Tú, mi destrucción ©

Capítulo Final.

La observaba desde el umbral de la puerta, su silueta desnuda a unos pasos de la ventana; la luz mortecina de la luna se colocaba por ella y le acariciaba cada centímetro del cuerpo, de nuevo me resultó tan irreal. Me di cuenta de cuan estúpido fui por haberla dejado ir, ella era maravillosa, un precioso ángel con alma de demonio, tal y como lo era yo.

—¿Me observarás toda la noche? —Preguntó un tanto divertida.

—Podría hacerlo toda la vida —confesé.

En silencio me acerqué a donde ella, la estábamos esperando para la celebración, hoy la presentaría ante la manada como lo que era: Mi mujer.

Al tenerla cerca no lo pude evitar, mis labios se deslizaron sutilmente por su hombro. El cabello húmedo había dejado algunas gotas de agua en su espalda, el olor a limpio y bosque era más nítido en ella y amaba respirarlo y llenar mis pulmones con él. Así mis dedos a sus brazos y Alaina hizo su cabeza a un lado dándome acceso a su cuello; probé su piel con mi lengua, emitió un gemido bajito, mis manos descendieron por el contorno de su cuerpo y se cerraron en su estrecha cintura.

—No podemos, ya vamos retrasados —susurró al ser consciente de mis intenciones. Sonreí contra su hombro y la mordí suavemente en él.

—Soy el Alpha, puedo llegar a la hora que se me dé la gana —espeté. Soltó una risa.

—No cambiarás del todo, ¿no? —Inquirió. Dio la vuelta y me encaró.

—Ya sabes la respuesta.

Dicho esto, la besé, no quería seguir hablando, lo que quería era perderme en ella como lo había hecho la noche anterior y la anterior a ésta.

La llevé hasta la cama y la recosté sobre ella sin ser brusco, y no porque no lo quisiera, sino que ella estaba embarazada y me esforzaba por tratarla con la mayor delicadeza posible, como si de una muñeca frágil se tratara. Incluso ante sus reproches sobre que su embarazo no era una enfermedad. Simplemente quería cuidarla, resarcir el daño que le hice, hacer de esta relación eterna la mejor.

—Lane —musitó cuando mi boca cubrió uno de sus senos desnudos.

Jugueteé con su pezón entre mis dientes, mordí suave a sabiendas de que se hallaban sensibles y luego mi mano se coló entre sus piernas en busca de su sexo. Con mis dedos abrí sus pliegues y luego los deslicé hasta su centro humedecido mientras que con mi pulgar le daba atención a su clítoris hinchado. Ella estaba tan perceptiva que con sólo un poco lograba humedecerse, y amaba sentir su humedad, lo caliente que se sentía el estar dentro de ella.

—Sólo tómame ya —suplicó a la vez que movía sus caderas contra mi mano que en segundos se halló completamente mojada con sus jugos.

Me detuve un momento para deshacerme de mi ropa, me la saqué de encima a una velocidad sorprendente ante su atenta mirada oscurecida. Luego me cerní sobre ella, abrí sus piernas y me metí entre ellas. Apresé sus muñecas con mi mano y las coloqué por encima de su cabeza y la obligué a mantenerlas ahí. A continuación, tomé mi miembro y lo acomodé en su entrada. Jadeó y cerró los ojos, lentamente la penetré. Escondí mi rostro en el hueco que se formaba entre su cuello y clavícula y me sentí pleno al estar completamente dentro de su vagina estrecha. Comencé a moverme despacio, sus piernas se enredaron en mi cadera y con sus talones me empujó más contra su interior.

—Me estás torturando.

—Quiero disfrutarte, sentirte, no sabes cuánto amo estar dentro de ti. Tú te acoplas perfectamente a mí —gruñí penetrándola con mas profundidad, su cuerpo se elevaba y sus pechos se movían al compás de mis embestidas.

—Nos pertenecemos —musitó. Jadee y la necesidad de morderla despertó en mí.

Me dejé dominar por mis impulsos y mientras seguía haciéndola mía la mordí fuerte en el cuello. Emitió un grito y tensó el cuerpo, hizo las manos puño y su respiración se volvió pesada. El sabor metálico de la sangre inundó mi boca y no me desagradó en lo absoluto. Ésta se deslizó por su piel, manchó su cuerpo y la cama, no me molestó y a ella tampoco.

—Me quema —balbuceó trémula.

—Lo sé —susurré al tiempo que aumentaba el ritmo de mis penetraciones.


Solté sus muñecas y ella me abrazó, luego con la mirada me pidió que me detuviera. Me acarició el rostro con una de sus manos y a continuación me apoyó contra la cama y subió sobre mí. La sangre manchaba su cuello y parte de sus senos. Acomodó su cabello detrás de su espalda e inició movimientos circulares sobre mi erección. Eché la cabeza hacia atrás y la cogí de las caderas marcándole el ritmo que quería que llevara. Ella apoyó las palmas contra mis muslos y echó su pecho hacia al frente.

Abrí los ojos y la vi como una diosa, una perfecta. Sus senos se movían de arriba abajo y fui incapaz de no tocarlos, los cogí con mis manos y mis pulgares le acariciaron los pezones que se irguieron aún más. Enderecé la espalda y cubrí uno de ellos con mi boca. Alaina gimió más fuerte, aumentó sus movimientos, salía por completo y volvía a penetrarse una y otra vez hasta que ambos estallamos de placer. Me vine dentro de ella, la llené de mí mientras sus jugos resbalaban lentamente de su vagina que se contrajo en delicados espasmos que se extendieron por todo su cuerpo.



Elena López

Editado: 29.10.2018

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