Tú, mi destrucción ©

Capítulo 2

—Te gustará —dijo ella abriendo la puerta de su departamento e invitándome a entrar.

Receloso puse un pie dentro, recibiendo de lleno su perfume por cada centímetro del lugar; el interior se sentía acogedor, cálido, como lo era Alaina. Ella era como un sol, uno que quemaba, pero la sensación de calidez era agradable y reconfortante.

Las paredes de su departamento se cubrían por colores pasteles, entre verde, azul y amarillo; hacían una combinación extraña, pero sin verse mal.

No era grande, pero tampoco pequeño. Un sofá cómodo descansaba sobre una alfombra blanca que lucía suave. Frente a él un televisor colocado sobre la pared y debajo de él una repisa con fotografías de Alaina y otras personas que no conocía.

Di otro paso escuchando el rechinar de la puerta al cerrarse y los pasos de Alaina apresurados hacia la cocina que podía vislumbrarse desde donde yo me encontraba en pie.

Era espaciosa, separada de la sala y comedor por una barra donde podían sentarse cómodamente a comer; para ello dos bancos se encontraban dispuestos a un lado de ella.

—¿Tienes hambre? —preguntó abriendo la nevera. 

Me le quedé mirando; la manera en que esa pregunta brotó de sus labios, como si ella llevase mucho conociéndome, como si hubiese confianza entre nosotros cuando apenas y habíamos cruzados una cuantas palabras, y de hecho, yo no me había comportado como el mejor chico con ella. Y sin embargo, ahí estaba, con su cabeza ladeada dejando caer su cabello sobre su hombro, observando minuciosamente dentro de la nevera, buscando algo de comida para mí.

—No —contesté con simpleza—. Ya he devorado algo en el camino. 

Alaina formo una O con sus labios y cerró la nevera; me miró y supe que iba a preguntarme algo.

—¿Cazas animales? Yo no me acostumbro a su carne —su boca se elevó hacia un lado, en señal de repugnancia, de tal forma que casi, casi me hizo sonreír.

—Saben bien —dije pasando mis dedos por la barra como si fuese lo más interesante del mundo. Levanté la vista y la fijé sobre ella; Alaina trastabilló un poco, su cuerpo se osciló casi imperceptiblemente al momento en que mis ojos la miraron.

Era como si yo tuviese el poder suficiente para que con sólo una mirada la hiciera temblar o ponerse nerviosa. Me gustó saberlo, ser consciente que incluso al charlar como viejos amigos, ella recordara lo que yo era y el poder que tenía.

—Muéstrame dónde dormiré... hoy —su rostro reflejó incredulidad ante mi última palabra.

—¿Hoy? Pensé que te quedarías en Saint Raymond —murmuró confundida.

—Pues pensaste mal —repliqué con desdén.

—Bien podrías quedarte aquí —dijo saliendo de la cocina y caminando hacia un pasillo angosto que quedaba a un costado de la sala—. Hay un buen colegio, yo voy a él. La ciudad no es muy grande, el bosque es espeso, el clima perfecto, podrías encontrar lo que buscas aquí.

—¿Cómo sabes que busco algo? —la cuestioné. Ella se detuvo frente a una puerta oscura, la abrió y se quedó en el umbral sin quitarme la vista de encima.

—No es difícil deducirlo. Si tuvieras una mujer, no estarías aquí, conmigo; supongo que es lo que buscas: A tu loba.

—Supones bien —le dije entrando a la habitación. 

No era grande, era la mitad del tamaño de la que tenía en casa con mis padres; no obstante, eso no me importaba demasiado. Era acogedora, la pared de un verde oscuro, el suelo de madera, una cama matrimonial cubierta por un edredón café y una mesita de noche a cada costado de ella. Todo era muy masculino, desde las cortinas hasta las pinturas colgadas en la pared.

—¿De quién es esta habitación? —pregunté sentándome sobre la cama. Era cómoda.

—Es de mi hermano, cuando venía de visita.

—¿Cómo se llama y dónde está ahora? —me volví a mirarla y de nuevo causé el mismo efecto en ella.

—Paul, él ahora está en Seattle, trabajando.

—Umm... Ya veo —murmuré—. Me pensaré lo que me dijiste —añadí poniéndome de pie y acercándome a ella. Alaina retrocedió—. No te muevas, no me gusta que huyas de mí.

—No... no lo hago —balbuceó—. Es inevitable que retroceda, me intimidas —sonreí.

—En el bosque no parecías tenerme miedo —acerqué mi rostro a su cuello, recorriéndolo con mi nariz al tiempo en que percibía a la perfección como su piel se erizaba, como su pulso se aceleraba y su respiración se agitaba ante mi contacto. Me gustaba provocar esas reacciones en su cuerpo con tan sólo un simple roce. 

—Que no lo demostrara, no significa que no lo sintiera —susurró—. Soy buena escondiendo lo que siento.

—Ahora mismo no puedes hacerlo, ¿cierto?—repuse dando un beso suave sobre su piel. Quería morderla, olía tan bien— Y después de todo, las reacciones de tu cuerpo no las puedes ocultar.



Elena López

Editado: 29.10.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar