Tus Cadenas.

Epílogo parte 1/2: El retorno de las cadenas.

"La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla"—. Gabriel García Márquez.

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Las pantallas gigantes en las avenidas mostraban la fachada del hotel donde se celebraba el cuarto aniversario de la muerte de Damiano Celir. Debajo de la imagen, un titular resaltaba en letras blancas:

"Cuatro años sin el hombre que lideró la mayor empresa tecnológica del mundo"

Esa era la narrativa oficial del día.

Dentro del salón privado, los invitados comenzaban a retirarse. Cada año, la élite empresarial y científica se reunía para rendir homenaje a quien había convertido a la República de Xylorvyn en una potencia tecnológica. El país entero guardaba luto por un héroe nacional.

Valeria observaba el despliegue de hipocresía desde una esquina, preguntándose si toda esa gente seguiría aplaudiendo si supieran quién fue realmente su padre.

—Señora, el auto está listo —dijo Héctor, acercándose para entregarle un vaso de café.

—Bien, sostenlo un momento —le pidió ella. Se ajustó el cárdigan negro, asegurándose de que su imagen fuera impecable antes de salir—. ¿Dónde está Derek?

—Fue a comprarle un algodón de azúcar a la señorita—respondió Héctor, siguiéndola a un paso de distancia.

Valeria asintió con la cabeza.

—Adelántate. Ariana me ha estado llamando, le iba a regresar la llamada pero mi teléfono se apagó. Seguramente ya está por llegar al hotel; dijo que vendría al final. Búscala.

—Sí, señora.

Héctor se separó de ella. Valeria se detuvo un segundo frente a un retrato de gran formato colgado en el pasillo principal. Debajo de la foto de Damiano, una placa rezaba:

"En honor al hombre que llevó a su país a la cima. Descansa en paz, Damiano Celir: amigo, líder, creador y padre".

Valeria soltó una risa seca. Cada año era el mismo guion: interpretar el papel de la hija afligida para evitar que las acciones de la empresa cayeran y para mantener a la prensa alejada de los secretos de Mors. Solo quería que la dejaran ser Valeria Celir, la CEO de Aethelgard Cybernetics, y olvidar el resto de sus títulos.

Dobló la esquina con prisa, buscando la salida principal, cuando chocó de frente con alguien. El café salió disparado, manchando directamente el traje oscuro de aquella persona.

—Mierda —masculló Valeria entre dientes—. Discúlpeme, no fue mi intención. Le pagaré el traje.

Sacó un pañuelo de su bolso y se inclinó para intentar limpiar el desastre, sin mirar a quién tenía enfrente.

—No es necesario —respondió una voz masculina.

Valeria se tensó. Levantó la mirada instantáneamente. A pesar de los cuatro años transcurridos, reconoció al instante aquella voz. Ahora era más grave, su postura más firme, pero era él.

—Entiendo... Entonces, gracias. Una disculpa de nuevo —logró decir. Sus manos empezaron a temblar, así que las ocultó detrás de su espalda.

Dio media vuelta con la intención de huir. No podía estar ahí; aunque él no tuviera memoria, ella no soportaría la cercanía. Pero antes de dar el primer paso, una mano le sujetó la muñeca con fuerza.

—¿Eso es todo lo que vas a decirme? —preguntó él.

Valeria cerró los ojos con fuerza. El pulso se le aceleró de forma violenta. No podía ser.

—¿Después de cuatro años solo tienes eso para mí, Celir? —insistió.

Ella se vio obligada a girarse.

—¿Qué? —balbuceó.

—¿Qué? —repitió Evan, apretando la mandíbula—. ¿En serio pretendes irte fingiendo que no me conoces? ¿Que nunca nos vimos, que nada de lo que pasó existió?

—Yo...

—¿Tú qué, Celir? —Evan la acorraló contra la pared, invadiendo su espacio con agresividad—. Dime... ¿tu disculpa es por haberme tirado el café encima o por haberme borrado la memoria hace cuatro años?.

Valeria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Sus dedos temblaron de una forma que ya no pudo ocultar.

​—Evan… —el nombre salió de sus labios con suavidad.

​—¿Te sorprende? —Evan soltó una risa seca, desprovista de cualquier rastro de la calidez que solía tener.

Sus ojos, ahora más maduros, la miraron con intensidad.

—¿Pensaste que tu máquina era perfecta? ¿Que podrías simplemente presionar un botón y eliminarme de tu conciencia como si fuera un archivo dañado?.

​Él se inclinó más, reduciendo la distancia hasta que Valeria pudo sentir el calor de su cuerpo, una sensación que le trajo recuerdos prohibidos. La mano de Evan, firme sobre la pared al lado de su cabeza, la mantenía prisionera.

​—No deberías estar aquí —susurró ella, recuperando su máscara que siempre cargaba aunque su voz la traicionó —. Te di una vida nueva. Te di libertad.

​—¿Libertad? —Evan apretó la mandíbula, y Valeria notó una pequeña cicatriz cerca de su ceja que no estaba ahí antes—. Me diste un vacío en el pecho, Valeria. Me diste cuatro años de despertar gritando por el nombre de una mujer que no podía recordar, de sentir que me faltaba el aire porque el "accidente" que me inventaste no explicaba por qué mi alma se sentía arrancada de mi.

​Valeria intentó apartar la mirada, pero él la tomó del mentón, obligándola a verlo.

​—Me tomó dos años empezar a tener destellos. Un año más recuperar fragmentos completos. Y el último año… el último año lo pasé planeando cómo iba a decirte que fallaste. Que sigo aquí. Que sigo recordándote.

​El pánico empezó a filtrarse por las grietas de su armadura. Si Evan sabía la verdad sobre el borrado, ¿qué más sabía?

​—Vete, Evan —suplicó ella en un susurro—. Por lo que más quieras, vete de este hotel antes de que sea tarde. Mi padre está muerto, pero mis enemigos no. Si te ven conmigo, si saben que recuerdas…

—No me das órdenes, Celir. Ya no soy tu prisionero —la interrumpió—. Viví en Nexarya como un hombre "libre", pero volví a Xylorvyn como tu peor pesadilla: la prueba de que no eres tan poderosa como crees.




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