Un amor que viene de otro mundo (libro Uno)

Capítulo cinco: ¿afrontar o sólo aceptar?

Uriel cerró sus ojos tratando de contenerse. Una deidad alterada en un mundo de tan bajas vibraciones, era letal. No solo eso, su energía podía despertar a…entes indeseables.

—Puedes explicarme, cómo ha sido usado— expuso manteniendo la compostura.

Zigor vio en dirección a donde había sentido la energía y luego esta había desaparecido. Estaba confundido. No lograba entender como un generador podía encenderse desde una humana. 

—No lo sé— dijo sincero—. Tal vez el generador tuvo contacto con una fuerte fuente de energía externa. Si fue así, la humana… ya debe estar muerta. Es imposible que su cuerpo haya podido soportar tanta corriente eléctrica— no supo por qué aquellas palabras le causaron tanto malestar. 

Quizás porque muerta la humana, el generador quedaba expuesto a los humanos y eso sería fatal. Se convenció.

—Si ese es el caso, debemos apresurarnos y hacernos de su cuerpo antes de que los humanos noten el generador. Espera— observó a Zigor preocupado–. Pude sentirla, de nuevo, esa energía— su rostro se contrajo, grave–. Esto no es bueno.
 

●●●●● 

Beliel corrió por todo el edificio, exaltado y alertando al resto de los atlantes que seguían ignorantes de lo que ocurría a su alrededor. Abrió las inmensas puertas de color blanco y entró corriendo a la oficina de los ancianos, quienes ya se hallaban reunidos junto con Alexander. Al ver al joven sus gestos se suavizaron.

—¿Lo sintió, señor? La bobina ha sufrido una alteración, la energía se fue por breves segundos. Significa que el otro generador fue usado. ¡Los humanos ya tienen en sus manos el generador!— Alexander miró a los ancianos, pidiéndole silenciosamente que se retiraran.

Al hacerlo, se acercó a Beliel. Su gesto pasivo se había ido. Beliel supo de inmediato que aquello no era un buen pronóstico.

—Dejaré que subas a la tierra y te encargues de encontrar a los dabonianos.

—Pero usted dijo—

—Como protector de los hombres— le interrumpió sereno—, es difícil saber cuando la divinidad quiere que intervengamos o no. La tarea más difícil es ser mediador, Beliel. Tenemos que tomar decisiones difíciles que pueden cambiar para siempre el curso de la humanidad y el nuestro. En este caso, he decidido intervenir, asumiendo todas las consecuencias.

Beliel guardó silencio. Aunque anteriormente se había sentido impotente por no poder hacer nada, ahora que Alexander le encomendaba una misión tan importante, sintió temor. Más allá de la intervención, estaba el hecho del cambio brusco de opinión de el protector de los hombres. Habían sido milenios sin intervención alguna desde hace años. Desde Nikola Tesla, los atlantes se habían rendido con la humanidad y para colmo, le habían mostrado una tecnología para la que aún no estaban listos— aunque pensaron que así fuera— y la que sólo causaría aún más caos.

Era como darle un arma a un niño de seis años.

Prueba de ello había sido la bomba atómica creada años después. Los atlantes— y el resto del sistema de Kesalia— decidieron no intervenir y sólo controlar— desde las sombras— los inventos que afectarían al universo en general, mas no al humano. 

El generador— conteniendo la energía infinita— era la única herramienta que podía ayudar a los atlantes desactivar grandes armas nucleares y mantener el sondeo de los pasos de los humanos que sólo buscaban destruirse entre ellos mismos.

Beliel comprendía la encrucijada en la que se encontraba el protector de hombres pero siempre se mostró firme a sus decisiones con el firme lema de que 《El universo sabía lo que hacía》


¿Qué era eso que lo había impulsado a cambiar de opinión y no confiar en los dabonianos, incluso sabiendo, que había una deidad entre ellos?.

—Deja de llenar tu mente y tu espíritu de incertidumbres. Dudar no le hace bien ni al alma ni al espíritu. Confía y haz lo que te digo— extendió su mano que estaba echa un puño y abrió sus largos y blancos dedos. Dejando ver un aparato rectangular de unos cinco centímetros  de largo—. Aquí están las coordenadas de los dabonianos— no le sorprendió enterarse de que su maestro sabía la ubicación de los dabonianos—. Cuando los encuentres, debes darle este almacenador, pídeles que lo vean. Sólo ellos, tú no lo hagas— ordenó serio.Beliel observó el pequeño almacenador y lo tomó dubitativo, sintiéndose presionado por la tarea que se le estaba asignando. Subiría a la tierra. Tomó el artefacto entre sus manos y asintió—. Puedes irte. Yakun te guiara para que puedas salir. Mantén el perfil bajo y una vez que le entregues el esto, debes volver de inmediato.

—Si, maestro— Alexander besó su frente y le ordenó marcharse.

Cuando quedo solo, cerró sus ojos, levantó su cabeza y respiró profundo. 
Esa energía que había sentido… 
No era de un daboniano, era de un humano. Un humano tenía el generador.

Pero había algo más, él lo había sentido.

Lo había sentido...

—¿Qué es lo que has trazado en nuestros destinos?— le preguntó, al que sabía muy bien, le escuchaba atentamente a pesar de no responderle—. Sólo te pido sabiduría para poder afrontarlo…y aceptarlo. 

●●●● 

Marianela decidió ir de copiloto. Aún necesitaba asimilar lo que acababa de hacer.

¡Lo que acababa de hacer!.

¡Había amenazado a un almirante extranjero!. 

—¡¿Qué ha sido eso?!— exclamó Aurora con una enorme sonrisa de incredulidad y fascinación. 
Aún no podía creer lo que su introvertida y discreta amiga había hecho.

La pelinegra se encogió en el asiento—. No-no lo sé— balbuceó asustada. Sentía náuseas y seguía asustada. Rememoraba su acción y le causaba pánico porque no se reconocía—. Yo-yo só-sólo— comenzó a hiperventilar.

Aurora— quien estaba sentada en el asiento de piloto— se inclinó para acariciar su espalda y calmarla.

Marianela era una mujer delgada, de mediana estatura y rostro angelical. Siempre había tenido problemas al ir de fiesta con sus amigas porque su rostro era como el de una niña tierna. A sus treinta y cuatro años, Marianela parecía una veinteañera delicada, de esas personas que inspiraban ternura y protección al abrazarla porque sentías que en cualquier momento podía romperse en entre tus brazos.

¿De dónde había sacado la fuerza para tomar de esa forma al almirante y decirle esas palabras con tanta firmeza y falta de vacile?.

—Calma, calma, Marianela— le intentó tranquilizar Aurora al verla tan afectada—. Es normal que a veces reaccionemos de esa forma, ni tú estás exenta de ello. Tranquila.

Marianela asintió dubitativa. Sin embargo, seguía conmocionada. Tanto Aurora como ella sabían que ella nunca había actuado de esa forma. No importaba lo enojada o amenazada que se sintiera, Marianela jamás haría algo así en su sano juicio.

Lo peor de todo, es que ese sentimiento no desaparecía. Aún había en ella unas pequeñas ganas de destruir al almirante. Lo peor, es que se creía capaz de hacerlo. ¡Y no sabía por qué!. 
Anudado a ello, le seguía un terrible malestar físico. Los dedos de su mano izquierda le dolían, cada articulación de ellos sufría de un calambre insoportable que se iba extendiendo por todo su brazo. Sentía que se estaba consumiendo.

—Aurora, ¿puedes hacerme un favor? ¿Podrías cuidar a Rachel esta noche y dejarme en mi departamento?.

—Claro, sabes que no hay ningún problema. ¿Te encuentras bien?— la miró preocupada.

Marianela asintió cerrando sus ojos con pesadez. El cansancio comenzaba a apoderarse de ella. 

—Sólo algo agotada— respondió cerrando sus ojos al sentir que la tensión se le bajaba—. No creo poder manejar de vuelta y mi casa queda de camino a la tuya. Puedes dejarme y llevarte el auto.

—Pero podemos ir directo a mi casa.

—Necesito terminar el borrador de mi libro para mandarlo pasado mañana al editorial— se excusó. Realmente quería estar sola, no se sentía bien.

Aurora asintió sin agregar nada más. Manejó hasta su casa y se despidió de ella, no sin antes volverle a preguntar si se encontraba bien. Marianela le sonrió a duras penas. El dolor comenzaba a extenderse a su pecho pero se lo atribuía al cansancio y al susto que había pasado. Una vez que se recostara, de seguro se sentiría mejor. 
Se despidió de la castaña y entró al recibidor del edificio.



Sophia Ruiz

Editado: 24.08.2020

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