Abrí los ojos cuando la luz del sol ya entraba suave por la ventana.
Mi cuerpo se sentía… diferente, pero de una forma agradable aún sentía un calor , pero ya no esa urgencia desesperada que me había tenido despierto media noche. Mi celo se había calmado bastante de hecho.
Realmente pasar la noche con un alfa ayudaba más de lo que cualquiera admitiría en voz alta.
Me estiré un poco bajo las sábanas y solté un gemido bajito al sentir todos los músculos protestar. Estaba deliciosamente adolorido en los mejores lugares.
La puerta del cuarto se abrió con cuidado.
Rinto entró como si nada, como si anoche no me hubiera follado hasta que casi olvidara mi propio nombre. Traía una bandeja con desayuno, algo que olía a café con leche, pan tostado con mermelada, fruta cortada y… un vaso de agua.
Se veía fresco, recién bañado, con una camiseta negra sencilla y pantalón de pijama. El cabello todavía lo tenía un poco húmedo y yo, en cambio, estaba hecho un desastre con el cabello revuelto, labios hinchados, y el cuerpo lleno de marcas rojas y moradas que bajaban desde el cuello hasta el pecho y los muslos.
Marcas que no podía dejar de mirar cada vez que movía un poco la sábana.
—Buenos días, amor —dijo con esa voz suave de siempre, como si fuéramos una pareja normal que solo había dormido abrazados.
Se sentó en el borde de la cama y colocó la bandeja con cuidado sobre mis piernas.
—¿Cómo está tu cuerpo? —preguntó, mirándome con atención genuina—. ¿Mucho dolor? ¿El celo sigue molestando?
No pude evitar sonrojarme.
Mis ojos bajaron otra vez a mi pecho, donde un chupetón grande y oscuro destacaba justo encima de mi pezón, habia otro más pequeño en la clavícula y sabía que había más abajo, en el cuello, en los hombros, incluso en la parte interna de los muslos. Me sentía… marcado y, para mi sorpresa, eso me hacía sentir ridículamente feliz.
—Está… bien —murmuré, tomando el vaso de agua —. El celo se calmó bastante creo que… pasar la noche contigo ayudó más de lo que esperaba.
Rinto sonrió apenas, esa sonrisa tranquila que siempre me desarmaba. Se inclinó y besó mi frente con ternura, para luego hacer lo mismo con mi mejilla.
—Te ves hermoso así —susurró—. Aunque voy a tener que ser más cuidadoso la próxima vez. No quiero que te duela demasiado.
—¿La próxima vez? —pregunté, arqueando una ceja mientras tomaba agua.
Él soltó una risa baja y se acomodó mejor en la cama, acercándose hasta quedar sentado a mi lado. Tomó un pedazo de fruta con el tenedor y me lo acercó a la boca.
—Come —ordenó suavemente—. Y sí, la próxima vez pero tendre más control.
Abrí la boca y dejé que me diera el trozo de fruta, estaba dulce, y fresco, Rinto no se conformó con eso: siguió dándome de comer, alternando entre el pan tostado con mermelada y más fruta, como si yo fuera incapaz de sostener un tenedor solo.
Su mano libre acariciaba mi cabello, luego bajaba a mi hombro, rozando con cuidado las marcas que él mismo había dejado.
—Estás consintiéndome demasiado —murmuré, aunque no me quejaba en absoluto.
—Te lo mereces —respondió, inclinándose para besar otro chupetón en mi clavícula—. Después de anoche… creo que te ganaste todo el consentimiento del mundo.
Sentí que me ardían las orejas. Bajé la mirada a la bandeja, pero no pude evitar sonreír como idiota.
—Anoche dijiste que no te importaría tener hijos —comentó de pronto, la voz más seria pero todavía suave. Me dio otro pedazo de pan—. Y sé que es verdad. Siempre has querido hijos, yo también, pero…
—Lo sé —lo interrumpí, tragando—. La escuela primero, lo entiendo, solo… fue el celo hablando un poco más fuerte.
Rinto asintió y me pasó el café con leche, sosteniendo la taza mientras yo bebía un sorbo. Sus ojos bajaron recorriendo mi cuerpo y vi cómo su expresión se suavizaba, casi con orgullo.
—Te ves feliz —dijo bajito.
—Lo estoy —admití, recostándome un poco más contra las almohadas—. A pesar de que parezco un mapa de moretones y de que me duele todo… me siento feliz.
Él dejó la bandeja a un lado y se acercó más, rodeándome con un brazo con cuidado de no presionar las zonas más sensibles. Me atrajo contra su pecho y besó la parte superior de mi cabeza.
—Entonces voy a seguir consintiéndote todo el día —murmuró contra mi cabello—. Baño caliente, más comida, películas en la cama… lo que quieras, hoy no sales de esta cama si no es conmigo cargándote.
Solté una risa floja y me acurruqué más contra él, inhalando su aroma calmado y protector que ahora se mezclaba con el mío.
—Eres un exagerado.
—Soy tu esposo —corrigió, acariciando mi espalda con movimientos lentos y suaves—. Y anoche casi te como vivo. Lo mínimo que puedo hacer es mimarte hasta que te sientas como una nube otra vez.
Cerré los ojos, sonriendo contra su pecho.
Rinto cumplió su palabra… durante toda la mañana.
Me mimó como si yo fuera de porcelana cara: me ayudó a bañarme (con agua tibia y mucho jabón suave), me untó crema en todas las marcas con una delicadeza que me hacía sonrojar, me preparó más comida y hasta puso una película mientras yo estaba recostado contra su pecho como un gato consentido cada vez que intentaba moverme, él me detenía con un “déjame cuidarte” y yo, por supuesto, no protestaba pero a medio día todo se fue al carajo.
Su teléfono sonó mientras estábamos comiendo el segundo desayuno tardío en la cama. Rinto contestó con esa voz calmada de siempre, pero vi cómo su expresión cambiaba en segundos.
Frunció el ceño, se pasó una mano por el cabello y empezó a hablar en ese tono serio que usaba para la empresa cuando colgó, ya tenía la cara de “lo siento”.
—Sora… —dijo, sentándose en el borde de la cama y tomando mi mano—. Hubo un problema grave con uno de los servidores principales que ocasionó un error de envío que puede costarnos mucho si no lo arreglamos hoy mismo. Me necesitan en la oficina urgente.