo que hago siempre. Lo que me hace la correctora más rápida de Editorial Aldana y la persona más pelotuda de Villa Crespo: me dio lástima.

—¿Una firma? —dije.

—¿Qué?

—Una firma. Firmo el formulario y me dejás en paz.

Ella se quedó quieta.

—¿En serio?

—En serio.

—¿No me estás cargando?

—No te estoy cargando.

—¿Y por qué?

—Porque estás llorando en mi cocina, porque si te digo que no voy a tener que verte la cara toda la semana ¿no? Y porque, la verdad, después de un lunes como el de hoy, ya no me importa nada. Firmo.

De su blazer sacó la tablet.

—Firmá esto, se llama formulario 7-B.

—¿Por qué 7-B?

—Porque el 7-A se usa para deseos colectivos y el 7-C para deseos de cierre. Este es individual y hacia adelante.

—Claro. Obvio.

Parecía que la depresión se le fue volando. Me senté. La pantalla tenía en la parte superior un logo: tres letras azules SHD con un ala adentro.

Revisé el formulario, una belleza de cincuenta y dos campos.

—¿Qué es esto? —señalé uno.

—Consentimiento informado.

—¿Y qué dice?

—Nadie lo lee.

—¿No lo leíste?

—Yo lo redacté. —Se sentó enfrente—. Bueno, redacté una parte. El resto lo copié de un manual del 98.

Empecé a scrollear. Cláusula 1: El presente acuerdo se celebra entre el Sistema de Hadas y Deseos (en adelante, el SHD) y la persona asignada (en adelante, la Asignada), sin perjuicio de lo establecido en el Anexo II.

—¿Cuál es el Anexo II?

—No aplica.

—¿Por qué?

—Porque no existe.

Levanté la vista.

—¿Siempre sos así? —pregunté.

—¿Así cómo?

—Tan... —busqué la palabra—. Tan agradable.

—Es lo que hay. —Señaló la tablet—. Cláusula 4. Importante.

Leí. Los deseos serán concedidos de manera literal. La Asignada no podrá reclamar por interpretaciones subjetivas, poéticas o metafóricas del texto del deseo.

—O sea que tengo que pedir bien.

—Tenés que pedir exacto.

—¿Y si me equivoco?

—Se cumple igual.

—Eso es terrorífico.

Seguí. Cláusula 9: Quedan expresamente prohibidos los deseos que versen sobre: amor de terceros, dinero infinito, fallecimiento de personas, resultados deportivos, y toda materia que el SHD considere, a su solo criterio, de riesgo.

—¿Por qué el amor está prohibido?

—Porque nadie pide bien el amor. —Se rascó la nariz—. Y porque después vuelven y lloran.

—¿Vos conocés casos?

—No te puedo contar porque estaría incumpliendo la Ley del Silencio.

—¿Qué Ley del Silencio?

—La 11. —Bajó la voz, no sé por qué, si estábamos solas—. Vos no podés contarle a nadie que existen los deseos ni el SHD.




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