Tú, mi destrucción ©

Capítulo 8

Me oyó llegar, sin embargo, no movió uno sólo de sus músculos; sus piernas se contraían contra la redondez de sus pechos, la mejilla derecha descansaba contra el hueso sobresaliente de su rodilla. Miraba con aire etéreo la ventana; emanaba cierta tristeza que no me pasó desapercibida.

Provoqué un ruido estridente al cerrar la puerta. Ni siquiera eso hizo que ella se volviera.

Lancé un suspiro y me precipité a donde ella. Tenía el pelo humedecido y le caía sobre la espalda; las gotas mojaban el suelo, obviamente a ella no le importaba.

Se mostraba vulnerable, me sorprendió. Tal parecía que le afectó lo que le hice. La verdad me daba lo mismo si la lastimé, si la obligué, no estaba en mi vocabulario la palabra perdón. Y ciertamente para qué pedirlo, para qué disculparse cuando la acción que realicé era lo que yo quería, lo que deseaba. Mi perdón no la haría sentir mejor, no cambiaría el hecho de que ahora me pertenecía, aún más que la noche anterior o la anterior a ésta.

Tranquilo me senté a su lado, justo detrás de ella. La bata de baño se oscilaba sobre su hombro; dejaba al descubierto parte de su piel y algunas gotas de agua se aglomeraron sobre ella, resbalaban suavemente.

Tentado me acerqué; con los labios recogí aquella humedad. Alaina se estremeció al sentir mi boca, se movió hacia al frente en un intento en vano por huir o hacerme saber que no quería sentirme. Una lastima que no me importara lo que quisiera.

Con rudeza cogí la bata y la deslicé hacia abajo. Su espalda desnuda quedó al descubierto. Mi excitación despertó, la deseé de nuevo como nunca antes deseé a alguien.

Me sorprendió de la misma forma que me desagradó aquel repentino y fuerte deseo.

¿Por qué, Alaina? ¿Qué tienes que me provocas tanto?

Quería entender qué era lo que ella desprendía para que yo deseara poseerla una y otra vez. Dudaba que fuese a cansarme de ella, de su piel, de su cuerpo, de sus labios... De su compañía.

—¿Vas a tomarme de nuevo? —Su voz sonó trémula.

—Aún no lo decido.

—¿Y no me dejarás hacerlo a mí? —Increpó; se levantó de golpe. Cubrió rápidamente su cuerpo con la bata, me enfrentó.

¡Ah, ésa es mi chica!

—Puedo persuadirte, lo sabes, ¿no? ¿O acaso te obligué hace unas horas? —Espeté. Frunció las labios, esquivó mi mirada, sus manos se cerraron en puño. Lucía enfadada, más no conmigo.

—¿Qué harás conmigo? —Evadió mi respuesta. Suspiré profundamente.

—Lo que quiera. —Simplifiqué.

Asintió. Probablemente ahora caía en cuenta de donde se metió al cerrar el trato conmigo. Quizá pensaba que habría sido mejor la muerte, podría estar tomando la decisión justo ahora. Sin embargo, para su desgracia, la quería viva y conmigo. Sería asi por un largo tiempo.

Dio media vuelta, se dirigió a la cocina. La miraba desde la sala, cada movimiento que realizaba como si estos fueran los más interesantes del mundo.

Tomó un tazón y vertió cereal de chocolate dentro de él seguido de un poco de leche. El olor del chocolate me arribó, me causó apetito, uno carnal que irracionalmente me hizo pensar en Alaina.

—Iré al colegio, ¿vendrás conmigo? —Cuestionó. Se sentó sobre el taburete, cogió la cuchara y se dispuso a desayunar.

—Podría ser interesante. Nunca he asistido, mis clases siempre fueron en casa; mi madre temía que dejara "ver" lo que era y el poder que poseía. —Comenté. Fruncí el ceño al darme cuenta que le hablaba de mí con mucha naturalidad. Le contaba cosas que a nadie más le dije.

—¿Cómo se llaman tus padres? ¿En dónde están? —Surqué mis labios en una mueca que ella no vio.

—Donovan y Kairi Black. —Respondí en un susurro.

El metal de la cuchara chocó contra la porcelana del tazón; llamó mi atención, la misma que fijé en Alaina. Tenía una mueca de sorpresa en la cara que en otra ocasión me hubiese resultado un tanto cómica.

—Kairi..., la mujer de Cam, ¿no es así?

Me incorporé. En menos de un segundo estuve postrado frente a ella con ambas manos apoyadas contra la encimera.

Recordé a Cam, hacia tiempo que no me pasaba por la cabeza. No supe más de él, no quise saberlo; le agradecía lo que hizo por mi madre, por cuidar de nosotros. Pero no era de mi agrado, lo veía como un usurpador, porque siempre supe que mi padre volvería. No obstante, era muy pequeño para poder hacer algo al respecto, sin contar con que mi madre lo necesitaba... Y mucho.

—¿Cómo es que los conoces? —Pregunté curioso. Ella aún mantenía una mueca de asombro.

—Estuve ahí la noche que él la presentó. El tipo que me convirtió en esto me llevó, pero nunca volví a saber más de ellos. —Susurró absorta en sus pensamientos— Ella era hermosa, la veía temerosa, triste. Siempre quise saber qué le ocurría, qué había detrás de aquella sonrisa fingida, la misma sonrisa que yo mostraba.



Elena López

Editado: 29.10.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar